Tiempo de valientes

El dolor, por grande que sea, no tiene la menor intención de derrotarnos. Lo que el dolor pretende es perdurar. Por eso es tan amigo de corromper el linaje del hombre, de estrechar vínculos entre una generación y otra, de alternar su hospedaje entre amante y amada, entre padre e hijo, entre el amigo y el enemigo. Somos la leña de la que se sirve para sobrevivir a sus inviernos. El dolor aspira a que lo sobrevivamos, de la manera en que un secreto anhela oídos que lo propaguen, de la forma en que la bacteria busca cuerpos para mutar y seguir extendiéndose. Por este motivo, el dolor buscará siempre una víctima fuerte y sana, a la que atacará cuando esta se sienta confiada y desprevenida. El dolor aborrece los espíritus vencidos. Rehuye a los cuerpos que no están en condiciones de hospedarlo.

El olor que le excita es el de la sangre valiente.

XXX.


Al final, gana el Tiempo.
La autoridad de su filo
aprende a olvidarte,
corte tras año tras corte,
serenamente
desfigurándote.
Gana el Tiempo. Con júbilo
de verdugo, perfora tu deuda;
y en la llaga que deja, el nombre
se prostituye con el mito,
la promesa vuelve a gritarle
al desengaño; respecto a lo demás,
cada lunar de tu frente,
las caricias frente al semáforo, las canciones,
cada gemido en cada oscuridad
de cada lecho, de cada vientre,
todo eso está huyendo.
Ajusticiándonos.
El tiempo desfigura.
Pero le tiembla el pulso.
Su trabajo
siempre queda
a medias.
Es hoy mi mano
la que te vence, esta pluma,
aprende a desfigurarte
verso tras día tras verso,
cobarde, violenta,
serenamente olvidándote.

XXIX.


La ciudad se deja querer
por la nieve.
Cada copo es una caricia.
Gota a gota,
esa intrépida blancura,
ese sueño en el que todos creen
aterriza
justo aquí, frente a nosotros.

El cristal arde
cuando intento retirarlo.

XXVIII

Para M.O.P.

Me encanta tu perfume de historia,
unos días como polvo sobre el Quijote,
otros, como revista de crucigramas.

Tu nombre sabe a travesía eterna,
a viaje de mil páginas sobre el mar
y a colección de romances en verano.

Tienes aún ese tacto volátil,
valiente y suave cuando quieres,
distraído y rugoso a temporadas.

Y tu voz conserva esas notas
de poema leído las noches
y de rabia contenida las mañanas.

¿Por qué habría de escoger
entre esa realidad que es fantasía
y esa fantasía que es la realidad?
¡Que sean ambas lo mismo!

Porque sólo hay una forma de mirarte
que es desde mil ángulos a un tiempo,
y una sola forma de quererte
que es todas ellas a la vez.

Esponja

De pronto se dio cuenta de que llevaba veinte minutos sin decir una sola palabra. Absorta en el hábil discurso del chico, asentía, pestañeaba, enmudecía ante el suave filamento que ensordecía el aire a medida que escapaba de aquellos labios dorados. Una por una, las oraciones que dibujaba el joven al que acababa de conocer a la salida del hospital alimentaban un estímulo cuyo sentido no parecía admitir explicación alguna. Él hablaba sin que pareciera ser consciente de la cualidad aromática de sus propias palabras; la paralizaba con una seda invisible que hacía ya olvidar el nombre, la charla, el motivo del encuentro, la consistencia del tiempo. Claudia se daba cuenta de que su lenta entrega respondía a un patrón que de algún modo había estado siempre presente, porque allí, ajena a la lluvia y a la mano que sostenía el paragüas, viendo cómo lo dorado se volvía incandescente y lo incandescente ingrávido, advertía que el joven la llevaba de vuelta a un pasado que se medía por la cantidad de ocasiones en que había sentido algo parecido, si no idéntico. Con Vicente, con Luis, con Alberto, con el hombre que fumaba en la esquina de Embajadores, con el chico de la bicicleta naranja, con el Gregorio de una inolvidable función de Romeo y Julieta en Venecia durante el verano de 2008. La transportaba a la totalidad de nombres y rostros que en alguna ocasión le habían borrado la memoria con el mero movimiento de los labios. La devolvía a la anestesia de todo un gremio de tejedores cuyo magnetismo terminó por extinguirse tan fugazmente como había brotado.

Hizo un esfuerzo por ignorar la sensación y rescatar algo sólido, alguna oración coherente de entre aquél incesante líquido que se confundía con el sonido de la lluvia y el tráfico: "...y vivo por aquí no estamos lejos si eso un día nos tomamos un café y...". Se preguntaba Claudia: ¿por qué tan fugaz? ¿Por qué tan efímero? ¿Qué sentido tenía caer en una red que tan fácil, tan blandamente se deshacía en cuestión de días, horas, a veces incluso de minutos? ¿Hacia qué parte de sí misma debía mirar a fin de identificar el problema? Pero ya se alzaba la mano, ya se ponía la mejilla para el beso de despedida, y el tejedor brindaba una última y perfecta sonrisa -plagio, continuación de tantas otras- y se alejaba, desdibujándose entre la bruma de la ciudad, aparentemente eterna. Claudia debía ahora darse la vuelta y regresar a casa, y allí, tan pronto se hubiera secado y dejado caer en la mullida calma del sofá, llamaría de inmediato a alguien - a Laura, a la prima Sofía, a la abuela, a Vicente a Luis a Alberto- para desprenderse de aquella sustancia pegajosa que la envolvía y que de pronto no era un plácido sueño, sino una engorrosa molestia.

Más zorros



Vio el mismo sol de siempre. El horizonte libre de nubes, vencido por una aridez envolvente, pluscuamperfecta; los primeros engranajes de la base comenzaban a moverse. Un soldado americano enfilaba la escalera horizontal de la torre, el pelotón de daneses emergía de la oscuridad del búnker y daba inicio a su habitual marcha de calentamiento; ni una palabra, ni una señal de duda, como correspondía al implacable efectismo de la armada escandinava. Amanecía y la base respondía en consecuencia, pero nadie salía de ella hasta que lo hiciera él. Se plantó frente a la empalizada de acero y tiró de lo que a simple vista parecía una pincelada negra y en realidad era un tirador. Pisar la arena del exterior despertaba de inmediato un estruendo sordo, un bostezo de misterio que sólo sus sentidos percibían. Libre de murallas, rodeado de eternidad. Expuesto. El radar, silencioso por fuera, despierto por dentro, le esperaba a su izquierda.
Los cables volvían a estar rotos.
Esta vez los examinó con detenimiento. La fibra, constreñida, dejaba al descubierto los filamentos de cobre de una forma que no parecía seguir un patrón claro. La de aquellos cables era una desnudez violenta, aleatoria; un resultado muy alejado del que dejarían unas tenazas o unos alicates.
Parecían más bien mordeduras.
Se irguió y oteó el horizonte. En un páramo yermo, tan virgen e infértil como hostil e impredecible, era difícil establecer posiciones. No servían de nada los GPS si uno no se acostumbraba a reconocer marcas diminutas en el terreno. Una formación inusual de piedras aquí, un pequeño socavón allá. Quizá algún raquítico árbol sin futuro. O aquella roca al fondo, que se movía. Se movía con su cola, sus cuatro patas y su hocico. Aquél intruso.

- Tiene cojones, ¿eh? Veinte millones de euros al año en presupuesto logístico, veinte, o sea, un pastizábal, y resulta que un zorro se los ventila en dos minutos.
Había en aquella misma sala dos formas muy distintas de comprender el ejército. El comandante Mayo representaba un método moribundo, incapaz de comprender las nuevas tecnologías, las ideas modernas; el anacronismo. Él, por su parte, era la realidad; el presente. El uno estaba tan fuera de lugar como el otro. Él era joven todavía, emprendedor, con una familia, una carrera y una ambición que sólo ahora empezaban a despegar. A Mayo ya se le había acabado el combustible mucho tiempo atrás. Canoso, intransigente, cansado. Utilizaba el marco de la fotografía de su familia para esconder los habanos. Su acento de Almería restaba autoridad a todo lo que expresaba.
- Perdone si le ofendo, teniente, pero sé que usted sirvió en Inteligencia, y yo me pregunto para qué cojones queremos a Inteligencia si no nos adelantamos a los pequeños detalles. Estas cosas hay que preverlas, coño. Yo pensaba que en Afganistán no había nada, pero resulta que hay zorros. ¿Lo sabía usted?
Sobre la mesa de roble del comandante se amontonaban varias pilas desiguales de documentos. Él contaba con una pila similar en su despacho, mucho menos ostentoso e íntimo que el de su superior, pero ambas montañas de papeles respondían al mismo sistema; ese que comenzaba a perder sentido y propósito. Confusos informes de movimientos de las guerrillas, registros de la supuesta quema de plantaciones de opio, documentos que recogían recuentos de pérdidas civiles en tal o cual poblado, certificados y albaranes de material militar que jamás se emplearía. Mayo se plantó ante él; la forzada postura rígida y la elevación del mentón no disimulaban un complejo de inferioridad que el hombre dejaba relucir por encima de todo rango, galón o voz de mando perceptible.
- Teniente, quiero que hable con el médico. Con el español no; hable con el inglés. Al nuestro lo conozco y dirá que matar animales es una crueldad que hay que evitar y que esto y lo otro. Lo diría aunque estuviéramos en una guerra, que lo estamos. Puede retirarse.

Bajó de la cama a pesar del frío. La pesada chaqueta de campaña colgaba del perchero junto a la puerta. En el exterior, un diáfano espectáculo de estrellas encendía el tapiz azulado del firmamento; un azul oscuro, infinito, salpicado por el viento del desierto y el silencio sepulcral.
Se adentró en la periferia de la instalación. Reconoció el semblante agitanado de los dos albaneses de guardia, portando la banda roja en el codo, fumando tan desinteresadamente como lo era su propia participación en el conflicto, financiada por el maltrecho ejército italiano. La arena crujía bajo sus pies.
La figura yacía tumbada junto a los cables del radar. Un torso se hinchaba, se encogía a un ritmo irregular y desesperado. Encendió la linterna.
Los platos seguían en el lugar en que Sinclair los hubiera colocado la tarde anterior, pero sólo una salpicadura de grasa dejaba indicios de la carne que hubiera allí. Bajó el brazo con el que manejaba el ángulo de luz. El animal mantenía los ojos abiertos, inmóviles. La delgada lengua escapaba de entre los dientes y moría sobre la arena, flanqueada por un imperturbable riachuelo de saliva. Respiraba. Jadeaba con una insistencia tenaz, patética. De su pupila brotaba una especie de infinito, un ansia por alcanzar una luz que jamás llegaría, una extraña indiferencia animal.
Los recuerdos de la última cena de navidad, junto a su mujer y su hija recién nacida, relampaguearon por un instante.
Soltó el pestillo de la funda. Sostuvo la pistola con la mano libre.
Buscó la sien del animal, que con un tenue desplazamiento del ojo había dado muestras de reconocer la presencia del bípedo que le acompañaba. Reconocer. No comprender.
Pulsó el gatillo y el disparo liberó un eco metálico que se abrió paso a través del indistinguible yermo que caía bajo la noche. El cuerpo del animal vibró fugazmente, como la piel de un tambor al ser golpeado. Disparó una vez más. Luego apartó el arma.
Había inspirado con fuerza, recobrándose de una extraña falla en el aliento, cuando se dio cuenta de que las patitas traseras del zorro seguían agitándose.
Disparó dos veces más.

Aquella noche vinieron más zorros. Una manada enfurecida, treinta lomos dorados, hocicos dispersos en una maraña que de alguna forma se mantenía compacta, indivisible. En el vértice de la base, donde alguien había retirado ya el cadáver el antiguo integrante de la manada, un enjambre de fauces y pezuñas se aglutinaba en torno a cierto rastro invisible, cierto aroma a heces, orines, familia, que sólo la manada percibía. Los treinta pares de pezuñas agitaban frenéticamente la arena, centímetro a centímetro persistían en la recuperación de un ataúd que no existía, de un recuerdo que ya no estaba allí. Crujían los muelles del catre y el sueño rodaba sin cesar. Los animales excavaban y de pronto surgía un dedo, un tobillo humano, y dos metros más arriba, la nariz, el ojo ensangrentado, separados del organismo que un día sostuvo su vida. No importaba que fuera afgano, combatiente, alienígena: el hombre estaba bajo un manto de arena que velaba los desayunos con la familia, los besos con la mujer, las largas horas de acuclillada espera bajo las dunas del desierto, aguardando la llegada de un invasor –otro alienígena- que con un único disparo pusiera fin a una crónica que jamás se escribiría. Había un nombre, pero él nunca lo conocería. Los zorros excavaban, devoraban, aullaban por algún motivo a la ensangrentada luz de la luna. Y lo más espantoso no era comprobar cómo el subconsciente desenterraba a la vez las dos únicas vidas que se había cobrado en Afganistán y en toda su carrera. Lo terrible era que, ya en otro mundo, ya fuera del subconsciente, los cables continuaban desnudos y mordidos, expuestos a la atemporal violencia del desierto, de la realidad, esperando a que alguien viniera a repararlos.

Cerámica de la mente

En más de una ocasión he sentido haber tocado fondo. Ni siquiera en tales momentos he llegado a sentirme harto de la vida. Dudo que eso vaya a suceder nunca. Se sufre, claro; y en ocasiones todo cuanto nos rodea parece incomprensible, enfermo; secuelas, probablemente, de otra enfermedad que golpea desde dentro. No importa. Un hemisferio del globo gana un grado de temperatura; el otro lo pierde. Por algún motivo, siempre existe un equilibrio que parece ajusticiarnos. Las plagas se extinguen. El arrepentimiento es quizá la faz del sufrimiento que más se ha empeñado en desafiarme, pero ese sufrimiento (que las comillas lo dejen claro: el mío siempre será un sufrimiento tenue, agradecido por saberse común, seguramente afortunado al lado de los vuestros), ese pesar, es también vida. Es especialmente vida. En este instante, en cambio, me siento un desconocido para el arrepentimiento. No se me ocurre por qué querría volver atrás y desandar lo andado. Nadie debería hacerlo. Es de nosotros de quien hablamos; nuestra crónica, nuestro legado. Ningún ahora puede tener sentido sin un antes que incluya su pequeño subargumento con sabor a tropiezo, a duda, a tensión que aguarda a que el tiempo le dé permiso para convertirse en lección aprendida.

Somos incapaces de verlo: funcionamos igual que una masa de arcilla sobre un torno cerámico. El jarro, siempre privado de movimientos, no tiene nada que hacer salvo quizá rezar por que las manos del alfarero no tiemblen. El baile circular en que nos encontramos nosotros no es demasiado diferente. Incluso la vida recuerda en ocasiones a una espiral, a una ecuación cíclica. Quizá el torno gire a una velocidad que nosotros no imponemos, pero siempre gira porque nosotros lo permitimos. En cuanto a lo que nos moldea, no siempre serán nuestras manos, mas pretender controlar lo que queda fuera de ellas es antinatural. Nuestro poder es limitado, pero nunca inútil. Y si se vuelve inútil, la única respuesta posible es seguir girando, amando, improvisando, hasta que el torno nos otorgue un giro inusual que nosotros, quizá sin darnos cuenta, aprovecharemos para cortar la corriente y quién sabe si encadenar un ciclo con otro.

No hay historia que valga la pena sin un accidente de por medio. No existen las equivocaciones en un sistema definido por las posibilidades. Y yo me siento muy orgulloso de mis heridas.

Incluso me gusta sentarme a mirar cómo cambian de color al paso de los años.

Pointless,useless

Había que odiarle. Por su caminar encorvado, sus orejas de murciélago, su pupila frágil. Y sobretodo, por su diferencia. Pau nunca llegó a sentir nada ni lo más remotamente similar a la lástima: había que distanciarle, a él, el que permanecía impávido en su pupitre mientras todos lanzaban bolitas de papel a la espalda del profesor, el que nunca podía entender por qué todos disfrutaban tanto los fines de semana, el que era diferente. Los motes, los golpes y las bromas pesadas no eran actos de humillación, sino de justicia. Había que mostrarse irreverente ante la diferencia.

La mayor parte del tiempo era como si no estuviera allí. Nunca abría la boca; cuando lo intentaba, sólo se oía una voz tan extraña, tan discordante con la caótica armonía del colegio, de la adolescencia, que se aislaba todavía más. No había lugar para los que no sabían defenderse, y tanto Pau como sus compañeros se encargaban de dejarlo claro día tras día. Zancadillearle durante las marchas en clase de gimnasia, machacarlo a balonazos en el patio, dejarle clavos en el asiento, limpiarle el rostro con cáscaras de plátano. Expulsarle. Todo aquello se convirtió en una diáfana rutina que no dejaba lugar a la reflexión: apenas sí había ya desahogo o entretenimiento. Era lo que la vida había dictado que debía hacerse, y el muchacho encajaba golpe tras golpe con una actitud de resignación que lo hacía aún más odioso. Era casi insultante la forma con la que les miraba, vehementemente les miraba sin que en sus ojos asomara atisbo alguno de rebeldía, como si asumiera el papel de víctima no para ceder, sino para desafiar a los agresores. Esa quietud parecía un indicador de luz verde. No se estaba haciendo nada malo. No se estaba siendo cruel. Había que seguir expulsándole.

Llegaron las bolitas salivadas de papel. Una funda de bolígrafo, un pedacito de hoja de libreta y un segundo de distracción por parte del profesor: los elementos eran fácilmente adquiribles, y hasta intercambiables. Los proyectiles acababan incrustados en el cabello, las orejas enrojecían, el repelente surtía efecto. Nueve impactos, doce, cuarenta soldaditos de baba limpiándole la nuca. De pronto se giró. “Parad ya”. Era la primera vez que mostraba una señal de desafío; pero la señal fue tan débil, tan salpicada por el matiz aflautado de su voz, que no quedaba más remedio que reírse. Reírse y seguir lanzándole proyectiles. Pau lanzó dos más; al tercero, el chico se levantó. Alguien comentaría más tarde que se había escuchado un sonido, un crujir de huesos en la distancia. El Muchacho Repelente era de pronto un núcleo de magma: enfurecido, loco, gritando y maldiciendo como nunca se había visto hacer a nadie, ni siquiera al más enfurecido de los locos. Algo aterrador escapaba no de su boca, sino de alguna otra parte, y se esparcía a un ritmo endiablado por el aula, arremetía contra los alumnos, contra el profesor, contra el mundo. Cogió a Pau por el cuello y le dijo aquello que, todos lo supieron, iba muy en serio. Pau le empujó en respuesta, devolvió los insultos, pero en su mirada había germinado ya el pánico y todos lo habían visto. Las burlas no cesaron en lo que restaba del curso, pero estas eran burlas sin convicción, con un cojín protector al frente, como los aspavientos de alguien que sabe ya que ha perdido.

Pero Pau no perdió de verdad hasta diez años después. Le vio en una cafetería del centro. Era él, sin duda: sin orejas de murciélago, sin espalda encorvada; el mismo aislamiento, pero sin fragilidad. Sí, era él, no cabía la menor duda. Pau se acercó y le saludó. Se dio cuenta de que también a él le habían reconocido de inmediato. Conversaron durante apenas 30 segundos, y por algún motivo, Pau no fue capaz de evitar que el perdón saliera de su boca. Aun sin entender por qué lo hacía, se disculpó. Lo siento por todo lo que te hice. Lo siento por todo. Él se limitó a mirarle y sonreír, y en esa expresión, Pau encontró lo mismo que diez años atrás, cuando el chico recibía los golpes sin protestar, cuando devolvía las vejaciones con esa suerte de silencio autoritario. Se encontraba cara a cara con algo que, lo sabía, no era únicamente indiferencia. Era también superioridad.








Por entonces, Cataluña no había adquirido aún esa férrea identidad por la que se la reconoce ahora. Los cuarteles del ejército español formaban parte de las calles y su tráfico; uno compraba un boleto de lotería y, al girarse, un soldado firme como una estaca se cuadraba y saludaba. No daban las seis de la mañana y la churrería, un pequeño kiosco frente a la piscina municipal, ya estaba abierto; y era así siempre, los siete días de la semana, los trescientos sesenta y cinco del año. Todos sabíamos ya que el churrero era inmortal. Un perfume azucarado salpicaba así las calles y los rostros de los viandantes; rostros que por algún motivo me parecen más verdaderos, más incontestablemente ciertos que los de hoy. Había una granja, La Granja, un diminuto bar lleno de espejos en el que se citaban, todas las mañanas, obreros y carteros adictos al croissant y el café con leche. Y también a un cierto tipo de tabaco, el tabaco de antes, que no era nocivo ni tampoco producto de lujo. El colegio al que yo iba llevaba abierto desde la década de los 40 y se caía a pedazos. Un día, en el aula de música, se desprendió un pedazo del techo. El pedrusco cayó sobre el pupitre de mi amigo Javi, a apenas cinco centímetros de su cara. Aún recuerdo esa risita emocionada, esa inconsciente y airada respuesta a los dedos de la muerte, que acababan de acariciarle. Quince años después murió bajo las ruedas de un autobús.



Cuando el ejército quedó vetado en Cataluña, el barrio quedó repleto de agujeros que pronto provocarían sueños húmedos entre los soberanos del negocio inmobiliario. Nosotros éramos sólo críos; fantaseábamos con crecer, con llegar al instituto y vernos convertidos en adultos de la noche a la mañana, con amasar fortunas que cubrieran las espaldas de nuestro futuro matrimonio, un tranquilo y feliz matrimonio. Carles fue el primero en hacerse una paja. Raúl, que la tenía enorme, solía masturbarse en clase de inglés ante la mirada escandalizada -pero atentísima- de las chicas. Al salir de clase, nos colábamos en los cuarteles abandonados a través de todas las verjas que caían bajo las tenazas de Oscar, robadas del taller de su padre. Los chicos encontraban allí pequeños tesoros, casquillos intactos de bala, pistoleras, botas de campaña; objetos de leyenda cuyo valor se veía revalorizado durante la hora del recreo, pues valían varios bocadillos y hasta algún que otro cigarro. Había un pequeño torreón desde lo alto del cual se contemplaba todo Sant Andreu y parte de los barrios limítrofes, como Santa Coloma o Trinitat Vella. Dejábamos que anocheciera, allí tumbados boca arriba, como si aquél rascacielos de piedra fuera la punta de un sistema piramidal que de pronto gobernábamos. En ese mismo lugar, Javi y Lolo levantarían su pequeña base de operaciones para la venta de costo y bicicletas robadas. "Si se lo contáis a alguien, os matamos", decían, pero respondíamos a esas amenazas con una callada sonrisa. No había nada más preciado que un secreto.



Abrieron ese lugar, La Maquinista -el centro comercial al aire libre más grande de Europa-, y aquello fue el fin de todo. La lechería, la papelería de Juna, el Zampa; todos los comercios familiares cayeron uno a uno y fueron reemplazados por su equivalente multinacional. Había un color, un color de barrio, un tono sepia como la textura de un café en taza o un bollo de crema; el color de un amanecer sacramental, español, granulado como el celuloide de las películas que ya han cumplido varias décadas. Ese color se perdió, y ahora ocupa su lugar otro mucho más violento, transparente, más parecido por contra al de las pantallas de cine moderno; un color dividido en diez salas, sazonado con palomitas y regalices, con opción al 3-D. Las aceras no tienen hoyos ni grietas. El colegio se derrumbó: en su lugar hay ahora un parque de diseño moderno, de puro cemento, y parece imposible que antaño allí hubiera algo parecido a un árbol o un pedazo de hierba. Andreu y yo solíamos recorrer ese parque, pero dejamos de hacerlo porque sólo veíamos fantasmas. En lugar de una pista de skate o una cancha de baloncesto, vemos el antiguo comedor o el edificio que albergaba el seminario de los profesores. Es igual por las calles. No vemos lo que se supone que debería haber, lo que desde siempre ha habido, al menos desde la primera vez que recordamos haber recordado. No hay Granja, ni soldados, ni lechería. En una esquina de la calle Palomar, sin embargo, un hombre sigue abriendo a las seis de lamañana sin que le crezca una sola cana. Andreu sí tiene alguna, a sus veintisiete. Y su rostro ha cambiado, también. Hay una especie de peso que se acumula sobre su piel cada vez que sonríe. Se le forman en las comisuras de los labios unos pliegues muy característicos, unas hermosas arruguitas.

El hacedor de ritmos

Un - dos - tres - cuatro
Un - dos - tres - cuatro.

Para ti, eso es el sonido del limpiaparabrisas de un coche bajo la lluvia. Para mí es un ritmo.

Percibir, detectar, ver ritmos allí donde los demás sólo ven mecánica. A eso me dedico forzosamente cada día. Te diré que las gotas de la lluvia siguen su propia cadencia: una partitura de cuatro-seis en escala cromática que, aunque en improvisación constante, se ciñen siempre al mismo patrón. Los semáforos, lo sé por el clic que acompaña cada uno de sus destellos, van a un tempo allegro de 120 golpes por minuto. Es así, al menos en esta ciudad: imagino una Nueva York furiosa, rebosante de ritmos escurridizos; la clase de ritmo que deriva de la prisa, de una mentalidad que procura dominar el tiempo en lugar de comprenderlo. Imagino a una Lisboa en la que ocurre todo lo contrario; un estrecho laberinto de sonidos que acaban de salir de la siesta.

Y tú también tienes un ritmo, por cierto. El que siguen tus pies al chocar contra la acera izquierda derecha, el que dibuja tu voz al hablar. Y ese ritmo te define y te aísla del resto de ritmos, todos definidos y aislados a su vez, todos finitos. Supongo que es lógico que yo lo distinga y tú no. El color, la forma, la luz: nada de eso regresará jamás. El sonido es toda la luz que puede haber para mí.

Pero supongo, también, que no encuentras motivos para sorprenderte por lo que te cuento. Supongo que vislumbras esa inyección grisácea en mis ojos, esa ausencia de vida y propósito, y comprendes que lo que yo llamo ritmo no es más que la lógica interpretación que le doy a lo que tú llamas cuerpo o sonido. Lo que quizá sí te sorprenda es saber que todos los ritmos acaban siendo el mismo.

Ocurre de forma constante, inevitable. La melodía de tu voz se funde con la cadencia de mis pasos. El tic del semáforo se sincroniza con el tac del limpiaparabrisas. La pelota que bota el niño sobre la acera se alinea con el resto de la percusión mundana: la respiración del deportista un-dos, los goples sordos contra el fondo del contenedor un-dos-tres, los pasos del gentío un-dos-tres-cuatro, el chapoteo pertinaz como acompañamiento. Los callejones húmedos destilan una canción que participa de todo y de todos. Sin que nadie se dé cuenta. Sin que nadie sospeche. Miles de almas participando en una única actividad, colaborando en la misma orquesta sin saberlo.

Algunos ritmos son insoportablemente tristes.

Y otros son inaudibles. Escapan de labios apagados, gimotean en las entrañas y mueren en la mente antes de llegar a lo que tú llamas luz. Ritmos que la gente convierte en herméticos. Y esa protección los convierte en dolorosos y bellos al mismo tiempo. Pero incluso esos forman parte de la misma partitura escrita por todo lo demás. Incluso esos participan en la Gran Orquesta. Y me encantaría poder explicárselo a todos. Que aprendieran a verlo. Me encantaría explicártelo a ti, para que comprendas que no hay forma de estar solo. Eso es lo que te contaría. Si pudiera hablar.

Dado que no puedo, tendrás que conformarte con seguir mi ritmo.

Un - dos - tres - cuatro,
Un - dos - tres - cuatro.



Partida


- Ay. Ahí vamos otra vez.
Había dicho eso sin dejar de mirar sus cartas ni quitarse el cigarrillo de la boca. Los demás parecieron imitar su rostro en fría sintonía, detenidos en la enésima ronda mientras la invisible existencia de Jorge atravesaba el salón entre sollozos y balbuceos. Aun estando en la cocina se le seguía oyendo. Javi, inclinándose hacia atrás, se despejó la melena para beber de la botella; luego llego su turno y jugó con una pareja de jotas.
- En serio, alguien va a tener que hablar con él- dijo.
- Pues ale – musitó Alex-, ahí lo tienes. Si te hace feliz…
- Aquí hay un solo infeliz – Dita había apartado la vista del portátil unos segundos, pero no miraba a Jorge, sino a un patrón aburrido, un hijo caprichoso con el que papá no sabe qué hacer-. Y está llenando la cocina de mocos.
Tampoco yo me aparté de la partida. No se podía hacer mucho. “Se le pasará, es un tío fuerte, saldrá de esta”; todas esas cosas ya las habíamos dicho cinco meses atrás. Lo único que se podía hacer, habíamos resuelto, era seguir jugando a las cartas y esperar.
- No es apoyo lo que le falta. Tiene que espabilarse. Las castañas te las sacas tú mismo del fuego, ¿oyes eso, Jorge?
Hubo un silencio entre tintineos, entre vasos que caen una y otra vez bajo el agua caliente; vasos que se llenan de espuma, se aclaran y luego regresan al agua caliente. Vasos que matan un tiempo inmortal. Después, un estallido. Ahora sí lloraba de verdad.
- Esto ya se sale de madre – dijo Javi.
La ventana de la cocina estaba abierta, con lo que todo el vecindario estaba plácidamente expuesto al recital húmedo de Jorge. Es más, lo habían aprendido. Pero por qué a mí, la quería la quería, no lo entiendo, es injusto y repetimos estribillo. Un estribillo tan cotidiano que no me habría sorprendido que algún vecino nos preguntara si teníamos loro en casa.
- Vas a tener que hablar tú, Jimmy.
- ¿Yo, por qué? – Messi acababa de marcar el tercero; lo celebré de alguna forma, cuidando de no revelar mis cartas, y continué-. No va a cambiar nada. Esto es cosa de él, tú mismo lo has dicho.
- Habla con él, Jim – insistió Dita, desubicada entre las cartas, el fútbol y la matrícula de la universidad-. Anda.
Vislumbré una sucesión de miradas que suplicaban desde un triste abismo de aburrimiento. Pedí que esperaran a mi turno para continuar; después me levanté.
Apoyado en la repisa con ambas manos, me daba la espalda sin dejar de mirar por la ventana.
- Jorge.
Hay algo incómodo en ver a un hombre en ese estado. Algo que inspira rechazo, que huele a enfermedad contagiosa. Es inconsciente, automático: retrocedemos un par de pasos al ver a alguien así, incluso aunque le queramos. Y no estoy seguro de que aquél fuera el caso.
- Jorge, tienes que pasar página. No hay más. Entiérrala como puedas y sigue con tus movidas.
En el suelo había, además de restos de no una sino varias comidas, un vaso roto y una pincelada roja. No sé si no se había apercibido del corte o si sencillamente le faltaban fuerzas para limpiarse. Le cogí suavemente por los hombros, que temblaban como sonajeros, y le obligué a que me mirara.
- Es una putada, no te voy a decir que no, pero no soy yo el que pone las reglas. Tienes que poner de tu parte. Reaccionar, ¿comprendes? Fuego con fuego. Y tú lo puedes hacer.
No se distinguía nada. Era un océano vacío, un mapa arrugado en el que se confundían colores, cicatrices, atisbos de expresión que se desvanecen antes de concretarse. Pero de alguna forma logró calmar su respiración. Sus sollozos decayeron a favor del zumbido eléctrico del frigorífico.
- Entierra ya a esa mujer. Conviértela en pasado. Haz que desaparezca.
Le tomé de las mejillas. En sus ojos no había nada capaz de quedarse inmóvil.
- Esto sólo lo puedes conseguir tú. Y sólo lo vas a hacer tú. ¿Me entiendes?
Y finalmente, aunque por un momento creí que no hablaría jamás, gimoteó:
- Te entiendo.
Entonces se secó las lágrimas con la manga del jersey y salió de la cocina sin añadir nada más. Escuché sus pasos a través del pasillo. La partida en el salón no se había detenido en ningún momento, pero todos alzaron la cabeza al oír el portazo.
- Bueno, ¿y adónde coño va ahora?
Javi pareció disponerse a contestar, pero en lugar de eso estiró el brazo hasta alcanzar el paquete de Cutter’s Choice. Los veinte minutos siguientes transcurrieron de igual forma: se había levantado un velo que desmantelaba nuestras palabras antes incluso de que pudieran llegar a oírse. La partida se reanudó con una especie de tensa pereza.
- Mierda – escupió de pronto Dita-. Ha ido a hablar con ella, seguro.
- ¿Dices que...? – Alex escupió una hebra de tabaco antes de continuar-. Nah, tía, vale que Jorge es un animalito, pero hasta él tiene su orgullo. No se le ocurrirá intentarlo.
- A mí me dijo el otro día que todavía pensaba en llamarla. Que todavía tenía esperanzas. Este no se da por aludido, Alex, te dijo que ha ido a hablar con ella. Jim, ve a buscarlo antes de que haga alguna gilipollez.
- Yo me voy a quedar aquí rascándome los cojones, ¿qué te parece? Resulta que ahora tengo que ir persiguiendo a la gente. Mira, ni siquiera sabemos con certeza…
- Lo va a hacer – ahora era Javi el que se sumaba al comité-. Conozco a ese pavo y te digo que lo va a hacer. O peor, buscará un puente y se tirará. Tío, ve a buscarlo, anda.
- ¿A qué vienen esas alarmas? Si el chaval quiere salir, sale y punto. Ninguno de nosotros sabe qué…
En ese momento se abrió la puerta de la calle. Fue aquí cuando la partida se detuvo completa y definitivamente. El humo, las bocas y hasta la imagen del televisor interrumpieron su actividad para mirar de frente al cuerpo enjuto y pálido que aguardaba de pie frente al sofá. A él y a las salpicaduras de sangre que cubrían la totalidad de su ropa, su rostro, y en especial sus manos. Esta es la imagen más nítida que conservo del momento: la sangre en sus manos.
- Ya está – dijo Jorge-. Asunto cerrado. Ha desaparecido.
Luego entró en su habitación.






Ciencia de las posibilidades

Es mentira que mañana vayamos a estar allí. Es falso que los objetivos se cumplan. Nunca llegará ese momento en el que nos sintamos saciados de vida: no nos han diseñado para que nos detengamos, sino para que anhelemos. No hay por qué seguir una línea recta cuando podemos probar múltiples caminos a la vez. Hay momentos, incluso, en los que quizá necesitemos sacrificar nuestros propios ideales, esas pequeñas parcelas de pensamiento que consideramos que nos representan y definen, para aproximarnos a una posibilidad no contemplada, a un afluente quién sabe si benigno. El día exige que experimentemos, no que nos ciñamos a nuestra idea fija de día. Nada tolera que le corten las alas. Salir de uno mismo es posible. Escindirse. Dispersarse. Multiespejarse. Convertirse en la derivación cuántica de uno mismo. Claro que es posible.

Aunque quizá lo mejor para ti sea que estés calladito y en tu sitio.

And finally,

, light after all.

XXVII

Madrid, Barcelona, Alicante, Valencia:
niños malcriados
disputándose una herencia.
Aún me persiguen sus bocados,
El chico es mío, no, es mío
no comprenden esa ausencia
que hoy y siempre he reclamado,
y aunque buscan hueco en mi conciencia,
son sólo un eco apagado.


Londres, Dublín, Amsterdam, Lisboa:
me acogieron en la calma de sus noches,
probé sus platos, manché sus colchas,
dejé un esperma que no admite reproche.
No las imagino llamando a mi alcoba
ni llorando cual pérfido fantoche
si mi historia les niega su cuota.
Son la joya de este broche,
éste, al que nunca añoran.