XXVI

Sí, es posible amaestrar la memoria.
Se puede: no es madura ni salvaje,
y a golpes y presentes –palo y zanahoria-,
hacerla obediente, doncella y paje.

Es posible: olvidar para siempre el equipaje,
la inmortal palabra, el termal gemido,
convertir la lenta angustia en fugaz carruaje,
que no queden sombras ni sentidos,

tan solo un dulce aroma a vacío
- pues nada hubo: el pasado es solo un cuerpo
y ningún cuerpo flota sobre el río-
o acaso, el triste eco de un recuerdo

que ya palidece, ya se sabe enfermo.
Bien puede ser domada, instruida,
hasta que no sean más que legítimo cuento
los nombres por los que mataste un día.

De las sombras

Decir nunca más

será como querer que la huida se detenga

o despertar

con la flor del paraíso entre las manos.


No sabríamos qué hacer con tanta perfección.

Llevaríamos encendida la frente y radiantes los ojos.


A lo lejos,
sombras quemadas en un rostro que huye.




- Teresa Martín Taffarel,


Del tiempo y las sombras


Estabilidad

En toda mi vida he conocido a tres o cuatro parejas estables; no más. Si hay en estos binomios algún patrón proverbial que se repite, es el siguiente: respetan su mutua soledad.


Saben, comprenden que están juntos y solos a la vez. Se aman con intensidad, pero con la clase de intensidad que sólo la serenidad puede alumbrar. Acarician el terreno del otro sin invadirlo. No reclaman su derecho a participar en los sentimientos del otro, porque no hay nada en el otro que sea de su propiedad. Ni remotamente. Aceptan, en cierto sentido, que su condición de enamorados es una broma, una acorde desafinado que en cualquier momento puede callar por completo. Comparten una convivencia de lo más solitaria. Y lo hacen con tranquilidad.

Un desafío:


Ten ahora los cojones de decirme que lo estás pasando mal.

Canet de Mar

La media hora de trayecto pertenece al azul. El del mediterráneo es un azul liso, sedante; electricidad constante e inquieta a los pies del horizonte. Por la mañana, el lugar desconcierta: se diría que los habitantes del pueblo han acordado reproducirse como locos, multiplicarse por diez y conseguir así hamacas y toallas suficientes como para cubrir la playa en su totalidad. Pasada la calle principal, lo que queda son partículas de desierto. No hay parejas jóvenes besándose en los bancos, ni adultos cerrando las persianas de los comercios (¿acaso esta gente da la impresión de vivir para el trabajo?), ni ancianos que le hagan compañía a la fuente de la plaza central. De hecho, la plaza central es anacrónica y por ende solitaria: un patio que antiguamente fuera remanso para los trabajadores de la industria textil que aún sigue en pie, como si toda su voluminosidad fuera un grito que pretende convencer al pueblo de que existe un orgullo en su pasado. Nada está en el sitio en el que debería estar: el movimiento, detenido en tumbonas sobre la arena, o en sillas de hierro oxidado sobre las que poder saborear una pinta veraniega o un helado de tres sabores. El sol, eso sí, imperturbable, y la brisa de mar, sigilosa y pertinaz, con esa generosidad tan propia (dicen) de la costa catalana.




Pero por la noche, las reglas dan una voltereta. La muchedumbre huye del mar y se lanza de cabeza a esas calles deliberadamente torcidas, amasijadas, hambrientas. Los artistas (cuatro locos a los que, como en Amanece que no es poco, la alcaldía ha concedido permiso para ejercer su estúpida vocación en el pueblo), exponen sus cuadros en la plaza. Las jóvenes, todas ellas de sangre mediterránea (¡¡no hay turistas!!), entran y salen de los garitos en lo que parece ser un dúo solitario, una pareja de consuelo que exhibe su hermosura, esperando a que un buen postor dé el paso adelante. Los muchachos echan mano de todos los caballos que pueden escupir sus motos, tesoro en vida, para quebrantar el silencio, y los niños bailan una sardana demente hasta las doce de la noche. Es un pueblo más, fermentado con su sagrada cotidianeidad; mas como todos los pueblos de más, su luz salpica ese tinte surrealista con el que está pintada (dicen) la vida misma.






Terciopelo azul

"¿Y por qué comemos hoy en el salón, mamá?" es lo primero que pregunta. El doble mantel color crema - sólo lo había visto una vez antes, en navidades- cubre la totalidad de la mesa de mármol. Una gran fuente en el centro deja entrever ese blanco y rojo salteado, milagroso, del arroz a la cubana. Pero hay más. Pequeños platos azules en los que parecen dibujarse sueños en comida. Raciones de queso y jamón serrano, taquitos de paté y mermelada de fresa, porciones rectangulares de la tarta de manzana que Ella siempre preparaba los sábados. Es decir, que siempre preparaba antes. Deja caer la mandíbula, y en la boca surge la misma obertura silenciosa y extasiada que se forma en sus ojos. Me quieren. Me quieren mucho. Esta era la sorpresa. Mamá y Papá me quieren mucho. Ella le apremia a sentarse en la silla, desde donde se lanza impaciente a por el primer pedazo de tarta.
- Hemos pensado que podríamos celebrar una comida muy especial -dice ahora Ella-, aprovechando que Papá ha vuelto.
Por favor, come. Come y olvida. Haz como si no hubieras vivido nada de esto. Come y bórralo todo de tu mente. Ayúdanos a olvidar, piensa la madre.
Él alcanza el cucharón y empieza a verter generosas montañas de arroz en su plato. Nota que Él está sonriendo, pero no sonríe como Él suele hacer. Él siempre ha sido muy serio. Al fin y al cabo es quien debe cuidar de todos, protegerlos, aislarlos del peligro con su Poder (ese Poder que sabe que tiene) y su voz de gigante macizo. Pero Él está sonriendo, quizá como si fuese la primera vez que se ven, o la primera vez que se cena arroz a la cubana. Cuando entró en casa, después de tanto tiempo sin verle, Él y Ella se abrazaban con una fuerza extraña (¿les dolía algo?), enterrados el uno en el cuerpo del otro, aferrándose a los brazos como quien se agarra a la cornisa que sostiene su última oportunidad de sobrevivir.
Quizá solo sea cuestión de tiempo. Puedo olvidar a Sandra; a un hombre se le ha visto olvidar cosas mucho más terribles, y si no se es capaz de olvidar, no se es capaz de nada. Olvidar ese ardiente olor a carne joven, a sexo húmedo, a traición deliciosa (con un toquecito de carmín y pintalabios), porque Somos Una Familia. No se trata de hacerlo porque soy un adulto, porque soy un hombre, sino porque Somos Una Familia, piensa el padre.
El banquete empieza a vaciarse en los platos, saciar su insaciable estómago; viendo el mundo entero a su disposición, come con esa especie de pasión desinteresada propia de los niños felices. Pero hay ciertas preguntas, cierto temblor; siluetas cuya luz parpadea ocasionalmente, entre bocado y bocado. Sólo ocasionalmente.
- Pero papá... - se detiene y alcanza la servilleta: Él se enfada si se habla con la boca llena- ¿Dónde has estado todo este tiempo?
Y ve que Ella abre la boca como si quisiera responder por Él. Ignora qué fuerza misterisa termina por arrebatarle las palabras y reducirlas a un soplo de aire. Quizá sea ese Poder inquebrantable, el que sabe que Él tiene.
Que salga él del atolladero. Que le explique la verdad si es que es capaz. Al menos que sea original. Que le diga algo que él pueda comprender, aceptar, masticar. Pero de eso tampoco será capaz, piensa la madre.
- Ya sabes que papá tiene un trabajo muy duro. A veces mi jefe me manda a trabajar fuera, a otra ciudad, y tengo que hacerlo para que vosotros estéis bien. Pero eso ya se ha acabado, ya estoy de vuelta, ¿no?
Quizá dentro de unas semanas, cuando todo esté más calmado, volver a llamarla. Hacerlo esta vez distinto, con más cuidado, se puede hacer sin que esto tenga por qué salpicar a nadie. Llamarla solo cuando no haya nadie en casa, cuando esté en la calle, cuando la excusa sea irrebatible, piensa el padre.
El helado de chocolate es otro fugaz regalo que aceptar al instante. Ahora los mira: parece como si no hubieran probado bocado, como si hubieran permanecido esos treinta minutos sin hacer otra cosa que observar cada uno de esos bocados. Como si fueran figuras de cartón -iguales que las que recorta en clase de plástica- cuyas sonrisas, al no ser humanas, tienen algo de atroz y de homicida. No es miedo lo que siente; debe ser otra cosa. ¿Me habrán envenenado? pero lo descarta, lo rechaza al instante porque debe seguir comiendo, porque Papá y Mamá me quieren mucho. Distingue ahora un movimiento que le llama la atención, pero no sabe por qué: la enorme mano de Él se ha movido hasta colocarse sobre la de Ella. Pero no sonríen.
Coger la puta comida y tirártela a la cara, llamarle cerdo, cabrón y todo lo que eres, ponerte en evidencia para que ni tu propio hijo te respete, eso sí que te jodería - pero tranquila, a ver, cálmate, él se ha disculpado, él te dijo que estaba arrepentido, son cosas por las que hay que pasar, piensa la madre.
Quizá una habitación en algún hostal en las afueras, donde no haya forma de cruzarse otra vez con algún conocido, cena de empresa, reunión con viejos amigos, trabajo extra, mirar muebles. Tumbarme junto a Sandra y deslizar fuera esas bragas con el dedo índice, mirarla a los ojos, hundirme. Solo una vez más, piensa el padre.
El niño dormirá en paz esa noche porque es mentira que haya notado nada extraño. Es mentira que le quieran envenenar, que existan las sonrisas de cartón, que algo ajeno e incomprensible se escondiera detrás de todo cuanto ha estado viendo los últimos días. Mentira, como el fantasma que le espera todas las noches detrás del armario. Es mentira. Nunca puede ocurrir nada malo. Papá y Mamá me quieren mucho. Tardará veinte años en enterarse.


Asfalto

Nadie hubiera dicho que Joaquín fuera un tipo que se prodigara mucho en palabras, así que es lógico que me impresionara que de pronto le diera por explicarme su interpretación de la vida. Cuando le vi en la plaza, donde habíamos acordado reunirnos, me sentí inmediatamente asqueado por su presencia. Existe una imagen común entre quienes acaban de divorciarse, pero una barba de varias semanas, un conjunto de lo más andrajoso y el olor característico de alguien que lleva varios días encerrado en su cuarto superaban aquella imagen. Las palomas de la plaza, atendiendo maquinalmente a la pitanza distribuida por la tercera edad, desprendían más humanidad que él. Es cierto que Joaquín atravesaba un momento terrible, pero su actitud, en líneas generales, confundía. No daba la impresión de querer recnciliarse con la vida, sino más bien la de pretender liarse a golpes con ella y perder asalto tras asalto. Ignoro por qué me llamó aquél día. De todos los que una vez fueron sus amigos yo era el único que no le evitaba, pero no había en él nada que manifestara ninguna clase de agradecimiento por ello. De todos modos, cuando le vi entrar en una licorería y salir un minuto después armado con una botella de ron que empezó a consumir en el acto, decidí que no volvería a verle.
- Me he pasado la vida siguiendo reglas - dijo en un momento dado-. De niño crees que eso cambiará con el tiempo, que de mayor las reglas las pones tú, pero no es así. Casarse, conseguir un trabajo, comprar una casa, tener críos. Todavía nadie me ha sabido explicar por qué coño hay que hacer eso. A ver, Miguel, ponme al día. ¿Tú eres feliz?
Rompió a reir antes incluso de que yo pudiera molestarme en contestar. Dedicó los siguientes minutos a plantearme todo tipo de preguntas relacionadas con mi situación vital, mi supuesto bienestar y lo que él consideraba un status social inservible, todo a un volumen cada vez más alto y más empapado en alcohol. Luego empezó a insultar a su ex mujer, a sus antiguos amigos, a sus viejos profesores de la escuela; cuando hubo repasado todo el listín, empezó conmigo, poniendo en duda esa "hipócrita impresión de felicidad" que, según él, se manifestaba tanto en mí como en el resto de los seres despreciables que le rodeaban. No hace falta decir que todo el mundo se volvía para mirarnos según caminábamos. En un momento dado, al detenernos ante un semáforo en rojo, empezó a bajarse la bragueta mientras señalaba con la mano, más bien con la botella, a la comisaría de policía que se veía al otro lado de la calle. "Es un buen lugar para mearse", dijo, y con ello quebrantó la poca paciencia que me quedaba. Le dije que podía hacer lo que quisiera, pero que yo pensaba volver a casa. Y le dije, también, que tenía un problema y que en ese estado no inspiraba otra cosa que no fuera lástima. Respondió con un bufido y, echando un nuevo trago de la botella, que empuñaba como si fuera la prolongación del cuello de su ex mujer, empezó a cruzar la acera sin dejar de mirarme.
- Igual que todos los demás - exclamó-. Un muermo, un inútil sin voluntad, como todos los demás. Te crees superior a mí sólo porque tienes más dinero que gastar en ropa y perfumes, porque tienes una familia con la que morirte de aburrimiento los domingos, porque te pasas el día en una oficina que detestas, por muy bien que te paguen. Ajá, ¿eso es ser superior? No, eso es ser un esclavo, un sherpa más en esta mierda de cordillera con aceras y semáforos y edificios de treinta plantas. Lo que pasa es que te han educado así. Te dijeron de niño: "fíjate en ese tipo, ese que va cruzando la calle con una botella vacía en la mano y la polla fuera, ¡así es como no tienes que acabar!". Mierda, Miguel, todo es una mierda, ¿tú crees que...?
El enorme autobús de treinta toneladas, o más concretamente el conductor despistado que lo manejaba, no le permitió acabar. Un bocinazo y un golpe seco fue todo lo que se oyó antes de que algunos viandantes empezaran a gritar. Todos los problemas de mi amigo, su ebria perorata, sus recuerdos, sus frustraciones y su tardía rebelión contra el sistema quedaron reducidos a pequeños trozos esparcidos a lo largo de la carretera y parte del morro del autobús. Salvo su madre, no recuerdo ver a nadie llorando en el entierro. Fue como si todo estuviera más que previsto, incluso planeado; como si el accidente no hubiera sido siquiera un accidente. Alguna vez he tenido la impresión de que, si en ese mismo momento Joaquín se hubiera alzado de su tumba, lo habría hecho sólo para poder decir: "al menos me terminé esa botella". Lo que más me impresionó, sin embargo, fue que nadie dijo una sola mala palabra de él hasta que no abandonamos el cementerio. El cementerio, con sus somnolientos escaparates en los que no se exhibía más que silencio y ausencia de vida, era una especie de santuario que nos colocaba a todos, a los vivos y a los muertos, en un mismo nivel. Pero ya fuera, en la calle, a nadie le acobardaba seguir echando pestes del difunto. Se volvía a la vida, y la vida era un alegre operación en la que todos podían reanudar sus labores sin temor a convertirse en un nuevo Joaquín. Meses más tarde vi una película en la que un grupo de cirujanos reían, contaban chistes y cantaban hits de los años ochenta mientras operaban a un paciente a corazón abierto. Y esa actitud me resultó tremendamente familiar.

Nouvelle vague

- A ver por dónde iba, que no sé ni lo que digo ya.
“Lo de irte a Madrid en septiembre, decías, pero digo yo que para qué Madrid”.
Cariño, pídeme otra cerveza, y unas bravitas, anda.
Voy, hijo, voy.
- El tema es que, joder, estoy hasta aquí de contratos temporales, y esta ciudad está remuerta.
“Hombre, ahora que lo has dejado con Julia, pues lo mismo no es mal momento para hacerlo, pero no sé yo si…”
- A eso voy, que ya nada me ata aquí, y el cuerpo me pide cambios.
• Ea, a ponernos los cuernos otra vez. ¿Pero qué hemos hecho mal?
- Todo. Nah, Charly, nen, si os voy a echar mazo de menos y lo sabéis.
¿Ah, sí? Mira que yo estaba por que te fueras de una puta vez, ya iba siendo hora.
A ver, Pedro, tengo yo una preguntita.
- Dime.
¿Y esa cerveza?
Movés el culo, chato, y te la pedís tú, que parezco tu geisha.
“Hay amor argento ahí, ¿eh?”
Pues así cinco años. Me aguanta por la comida, ya tenseñaré yo mi puré de papas, el Ferran Adrià de Santaco.
Lo dice el que se quemó el brazo haciendo una pizza.
• Rebonica que eres.
- Venga esa preguntita, va, que se nos hace tarde y luego hay que moverse.
Vale, que… ¿no te estarás yendo un poco por miedo?
- Mmmm… no pillo.
Es que me recopó eso de que el cuerpo te pide cambios. O sea, a lo que voy es a que acá está tu familia, estamos tus amigos, sabés, hasta hace unos meses no te iba tan mal, ¿de dónde sale ese, ese…? ¿Me entendés?
- Sí, sí, claro, pero es que eso no me lo planteo. No está decidío, es cuestión de buscarse la vida, y aquí está complicao. Que son ya tres años así, Nuria, que es que estoy muy quemao.
• Hombre, estamos tos igual. Me cago en la puta, si es que somos una generación en blanco.
“Yo no estoy de acuerdo con eso”.
Ah-ah. Yo tampoco.
Siempre dejándome solo.
“A ver, no digo que nuestra generación no tenga sus problemas, pero siempre ha sido así, esto. Hace setenta años el tema era en con quién ibas a luchar en la guerra, y ahora es qué carrera vas a pillar. Que sí, sigue siendo cuestión de riesgo, pero hombre, digo yo que salimos ganando, ¿no?”

- No sé yo si será tan… así tan simple como… ¿sabes?
“Amos, no concibo yo que la generación de la información, que así nos llaman cuando conviene, sea una generación en blanco. Yo creo que eso lo decimos a veces como excusa.”
Dale, dale, ahí.

“Amás, en el fondo siempre ha sido lo mismo, hostia. La juventud se queja por deporte, que para eso es juventud, pero tú pregúntale a tu abuelo si le fue fácil ser joven.”
Seh, loco, vos sí que la clavás.
Hombre, a tu edad tu abuelo ya estaría casao, tendría su casa y su empleo, te daría el biberón ya.
No, no, no, el biberón la abuela, que era la que se quedaba en casa. Las cosas por su nombre, vieja.
“Mira, te doy la razón ahí, pero estamos en las mismas: a nuestros abuelos no les regalaron ná. Es más, para conseguir la mitad de lo que tenemos, ni te cuento lo que tendrían que haber sudao. Y bueno, aparte, si querían distraerse, pues no tenían Anatomía de Grey, ni Face, ni se podían fumar un peta, ni…
- A ver si va a ser ese el problema, demasiada libertad.
Seh, y dispersión, y dispersión. Yo lo que les digo siempre, si quieren dejar de quejarse, váyanse unos añitos a mi país. Pero si por algo nos dicen siempre que vivimos en abundancia, es que esto es abundancia.

• No, si lo que habrá que hacer es dar otro golpe de estao, me cago en Dios.
- ¡Quieto todo el mundo!
“¡Se sienten, coño!”
• Mira, lo cojas por donde las cojas, esto al final es complicao de hablar. Lo que hay que hacer es tirar palante y ya está.
Y hablar, Charlito, que te dieron boca para algo.

“Bueno, y eso es lo que estamos haciendo, ¿no?”
- Total, si al final siempre vamos a estar bien, al final siempre podremos sentarnos aquí a charlar y a reírnos y echar unas cerves.
Bueno, bueno, tú espera a que tagan con la priva lo mismo que con el tabaco.

- Pos mira, ya nos pasaremos a los chupa chups, entonces.

Qué trucho, la cuestión es engancharse a algo, ¿no?

· Tú a mí ya menganchas de sobra.
Sí, ¿y qué pensás hacer cuando yo te falte?

· Ir a una clínica.
“Anda, gente, por nosotros”.
- Eso, por nosotros.
Que viva la abundancia.
“Aunque no haya pasta pa comer.”
• Cariño, tráeme otra cervecita, va, te juro que la próxima la pago yo.

Aula de Silencio #1

Like a fire in winter that keeps you warm inside
I'm caught up in your capture, a rollercoaster ride


All these things remind me of you.

Stuart Zender al bajo.

Las palabras aquí ensucian.



video

Once upon a time in Memphis

INT. BB KING’S BLUES CLUB. NOCHE

El local de música jazz más célebre de Memphis. Luz tenue en la barra y la zona de las mesas: toda la atención recae sobre el escenario, donde Rahsaan Patterson interpreta su particular fusión de jazz y gospel en compañía de su banda.

En una de las mesas más apartadas encontramos a SUA. Aunque su silla está de cara al escenario, no parece prestar ninguna atención a la banda. Frente a ella, un vaso semivacío de Bourbon y un cenicero a punto de colmarse. También un cuaderno de bolsillo y un bolígrafo.

Un cuerpo entra en cuadro y nos tapa momentáneamente la línea de visión: el JOVEN lleva una camiseta a rayas horizontales y unos pantalones oscuros de pana.

JOVEN (off)
Sólo un tonto enamorado entraría aquí,
¿verdad?

SUA se levanta de pronto, rebosante de alegría. Ella y el joven, que no es otro que PABLO, se funden en un abrazo.

PABLO se sienta en la silla frente a Sua; Patterson y su banda quedan a su espalda. Le vemos ahora el rostro: veinticinco años, cabello corto y algo desaliñado, barba de varios días, ojos cansados y de alguna forma sumidos en una ensoñación ajena a todo cuanto le rodea. Su voz apenas registra cambios de tono, lo que le confiere una propiedad indiferente, relajante.

SUA
(a lo Humphrey Bogart)
“De todos los tugurios de todas las
ciudades de todo el mundo…”

PABLO
…tuve que entrar en el tuyo, sí.

SUA
Nunca te das por vencido, mamón.

PABLO
Estoy doctorado en no cansarme. Y en no
casarme. ¿Cómo va ese libro de relatos?

SUA
(resopla; mira por un instante al cuaderno)
No hay forma. Sabes, tengo la sensación de que
esto es una puta estafa.

PABLO
¿Te refieres a tu obra?

SUA
Me refiero a todo. Dime de qué sirven una
mansión en Knoxville y un jet privado si nadie
me abraza por las noches.

Una fina sonrisa se dibuja en el rostro de PABLO…

PABLO
¿He oído bien?

SUA
Con la edad aceptas ciertas derrotas;
es inevitable.
(pausa; bebe de su Bourbon)
¿Te gustó mi reseña?

PABLO
Podrías haberlo hecho mejor. Hay críticos
que me la han chupado con menos descaro.

SUA
Pablo, ese es el poemario. Te dije que
algún día lo conseguirías.


PABLO
Ya veo que siempre aciertas.

SUA
Estoy doctorada en ello.

Se miran unos segundos en silencio. Detrás de Pablo, Patterson y compañía terminan la canción y el público les despide con un caluroso aplauso. Sube al escenario LARS, en frac y corbata: un atuendo nada apropiado para su enjuta figura. Se coloca ante el micrófono.

LARS
(en inglés, subtitulado)
Rahsaan Patterson, damas y caballeros. Si
esta es su primera noche en el BBK, han de saber
que aquí el blues nunca muere. Hubo una
maravillosa época llamada años 50; a la vuelta de
esta misma esquina, Elvis Presley y Johnny Cash
desenfundaban sus púas sin imaginar que la leyenda
les aguardaba…

SUA
(a PABLO)
A este tío nunca le entiendo. Es más blanco
que la cal, pero le chifla la música de negros.

PABLO
¿Cómo acabó de MC?

SUA
Es una especie de honoris causa. Se puede decir
que compró el local cuando escribió el guión de
Memphis, my love. Jodido vendido…

LARS
…el tiempo pasa, como todo debe pasar, pero
aquí en el BBK procuramos que no sea así. Las
leyendas siguen entrando y saliendo, entrando y
saliendo por la misma puerta que ustedes acaban
de cruzar. Y si no me creen, échenle un vistazo
a esa mesa.

… un enorme foco apunta directamente a la mesa de PABLO y SUA, que no pueden evitar taparse el rostro por un instante, visiblemente incómodos.

LARS
Vaya, vaya, vaya, ¿pero quién tenemos aquí?
¡Nada más y nada menos que a la señorita
Sua Miller y al señor Paul Nash! ¡Un fuerte
aplauso para nuestros hombres de letras!

El público reconoce a ambos artistas; el aplauso, acompañado de algunos silbidos, no se hace de esperar. PABLO sonríe y saluda a LARS, que le devuelve el gesto llevándose una mano al corazón.

LARS
Eh, ¿sabéis qué? Llamadme plasta, pero algún
día encontraré la forma de meteros en algún
guión infumable de los míos. Y seréis aún más
más guapos, más famosos y más encantadores.
¡Gracias por venir!

PABLO y SUA se miran disimuladamente.

SUA
Inútil.

PABLO
Y que lo digas.

Los dos beben de su vaso. Un nuevo grupo entra en escena: esta vez esa la Robert Crazy Band: los acordes de “playin’ with friends” inundan el abarrotado local.

CORTE A NEGRO.

Fruta







El declive de cada civilización se puede medir por la cantidad de fruta que se encuentra en su dieta habitual.




La fruta fue ofrenda una vez. Todo cuanto había que hacer era estirar el brazo; aprender a cultivarla fue cuestión de instinto y experimentación. Tras su crecimiento no había interés alguno, más allá del que el mundo natural mostraba por compartir su espacio con nosotros.

Ahora bien, al hombre nunca le ha gustado demasiado compartir. Pronto halló la forma de explotar el regalo incondicional que la naturaleza ofrecía en forma de alimento. Se desarrolló la moneda como solución al primitivo intercambio mercantil; el trueque cayó en favor del interés comercial y la gula adquisitiva. Con el tiempo, las necesidades más básicas de nuestra raza pasaron a formar parte de esta espiral: el hombre se olvidó incluso de cagar al aire libre: las empresas fabricantes de retretes se reservaron el derecho de permitirnos evacuar lo que por cuestión de genética siempre ha habido que evacuar. Al alimento le ocurrió lo mismo con la generosa contribución de la química, que tuvo a bien agregar sus aditivos, sus pesticidas, su bollería industrial y sus propiedades adictivas inducidas de forma artificial. La fruta, una vez manjar obligatorio, perdió su trono en favor de los derivados lácteos, las golosinas, las bolsas de patatas fritas y las bombas de azúcar. Y entonces el hombre hizo exactamente lo mismo que llevaba haciendo milenios: echar mano de lo primero que se tiene al alcance.

“Alimentarse” es un anacronismo. Ahora se trata de comer; comer a sorteo, comer hasta hartarse, comer por comer. Que no nos extrañe si en los siglos próximos se nos hace pagar por el oxígeno. O por vomitar. De todos modos, nuestro estómago debe estar deliberadamente sellado para que no sepamos qué ocurre ahí dentro, así que... qué más dará.

Estafetas (une petit blague)

I.

La acción erradica plagas
como no podría hacer
ni la mayor de las sabidurías.

II.

Un clavo saca a otro clavo, sí.
Pero también termina por destrozar el madero.

III.

Tus héroes están muertos.
Si buscas un modelo de referencia,
empieza por el espejo.

IV.

No hay forma de diferenciar
un pensamiento inútil
de uno provechoso,
mas cuando uno se sitúa un peldaño
por encima del bien y del mal,
poco hay que diferenciar.

V.

Lo auténtico, es decir lo bello,
se le resiste a la luz;
por ese motivo, lo protegemos
a la par que lo buscamos.
En medio de esa absurda terquedad
está eso que algunos llaman vida.

VI.

El olvido es hermoso:
ni siquiera recuerdo en qué pensaba
a principios de verso,
y de ahí ese descarado lujo
de sonreír sin motivos.

Danzad, danzad, malditos

Una vez te entregas, ya nada vuelve a ser igual. Con paciencia y sigilo merodeo por un océano de escamas; vibrantes, cálidas, las partículas de una piel que ya es tan tuya como mía extienden su lengua, y con ella me conducen a un agitado nido de avispas, a un temblor de carne en el que se aglomera el tiempo, vagabundo y a la vez inmóvil. Ahora eres llama (me inclino sobre ti y con un único empujón cierro tu termal herida); cinco minutos después eres témpano (que no falte la nicotina post-desastre, las sucias fórmulas de cortesía, los brazos abiertos como falso refugio), y para cuando abandonas el cuarto, eres aún más enigma que ayer, porque he memorizado esas autopistas supracutáneas que son tus tatuajes, y he descifrado el alma que palpita tras esas pupilas que se dilataban, y he grabado a fuego las altisonantes olas que dibujaban tus gemidos; pero el miedo no cesa, pues uno sigue preguntándose qué es lo que realmente ha dejado la noche tras de sí.


What remains to be seen

Pregunté a Carlos y a Paula si conocían de algo a aquella chica. Pregunté por todo el campus, y cuando en el campus no quedó nadie a quien interrogar, pregunté por todas partes. En segundo año llegó un tipo de Salamanca llamado Ricardo. Fuimos una tarde a la cafetería de la facultad para tomarnos una ensalada y quizá alguna cerveza. Sin saber bien por qué, traté de describirle a la chica; de pronto se me quedó mirando, aún con el tenedor en la boca. Lo soltó, se limpió con una servilleta y me dijo: “podría ser una coincidencia, pero hace unos años conocí a una tipa igual. Una tipa a la que tampoco volví a ver. Te preguntaría qué puede tener una mujer a la que sólo has visto una vez en la vida para buscarla con tanto ahínco, pero creo que te entiendo.”
Se sienta sobre el césped junto a mí después de extender cuidadosamente su mantel. La manzana, de un brillante carmesí –recuerdo sobretodo lo brillante que era- descansa entre sus dientes y con unos mordiscos insultantemente suaves, casi ingrávidos, empieza a desaparecer en su boca.
- A los estudiantes de cada facultad se les puede reconocer por un signo en concreto, un aspecto de su personalidad o de su físico que siempre, invariablemente, se repite. Los de economía son obstinados por naturaleza, depredadores natos de las matemáticas prácticas. Los de psicología desconfían hasta de su vecino, aunque por lo general son bienintencionados, y acostumbran a tener sueños raros que siempre apuntan en una libreta. Con los de traducción me ha costado, pero finalmente he dado con la clave. Sé qué es lo que os vincula y lo que eventualmente os conduce a vuestra Meca particular.
- Será el amor por los idiomas – sugerí.
Arrancó otro pedacito de manzana con los dientes y después, sólo después, me miró a los ojos.
- No. Es el oído.

“Uno no se enamora a primera vista a no ser que sea preocupantemente vulnerable, pero algo queda después de un encuentro así, ¿verdad? Creo que la mejor forma de convertirte en leyenda, en un cuento de hadas, es no dejarte ver ni una sola vez más. Con un encuentro basta. La terquedad y el capricho de la memoria hará el resto”.
- A unos os gusta escribir y otros sois maestros de la comunicación, pero vuestro leit motiv es el oído. Siempre. Os veis obligados a remover entre las entrañas de la voz, como si os desesperara no entender hasta la última implicación del tono y el timbre de cada palabra que escucháis. La gente acostumbra a pronunciar sus palabras de una u otra forma con un fin concreto, y sois de los pocos que lo perciben. Muchos seríais más felices si fuerais ciegos, aunque no lo sepáis.
Ricardo ya se había olvidado de mí y, con el cigarro consumiéndose entre dos dedos, miraba al horizonte mientras se perdía voluntariamente entre la mística de su propio discurso. “Cuesta creer que exista alguien así. Nuestra naturaleza nos obliga a buscar personas, lugares y momentos a los que adherirnos. Pero creo que el verdadero ser superior, el hombre o la mujer que represente el siguiente salto en la escala evolutiva –puedes leer a Nietzsche para comprenderme-, será aquél que no sólo sea consciente de esta costumbre, sino que además sea capaz de liberarse de ella”.
- Lo puedo notar en vuestra mirada. Cuando os hablan, vuestra retina se mueve simultáneamente en mil direcciones; no sois capaces de concentraros en una parte concreta del rostro, sino que buscáis inconscientemente los doscientos mil fragmentos de voz que se esparcen poco a poco en el aire. Buscáis allí la verdad de lo que se os dice. Tenéis un pie en la materia y otro en el espacio. Ya sin conocerte puedo decirte qué música y qué cine te gusta. No pretendo impresionarte; sólo comparto contigo lo que he aprendido a lo largo de mi vida. Lo cual no es decir mucho.
“Alguien cuya moral haya evolucionado hasta el punto de comprender que no sólo uno debe ser completamente libre, sino que su libertad no puede ni debe contaminar la libertad de los demás. Alguien que camine por este mundo sin compañía y sin la menor intención de conseguirla, que no intente forzar ninguna situación, que se entregue dócilmente a las leyes de la casualidad, de la trayectoria humana; un esclavo del destino, si así lo quieres llamar. Algo parecido a un animal”. Cerró los ojos y rió para sí mismo. “Un animal muy felino”.
- Hasta puedo decirte de antemano que te pasarás un buen tiempo buscándome, que le hablarás sobre mí a tus amigos y tus no tan amigos y escribirás sobre mí. No puedo disuadirte para que obres de otra forma, así que si quieres un beso, más te vale que me lo pidas rápido.
“Fuiste valiente. Yo no me atreví a pedírselo. Mis padres me educaron para ser un caballero y eso me convierte en un capullo con guisantes en lugar de testículos”. No nos dimos cuenta de que la cafetería se había vaciado casi por completo. Ignoro qué hora sería; sé que era tarde, lo suficientemente tarde como para que los empleados empezaran a recoger el estropicio que los estudiantes se empeñan en dejar día tras día y dirigirnos miradas no muy discretas con las que nos urgían a marcharnos. Pero por algún motivo no recuerdo la luz. Sólo recuerdo la voz de Ricardo. “¿Qué? ¿Crees que volverás a verla?”. Lo que creía era que sería más feliz convenciéndome de que sólo fue un sueño. “Ah, eso está bien”, afirmó Ricardo, “pero sería como afirmar que la vida misma es un sueño, y eso no sé si es del todo correcto. Parece más bien la clase de pensamiento que tendrían los de humanismo. Creo que ya sé cómo impresionar a una chica de esa facultad si alguna vez conozco a una. Claro que, conociéndome, sólo quedaría en ridículo”. Apagó el cigarro y le acompañé a la salida. Al día siguiente seguiría pensando en aquella chica, pero esta vez su figura se había vuelto distante, definitivamente inalcanzable. Quizá comprendí de una vez por todas que no tenía por qué volver a verla.


Mañana, mañana


Pero choca contra el aro y cae directamente sobre las manos del padre, al que le basta un ligero salto para devolver la pelota al interior de la canasta.
- Trece-dos. ¿Dónde coño tienes la cabeza?
Él permanece en la línea de tiro libre, el sudor convertido en una doble cortina que nace en la mandíbula y muere sobre el cemento de la pista, subrayando el contorno de su propia sombra.
- Catorce-dos. Sabes que vamos a seguir aquí hasta que me ganes, así que empieza a aplicarte.
La tarde está agonizando. El sol es ya un semicírculo ahogándose bajo el horizonte, lejano como la victoria misma; la mente del hijo, ensordecida por el cansancio, es una cámara hueca en la que sólo puede encontrarse un único sonido, una única voz ominosa.
- Quince. Dieciséis. Crees que estás agotado, pero es mentira. Es lo mismo que te hizo pensar que no podrías ganar a Óscar en la pelea, o que no podrías aprobar matemáticas. Todo mentira. ¿Sabes cuánto dinero me dejo para que puedas seguir yendo a la escuela? ¿Para que tu madre pueda darte de comer? ¿Sabías siquiera que yo pagaba todas esas cosas?
El hijo decide que va a alejarse de la cancha; regresará a casa para crecer medio metro, desarrollará músculo, sangre, coraje, destrozará física y moralmente al padre, ganará siempre; lo decide todo en diez dulces segundos. Pero el rostro cuadriculado, el torso insultante, las oscuras piernas siguen ahí, sumando punto tras punto, aniquilando sonrisa tras sonrisa, destrozando una etapa tras otra, como un maloliente trapo que borre cada uno de los aciertos y triunfos que ha tenido hasta ahora. Un deus ex machina que se ha pasado al bando del diablo.
- Diecisiete. Dieciocho. Diecinueve. Ya ni siquiera miras al aro, ¿eh? Pues bien que mirabas al juez cuando dijiste que preferías vivir con la zorra de tu madre.
¿Cuántas comidas calientes te ha preparado para sobornarte? ¿Te da besitos de buenas noches? ¿Te limpia el pis de la cama? ¿Te trata como al crío que te gusta ser?
La luz del sol desciende y se ve reemplazada por el mañana; un mañana sin obstáculos ni pesadillas, un futuro que no concibe más al padre, una cañería libre de obstrucciones. El hijo inventa una tecla con la que curar todos los males con un solo movimiento digital. Suprimir a Papá: Aceptar / Cancelar. Pero los brazos son ya el suspiro de un saltamontes moribundo: no pueden con la pelota, ni con la tecla, ni con el cuerpo.
- Veinte-dos. Lo mismo estás pensando que todo esto es injusto. Que por qué cojones tendré que ser tan duro contigo. Crees que soy un cabrón tocapelotas, seguro, pero todo esto lo hago por tu bien. Cuando seas mayor lo entenderás. Ahora deja de llorar y gáname, porque es eso o morir aquí, ¿me comprendes?
Entonces, justo tras estas últimas palabras, al hijo lo devora un soplo de fuerza. La luz parece regresar al instante. Una idea, una genial e irrepetible idea amanece en su mente. Por fin sabe qué debe hacer. El hijo levanta la cabeza, apunta al aro, frunce el ceño, entrecierra los ojos. El balón surca de nuevo el aire.