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Little Big Chronicles - Vol 5






William Faulkner (1897-1962)













Se dice que todo individuo es tan sólo el resultado de la interacción de su mente con el entorno. Faulkner no se limitó a interactuar: se dedicó a absorber. La crónica de su familia, la atmósfera y la historia de su condado natal y la observación de todos los personajes de carne y hueso que poblaron su vida terminaron por convertirse en la cámara embriónica de uno de los más brillantes talentos de la literatura del siglo XX. La prosa de Faulkner sigue sorprendiendo por su viveza y complejidad, su deslumbrante y poética fuerza visual, su empeño por adentrarse en lo más profundo de la psicología humana y, cómo no, su audacia en el experimentalismo, a posteriori tremendamente influyente. Cuesta imaginar que detrás de tan clarividentes novelas se esconda un perfil tan contradictorio, problemático y atormentado como el de William Faulkner.

El verdadero apellido de William (o “Bill”, si lo prefieren) era Falkner. Nacido en Mississippi, tierra de la que nunca fue capaz de desarraigarse y en la cual se sitúa la práctica totalidad de su producción literaria, Bill pudo desarrollar su imaginación y su voluntad artística gracias a su madre y a su abuela, espíritus sensibles en contraposición al voluble y tiránico carácter de su padre. De niño, William estuvo al cargo de una niñera de raza negra llamada Callie Barr. Ella influiría enormemente en la idiosincrasia de Faulkner, quien tomó de ella sus ideas sobre la sexualidad y la segregación racial, presentes en casi todos sus libros.








William no empezó con buen pie en ningún sentido. Aunque lector ávido y precoz, fue siempre un mediocre estudiante, objeto frecuente de burlas entre los demás niños a causa de su introversión, su torpeza en los deportes y su preferencia al trato con las chicas. Decepcionado con sus estudios universitarios y motivado por la búsqueda de aventura, abandonó la U. de Mississippi en 1918 para alistarse en el ejército estadounidense, el cual le rechazó por su estatura (apenas llegaba al metro sesenta y cinco). Bill decidió disfrazarse entonces de británico. Ensayó su nuevo acento durante semanas y añadió la famosa “u” a su apellido. El artificio surtió efecto, pero la guerra terminó antes de que pudiera entrar en combate. Por esta época logró publicar sus primeros poemas y relatos cortos en publicaciones de poca monta. También empezaron sus flirteos con el alcohol, flirteos que se mantendrían con menor o mayor intensidad por el resto de su vida.

Su regreso a la universidad fue convulso. Embriagado por sus primerizos éxitos literarios, sus compañeros le tuvieron pronto por arrogante y presumido. Su acento pseudobritánico y su refinado gusto para la ropa le ganaron el mote de “El Conde”. Una de sus únicas amistades en la facultad fue el joven poeta Phil Stone; de sus enseñanzas asumió la idea de que la universidad era un pérdida de tiempo y que todo cuanto necesitaba en la vida era libertad para desarrollar su inquietud artística. Dejó de nuevo los estudios y empezó a trabajar como auxiliar en el banco de su abuelo. Por las tardes se encerraba en casa para escribir, y por las noches bebía en solitario. Era el eterno borrachuzo marginal que todas las noches acaba orinando en una farola distinta. Esta etapa serviría más tarde de inspiración para la novela Sartoris, pero aún quedaba tiempo para llegar a esto.








Decidió cambiar de aires. Ya en Nueva York desarrolló una infalible habilidad para lograr que le despidieran de cuantos empleos probara. En la oficina de correos acostumbraba a leer la correspondencia privada de toda la ciudad. En la librería dedicaba más horas a escribir sus relatos que a ordenar los libros. Lo intentó como bombero, vendedor ambulante de refrescos, pintor de letreros y vigilante nocturno. Aunque holgazán para el trabajo, era todo un tour de force en el empleo literario, aprovechando todas las horas del día, libres o no, para escribir. Phil Stone, decepcionado por haber perdido el contacto con su amigo, le envió un telegrama. “¿Qué te ocurre, te has echado novia?”. Faulkner respondió: “Sí, y tiene 30.000 palabras de largo”. La paga de los soldados fue su primera novela, y aunque recibiría muy buenas críticas, estas no se verían acompañadas por el éxito comercial. Sucedió lo mismo con Banderas en el viento y Sartoris. Justo entonces regresó Estelle.

Estelle Oldham había sido el gran amor de Faulkner en el instituto. Habían salido juntos durante muchos años, y aunque Estelle le fue infiel en numerosas ocasiones, estaban decididos a casarse. Sin embargo, presionada por la familia, Estelle terminaría pasando por la vicaría con Cornell Franklin, estudiante mucho más rico y prometedor que Faulkner. Estelle se divorció de Cornell en 1929; apenas dos meses más tarde, se casó de nuevo con Bill. Juntos se embarcaron en un matrimonio inestable y empapado de alcohol por ambas partes. Su hija Jill le rogó en cierto punto que dejara de beber; si no por él mismo, al menos por ella. ”Nadie recuerda a los hijos de Shakespeare”, respondió crípticamente Faulkner. Estelle llegaría a intentar suicidarse. Esta espiral autodestructiva no impidió que Bill produjera un total de 13 novelas, a cada cual más extensa y compleja, en un periodo de apenas 20 años. A esta etapa pertenecen sus más aclamados títulos: El Ruido y la Furia, Mientras agonizo, Luz de agosto y ¡Absalom, Absalom! Fue una lástima que todas ellas coincidieran con la Gran Depresión. América experimentaba un lento resurgimiento en el que muy pocos estaban interesados en comprar novelas profundas y experimentales. Faulkner debería esperar hasta la década de los 40 para alcanzar el éxito verdadero.







Hollywood llamó a su puerta. Howard Hawks, el Spielberg de la época, se enamoró de su ingenio y su efervescencia creativa. Faulkner desarrollaría una prolífica carrera como guionista y revisor, obteniendo los créditos por En Tierra de faraones, El sueño eterno (adaptación de la archiconocida novela de Raymond Chandler) y Tener y no tener (otra adaptación, esta vez de su enemigo estilístico, Ernest Hemingway). Pero Faulkner en Hollywood era como un pez fuera del agua. Obligado a aprender el oficio de forma autodidacta, tenía tendencia a “romantizar” en exceso sus guiones, así como a incluir en ellos tremendas parrafadas de diálogo (“¿¿Todo eso se supone que debo memorizar??” le dijo una vez el mismísimo Humphrey Bogart). De hecho, William odiaba Hollywood. El cheque era lo único que le retenía allí. En cierta ocasión le dijo a H. Hawks que estaba teniendo problemas para concentrarse y que le gustaría volver a casa, en lugar de escribir en las oficinas de la productora. Hawks aceptó. Pasaron los días sin que el director tuviera noticias de su guionista. Al llamar al hotel en el que Faulkner se alojaba, descubrió que éste se había marchado indefinidamente a Mississippi. Parece que aquello de “volver a casa” tenía un sentido de lo más literal. Las peripecias del escritor en Hollywood, incluyendo vergonzosos percances con el alcohol y un romance secreto con Meta Carpenter, joven secretaria de Hawks, serían satirizados varias décadas después por los hermanos Coen en la película Barton Fink.







Curiosamente, fue otro affair amoroso el que terminó de ponerle en el mapa. Else Jonsson, viuda del periodista Thorsten Jonsson, fue la principal responsable de que sus novelas se tradujeran al sueco, lo que eventualmente resultaría en la concesión del premio Nobel de literatura. Parece que Bill detestó de inmediato la atención que suscitó tamaño reconocimiento literario, hasta el punto de mantenerlo ferozmente en secreto. Su hija Jill, por entonces de 17 años, sólo supo que su padre había ganado el Nobel cuando lo anunciaron por la megafonía del instituto. William destinó buena parte del premio en metálico a la creación de un concurso literario para jóvenes creadores, así como a ayudas a familias afroamericanas que no podían pagar la matrícula escolar de sus hijos. Se hartó de recoger premios durante los últimos años de su vida, pero debería esperar hasta su muerte para ganarse de verdad al público de su propio país. En Europa, en cambio, era “un Dios entre los jóvenes lectores” en palabras de Jean-Paul Sartre. Murió en 1962 tras caerse de un caballo. Su larga vida de excesos, en cualquier caso, ya le había debilitado considerablemente en salud.

Pese a todas sus arrogancias (“el buen artista cree que nadie es lo suficientemente bueno como para instruirle”), sus problemas con la bebida (“si estoy borracho, nunca escribo… aunque a veces se me ocurren ideas geniales”), las penurias económicas y demás dificultades, William Faulkner completó una producción prosística de insuperable calidad. Yoknapatawpha, el ficticio condado en el que situó varias de sus novelas, es todo un ejemplo de virtuosismo imaginativo que serviría más tarde de inspiración a Gabriel García Márquez y su fantástica región de Macondo. Además del propio Márquez, innumerables escritores han reconocido la influencia de Faulkner en su obra, incluyendo a Juan Carlos Onetti, Juan Rulfo y Mario Vargas Llosa. El novelista italiano Alberto Moravia afirmó que la huella de Faulkner podía encontrarse en cualquier libro contemporáneo; a veces visible y a veces no. En su fabuloso discurso de aceptación del premio Nobel, Faulkner dejó unas palabras que, aunque referidas al hombre universal, bien podrían decorar su propio epitafio: “creo que el hombre no sólo sobrevivirá, sino que prevalecerá. Es inmortal, no sólo por ser la única criatura con una voz inagotable: también por tener un alma, un espíritu capaz de alcanzar la compasión, el sacrificio y la resistencia. (…) La voz del poeta no tiene por qué ser únicamente el registro del hombre: puede ser también su basamento, el pilar necesario para que sobreviva y perdure”.




Little Big Chronicles - Vol IV


Georges Prosper Remi

(Hergè)


1907-1983



47 años de trabajo, más de 230 millones de ventas, un total de 58 traducciones. Las cifras siempre prestan servicio a una síntesis incapaz de hacer justicia a los más profundos, auténticos elementos del hombre. Tintín, el incansable y bondadoso reportero, cumple en realidad dos papeles distintos: en la superficie, el del aventurero más famoso de la historia del tebeo. En lo profundo, la extensión bidimensionalizada de la compleja, inquieta y enigmática personalidad de su creador, Georges Remi.

Los primeros dibujos de Georges fueron producto de la imaginería infantil en aburridas horas de clase: con la Primera Guerra Mundial recién empezada, Remi se servía de los márgenes de sus cuadernos para caricaturizar a los invasores alemanes. La base del personaje que encubiertamente representaría su deseo de convertirse en héroe la dispusieron sus años en el cuerpo de los boy scouts, organización cuya filosofía de vida le influyó hasta el fin de sus días. La mitad restante de Tintín fue consecuencia de la destacada astucia de un abad llamado Norbert Wallez.

Wallez era el editor de Le XXe Siècle, diario de corte católico. Como profundo admirador del fascismo italiano, su idea de crear una sección para jóvenes en el periódico no tenía el entretenimiento como único propósito: era también un intento de infundir ideas políticas en los niños. En el joven y talentoso Remi, por entonces colaborador en el departamento de publicidad del periódico, encontró una perfecta herramienta para cumplimentar su propósito: el Tintín de las primeras entregas era a todas luces un maniquí del totalitarismo insurgente en Europa; un boy scout de aspecto angelical que desmantelaba el gobierno soviético y recorría una África poblada por salvajes destinados a ser reconvertidos por los colonizadores europeos. Hergè reconoció mucho después que no se sentía verdaderamente responsable de la clase de ideologismo cuya obra transmitía: "Yo me dedicaba a dibujar. Para mí, todo era un simple juego en el que estaba al servicio de las ideas que por entonces, sin lugar a dudas, se consideraban correctas".

Dicho juego evolucionó en 1934. Las aventuras de Tintín eran ya un fenómeno en Bélgica y Hergè decidió que su siguiente aventura transcurriría en el continente asiático. Tuvo la suerte de conocer a un joven llamado Chang Chong-Jen, escultor y poeta que se convirtió en un prodigioso guía espiritual para el ilustrador. "Me introdujo en un mundo totalmente nuevo... todo tenía sentido a su lado. Adoraba su compañía". "El Loto Azul" supone un primer punto de inflexión en la carrera de Hergè: el retrato de una China en las vísperas de la invasión japonesa supuso el primer retazo de independencia ideológica en su trabajo. De la mano de Chang, Hergè comenzaba a abrirle las puertas a un deseo natural de libertad. "El cetro de Ottokar" mostró a Tintín sofocando una rebelión militar liderada por un pretendido dictador llamado Müsstler. Mussolini + Hitler. Pequeños gritos hábilmente escondidos que tardarían su tiempo en ser escuchados.




Cuando Alemania invadió Bélgica, el XXé Siècle fue censurado y Hergè debió proseguir su trabajo en Le Soir, diario cuya dirección pasó pronto a quedar sometida a la autoridad nazi. Súbitamente, la política y la crítica desaparecieron en los comics de Tintín, y Hergè fue tachado de traidor y colaboracionista por un amplio sector de la población. "Verá usted, lo único que estaba haciendo era trabajar, igual que lo hacía un minero o un conductor en el contexto que se les permitía. No entendía por qué a ellos no los tachaban de colaboracionistas, y a mí sí". Paradójicamente, muchos críticos consideran que en esta época se producen los mejores números de Tintín: Hergè se ve forzado a desarrollar tramas más ricas, a incurrir en el mundo fantástico y a introducir un amplio elenco de personajes nuevos, incluyendo al volátil y archiconocido capitán Haddock. El barbudo marinero con tremenda facilidad para el exabrupto era, sin embargo, mucho más que un añadido cómico en las historietas de Tintín: con el tiempo, pasaría a convertirse en el molde en que Hergè vertía, siempre con sutileza, su sinceridad emocional.

Cuando cae el régimen nazi, Hergè es detenido e interrogado como muchos otros periodistas belgas. No llega a ser encarcelado, pero su nombre queda fijo en la lista negra del pueblo belga para siempre; la cicatriz es profunda. El periodista Raymond Leblanc le ofrece proseguir con su labor en un nuevo periódico, donde Hergè deja de ser dueño de su destino: Leblanc exige dos páginas a la semana, lo que le obliga a concentrar mayor espectacularidad y ritmo en el espacio disponible. Tan agotador es el trabajo que en varias ocasiones escapa a Suiza, por pura huida balsámica. "Tienes un talento fabuloso, y siempre lo has utilizado para bien", le escribe su mujer. "Georges, si no regresas por mí, al menos regresa por Tintín".

La paradoja persigue a Georges Remi. La inauguración de los Hergè Studios en 1950 le proporciona auténtica libertad creativa por primera vez, pero al poco se enamora de Fanny Vlamnyck, una joven artista que trabaja en su propio taller. El perpetuo conflicto emocional al que se ve sometido le provoca incesantes sueños en los que todo es blanco; interminables llanuras y colinas cubiertas de nieve. Blanco sempiterno.



"Tintín en el Tíbet" no es solamente una maravilla del noveno arte. Es también, para un lector con ojo diestro, una oportunidad para adentrarse en una psique que se desmorona, que es incapaz de contar sus propios cuentos sin derramar hasta la última gota de su sinceridad en ellos, aunque todo quede soterrado por la nieve, por la inocente máscara del cuentacuentos. "En un momento dado acudí a un psicoanalista suizo del que me habían hablado muy bien. Me dijo que yo estaba poseído por una suerte de fantasmas blancos; demonios a los que yo debía exorcizar. Me recomendó que descansara, que dejara de trabajar en Tintín. Pero aquello no se correspondía con la mentalidad de un boy scout. Un boy scout persiste, lucha... y así hice. Exorcicé a mis demonios blancos. Dejé a mi mujer. Acepté no ser inmaculado".

A medida que envejecía, Hergè publicó nuevas aventuras de Tintín con cada vez menos regularidad. Los acuerdos para adaptaciones cinematográficas de Tintín le reportaron sustanciosos fondos con los que pudo, por primera vez, viajar tanto siempre había deseado, en especial a través de Asia; allí, según sus conocidos, concentró todos sus esfuerzos en reencontrar a su viejo amigo Chang Chong Jen, con el que había perdido contacto desde los inicios de la segunda guerra mundial. Hergè no había olvidado a un amigo que, de hecho, jugó las veces de personaje asiduo en las publicaciones de Tintín y de leit motiv de Tintín en el Tíbet, donde el reportero y sus amigos recorrían las escarpadas cordilleras de Nepal intentando encontrar a un hombre que todos presuponen muerto.

Su deseo se hizo realidad en 1981, cuando llegó a sus oídos que Chang, después de varias décadas de miseria y olvido, había logrado remontar poco a poco el vuelo hasta convertirse en director de la Academia de Bellas Artes de Shangai. En directo para todos los canales de la televisión belga, la realidad se fusionó con el arte: Hergè y Chang se dieron un emotivo abrazo más de cuatro décadas después de su último encuentro.


Apenas año y medio después, Georges Remi fallecía víctima de una leucemia que acarreaba desde hacía varios años. El legado que dejó al mundo parece negarse a flaquear: cada nueva generación disfruta de las aventuras de Tintín y sus compañeros en un fabuloso ejemplo de la inmortalidad del arte. La fascinación por Hergè ha crecido asimismo al paso de los años, pues si bien los niños gozan de sus aventuras, los adultos encuentran en ellas un maravilloso compendio de lo que fue el siglo XX. Hergè, por encima de todo, deseó ser siempre un artista; y como tal, dejó que su experiencia, su sincera emotividad, su talento narrativo y su imaginación trabajaran conjuntamente para forjar la leyenda de un personaje inmortal. Un personaje que obró como silenciosa elongación de su propio creador y de los deseos del mismo: su deseo por absorber el mundo, su deseo por ver al bien triunfando sobre el mal, su deseo por ser libre. ¿Consiguió Georges Prosper Remi cumplir sus sueños? Puede que aún tenga tiempo; gracias a su hijo artístico, su figura sigue viva. Más viva que nunca.



Little Big Chronicles - Vol III

George Gordon Byron
(Lord Byron)

22 de Enero de 1788 - 19 de Abril de 1824




Deberíamos empezar, como él habría hecho, con una pregunta de tintes románticos. ¿Quién puso tamañas alas a la literatura? ¿Cómo el arte de la palabra escrita ha podido evolucionar hasta llegar a adquirir el poder necesario para, en ocasiones, vencer a pulso al mismo ser humano que lo engendró?

George Gordon Byron supone la personificación definitiva del héroe romántico: el perfecto libertino, idealista, revolucionario, que no dudó en vivir bajo riesgo de sacudir las convenciones sociales o de desafiar los límites que su época estableció para lo ético y lo moral. Byron paladeó los placeres del exceso hasta verse devorado por el modelo de héroe que él mismo ideara a golpe de tinta: el sofisticado, misterioso, magnético y autodestructivo héroe byroniano.

La complejidad de su figura parece establecer su origen antes incluso de su nacimiento. Su padre, John 'Mad Jack' Byron, fue un pendenciero capitán de la Guardia Británica que abandonó a su segunda esposa, Catherine Gordon, poco después de obtener de ella el dinero suficiente para cubrir sus deudas. Catherine adquirió desde entonces un carácter inestable y propenso a los altibajos emocionales. John moriría pocos años después, presumiblemente de leucemia, aunque su hijo siempre sospechó que sus constantes deudas le habían empujado al suicidio.



Quien innegablemente sí se suicidó fue George Gordon de Gight, abuelo paterno del pequeño Byron, legando a su nieto el título nobiliario por el que lo conocemos ahora. Lord Byron mostró, ya a muy temprana edad, signos de una personalidad inclasificable. Fue un muchacho travieso, desobediente, desafiante, resentido, enamorado del mar y del peligro, capaz de disparar a su cocinera con un mosquete tras habérsele negado su plato favorito o de golpear en el cráneo con una concha a Lord Portsmouth, amigo de la infancia, después de que éste le agarrara por la oreja. En Harrow, escuela en la que ingresó en 1801, declaró que no continuaría con sus estudios si no se reemplazaba a cierto maestro que le desagradaba. Sus tutores se quejaban de su temperamento, pero, al mismo tiempo, reconocían su talento. Hanson, abogado de la familia, escribiría: "se pasaba toda la mañana en el sofá, absorbido por un libro; pero después, jugando, era el más activo de todos los niños, y siempre sobresalía en los deportes". Escribió sus primeros poemas a los catorce años. El rol del amor y la pasión en sus versos, ardiente y libre de prejuicios, causaría escándalo tanto entre sus rectores como en los críticos, a los que él -siempre desafiante- respondería más tarde con obras satíricas como Bardos Ingleses y Críticos Escoceses (1809).

Ese amor candente, casi desvergonzado, tenía su génesis en las mismas pasiones de su preadolescencia. Byron recordaría por siempre cómo de niño, estando aún en Escocia, la gobernadora Mary Gray se colaba en su cama por las noches para "juguetear conmigo. Eso despertó la melancolía en mi forma de pensar: el tener una vida anticipadamente madura". Sus primeros amores fueron sus primas lejanas Mary Duff y Margaret Parker, mientras que en Harrow se enamoraría locamente de una muchacha llamada Mary Chaworth. "No tiene debilidad alguna, salvo el amor", escribiría su madre. Más tarde, a los veinticuatro años, mantendría un affair con Lady Caroline Lamb, escritora perteneciente a la aristocracia inglesa que ya estaba casada. El asunto conmocionaría a la sociedad inglesa y Byron se vería obligado a abandonarla, aunque Caroline le perseguiría hasta la muerte, llegando a disfrazarse de sirvienta para poder entrar en su casa y escribir: "¡recuérdame!" en uno de sus cuadernos.

La pasión de Byron, sin embargo, escondía capítulos mucho más escandalosos. En Harrow trabó algo más que amistad con otro chico, John FitzGibbon. Durante su etapa universitaria en el Trinity College ( que también fuera cuna académica de Bertrand Russell e Isaac Newton, entre otros) conocería a un estudiante llamado John Eddleston: "con su voz despertó mi atención, con su semblante la atrapó, y con sus modales la usurpó para siempre". Se sabe hoy que John Murray, agente editorial de Byron, hubo de ocultar numerosas cartas que revelaban la bisexualidad del poeta.

Byron no podía vivir sin riesgo. Entre 1809 y 1811, siguiendo una práctica habitual en la aristocracia de la época, realizó el Grand-Tour, un peregrinaje por Europa que se consideraba imprescindible para todo aspirante a viajero consumado. Mantuvo diversas relaciones con miembros de uno y otro género en su paso por Albania, Bélgica, Francia y España. En Atenas se enamoró de una chica de doce años llamada Teresa Mukri y ofreció, infructuosamente, quinientas libras a su familia por dejarla marchar con él.


Su único matrimonio, con el que también daría a luz a su único hijo (al menos, el único reconocido) tardaría apenas un año en desintegrarse. Tras ello Byron abandonaría nuevamente Inglaterra, esta vez para siempre. Atravesó Bélgica a través del Rin y llegó a la señoría de Villa Diodati, en Cologny (Suiza). Allí conocería al escritor Percy Bryce Shelley y a su mujer, Mary. Debemos, a la incesante lluvia que durante tres días cubrió el lugar sin descanso, la gestación de una de las obras cumbre en la historia de la literatura universal.

Marchó después a Venecia donde, además de iniciarse en el activismo político y escribir los primeros cantos de su Don Juan, entraría en contacto con la Orden Merikhatista, una congregación de monjes benedictinos de la Iglesia Católica Armenia. Byron, siempre buscando nuevas pasiones, estudió con devoción la lengua y la cultura armenia y escribió varios tratados de gramática, además de traducir numerosos libros a su lengua materna.

Pero a medida que pasaban los años, el desencanto y el aburrimiento ante una vida que no aparentaba estar encaminada en dirección alguna comenzaron a hacer mella en el poeta. Se uniría al movimiento militar por la independencia de Grecia, por entonces perteneciente al Imperio Otomano, llegando a invertir buena parte de su fortuna en reparar la flota. Alrededor de Febrero de 1824 partió hacia Naupactur con el objetivo de asaltar una fortaleza. Byron, pese a carecer de experiencia militar, había recibido el mando de la flota. Súbitamente cayó enfermo, y las deficientes técnicas médicas de por entonces (era frecuente la práctica de la sangría o "hemorragia inducida") no hicieron sino debilitarle. Dejó de respirar el 19 de Abril de ese mismo año. Se dice que, de haber sobrevivido a la guerra, Byron podría haber sido nombrado rey de Grecia.

Haciendo una síntesis de su rocambolesco periplo vital, es difícil creer que estemos hablando de un hombre que habitó en el mismo mundo en que vivimos nosotros. Su historia de angustia infantil, precocidad sexual, temprana orfandad, rebeldía adolesscente, inestabilidad conyugal, pasión viajera, bisexualidad, adulterio, incesto y muerte guerrera (además de en alta mar) compone la memoria, más que de un mortal, de un imposible héroe de ficción. Y yendo aún más allá, de una de sus propias creaciones literarias. La imagen de Lord Byron retratada por Thomas Philips perdura en el subconsciente popular como la indiscutible, eterna personificación del perfecto romántico. Ciertamente, su biografía parece corresponder no a la un ser humano, sino a la de un ideal: a la glorificación del amor demente, a la beatificación del exceso y el idealismo, al vivo retrato del libertinaje impávido. Su obra poética y el misterio de su figura inspiran hoy una admiración artística sin parangón. El recuerdo de Lord Byron perdura como admirable monumento a la ficción; una ficción que, con más frecuencia de la que advertimos, queda superada por la maravillosa milagrería presente en historias como la suya. Historias asombrosas, magníficas, epopeicas; pero por encima de todo, reales.


Little Big Chronicles - Vol II

Pete Maravich (22 de Junio de 1947 - 5 de Enero de 1988)


En los albores de los distópicos 70, Pete Maravich era un Elegido; una suerte de Mesías para América. Una exhaustiva rutina de cinco o seis horas de entrenamiento en plena preadolescencia le permitió desarrollar unas habilidades baloncestísticas excepcionales, superando las expectativas que su propio padre, Press -jugador en su juventud y por entonces entrenador- había considerado en un principio. Destrozó numerosos récords universitarios y captó de inmediato la atención de los ojeadores. Su repertorio de jugadas y movimientos desestabilizaba todo canon conocido en el mundo del basket. "Era como un gran artista... con un estilo único, una velocidad diferente, una chispa inusual", dijo de él un locutor deportivo.

Con el contrato más alto que jamás se había pagado a ningún deportista, Maravich deslumbró ya en su año de debut como profesional, ligando su futuro a la cúspide de la NBA de manera irrevocable. No sólo poseía un estilo de juego único y sorprendente, sino que se ajustaba maravillosamente al prototipo del perfecto joven estadounidense: inteligente, educado, atractivo, trabajador... y talentoso. Se convirtió en uno de los primeros fenómenos deportivos tal y como hoy entendemos dicho concepto: su figura se promovía como ejemplo a seguir para millones de jóvenes perdidos en una América que, con la invasión de la psicodelia, el glam rock y la revolución sexual, se sentía despersonalizada.

La realidad, no obstante, era bien distinta.

"El alcohol entró en mi vida muy sutilmente, tal y como suelen hacerlo los enemigos. A partir de los dieciocho años me di a la bebida, a la fiesta, al sexo. Súbitamente, toda la disciplina que mi padre trató de inculcarme desapareció. Confié ciegamente en mi talento, en la habilidad que Dios me había conferido." Aunque Pete no tuvo problemas serios con la bebida durante su etapa como profesional, su carrera distó mucho de lo que todos habían previsto. Su juego, aunque espectacular, pecaba de individualista y nunca logró hacer de su equipo un equipo ganador. Pete nunca tuvo reparos en admitir que adoraba la fortuna y la fama que confería jugar en la NBA, y su sueño definitivo pasaba por ganar el anillo de campeón al menos una vez. Pero las lesiones, especialmente las de rodilla en la temporada 77-78, terminaron de tirarlo todo por la borda. Irónicamente, se retiró en 1980 sin terminar su último año de contrato con los Boston Celtics... que se hicieron con el título ya con Maravich fuera de la plantilla.


Pete había dejado de ser feliz. Había dejado de amar al baloncesto. Describió sus últimos años en la liga como "vacíos y desprovistos de sentido". Desorientado, cambió de hogar y de número telefónico, y pasó dos años en completa reclusión, desarrollando una severa adicción a la bebida. Con el paso del tiempo fue descubriendo nuevas aficiones e intereses: se inició en el budismo y el yoga, adquirió costumbres vegetarianas, devoró compulsivamente libros de ufología y, finalmente...

Finalmente llegó aquella noche de 1982. "Serían las doce y estaba viendo la televisión, solo en el comedor. Fue como si tuviera clavos en los ojos, porque todo empezó a venirme a la cabeza: cosas que le había hecho a la gente, cosas que me había hecho a mí mismo, abusos que ejercí contra mis propios amigos, mi propia familia, mi propio cuerpo... no me lo podía sacar de la cabeza. Permanecí despierto hasta casi las seis, cuando amanecía, y supliqué a un Dios al que ni siquiera conocía. 'Oh, Dios, ¿puedes salvarme? ¿Puedes perdonarme por todo aquello que he hecho?' Yo jamás había rezado. Jamás había leído la Biblia. Pero recordé aquellos días en el campus cristiano para el que hice una exhibición, aquél día en el que yo había sentido vergüenza al ver a tantos jóvenes conversos, una vergüenza que me hizo jurar que nunca me haría religioso... y todo cuanto puedo decir es que de pronto Dios me habló, y escuché cómo me decía: 'Sé fuerte con tu propio corazón".


La conversión de Maravich al cristianismo fue tan sorprendente como apasionada. Se convirtió en un devoto miembro de la Iglesia Evangélica, a la que aportó sustanciosos fondos. Su pensamiento se concentró en la búsqueda de una felicidad que él dijo haber encontrado mediante la fe, la caridad y el amor. Escribió numerosos textos en los que predicaba sobre su particular encuentro con Jesucristo y menospreciaba los deseos concupiscentes que le habían dominado en su juventud. Pete Maravich había resucitado, y cómo: "Mi objetivo es ser recordado como un cristiano, como un hombre que se dedicó enteramente a servir a Dios, y no al baloncesto".



Noche del 5 de Enero de 1988. Pete está con unos amigos en el gimnasio de la Primera Iglesia de los Nazarenos. Todos ríen, lanzan, asisten, y 'Pistol' se permite el lujo de efectuar algún que otro golpe de magia con el balón. Todos están disfrutando de lo lindo. "Me siento genial", dice Pete. De pronto se desploma, cae al suelo. James Dobson, su mejor amigo, se le aproxima. "Vaya golpe, Pete. ¿Todo bien?". Pete no contesta, no mueve un sólo músculo. James descubre que no respira ni tiene pulso. Nadie sabe cómo o por qué, pero el corazón de Pete ha dejado de latir. Cuando se le practique la autopsia, los médicos descubrirán algo sencillamente increíble.

Antes de continuar, convendría saber un par de cosas acerca de las arterias coronarias. Nacen directamente de la aorta y se encargan de irrigar el miocardio del corazón, cumpliendo un papel esencial en el funcionamiento del cuerpo, especialmente cuando se ve sometido a esfuerzos físicos. Los seres humanos tenemos dos: una coronaria derecha y una izquierda.

Pete Maravich sólo tenía una.

Se confirmó que ese defecto congénito había sido la causa de la muerte. El colapso pudo haber llegado perfectamente en su juventud o en su niñez. Pudo haber llegado en cualquier otro momento.Pero el hado reservó a 'Pistol' Pete un camino infinitamente rocambolesco, premitiéndole marcharse sólo después de haber conocido la frustración y la miseria, sólo después de haber encontrado su felicidad -disparatada, tal vez, a nuestros ojos- a través de una ideología que transformó su pensamiento para siempre. A 'Pistol' Pete se le fue dado el placer de morir sólo cuando se sintió el hombre que realmente deseaba ser, una vez alcanzado su ansiado triunfo en unas tierras muy distantes del lujoso edén que se le prometió en su adolescencia.

Precisamente en su juventud dejó una frase que termina de rizar el rizo de su trayectoria surreal, y lo despide tal vez como un ser que bien pudo haber jugado no sobre una cancha, sino sobre su propio destino: "Me tomo las cosas con calma. No me gustaría jugar diez años en la NBA para después morir de un infarto a los 40".

Little Big Chronicles - Vol I

Con vuestro permiso, inauguro una mini-sección dedicada a historias auténticas que desde siempre me han provocado impacto y admiración. Los hombres o mujeres sobre los que aquí hablaré no siempre os serán conocidos, pero a todos ellos los une un componente de excepcionalidad y de misterio que considero digno de ser contado.


Werner Voss (13 de Abril de 1897- 23 de Septiembre de 1917)


Son aproximadamente las cinco de la tarde. Largos jirones de nube inundan un cielo cálido y ventoso. Werner, de diecinueve años, camina hacia su aeroplano. Se enfunda el uniforme de piloto, se coloca gafas y orejeras y despega del aeródromo de Marckebeke. Dentro de una hora protagonizará uno de los episodios más épicos y apasionantes de la historia del combate aéreo.

En la 1ª guerra mundial, el aeroplano ocupaba un lugar meritorio entre los más prodigiosos productos de la invención humana. Apenas habían transcurrido unos años desde los legendarios vuelos de Santos Dumont y los hermanos Wright. El avión de principios de siglo era poco más que un rudo prototipo de lo que sería después: fuselajes de hierro y madera, una única hélice en el morro del aparato y una limitadísima capacida de maniobra. Ni el bando aliado ni el de la Entente consideraron utilizarlo como instrumento bélico hasta finales de 1915, cuando Anthony Fokker diseñó el primer mecanismo que sincronizaba la ametralladora Spandau con la rotación de la hélice del avión. El aparato se manejaba mediante rudimentarios sistemas de palancas y pedales. En aquellos aviones, exentos de la modernidad electrónica de hoy en día, la acción física del piloto, su habilidad de pilotaje y su propia personalidad se convertían en un elemento más del vuelo del avión, expresión epitomizada por el aviador itaiano Francesco Baracca: "yo soy el avión, no el piloto".


Los combates eran arduos y duraderos. Derribar a un enemigo requería tiempo y paciencia. Los expertos promovían el aspecto táctico-estratégico del combate, empleando la astucia, la furtividad y la sorpresa como mejores armas. La superioridad numérica era así mismo vital: atacar a dos aviones se consideraba un riesgo innecesario. Atacar a tres, una locura. Atacar a cuatro, un suicidio.

El 23 de septiembre de 1917, Werner Voss se lanzó contra siete aviones del escuadrón 56, el más famoso y mortífero grupo aéreo del Imperio Británico.

Lo más curioso de Werner es que, pese a sus 48 victorias confirmadas y sus numerosas condecoraciones (incluyendo la orden "Pour le Mêrite", el más prestigioso galardón militar del Imperio Prusiano), no se le consideraba un piloto excepcional. Carecía de la consistencia y la meticulosidad que encumbraran a otros ases como Fonck o Von Ritchoffen (el temido Barón Rojo). Voss prefería el vuelo solitario, cruzando el espacio aéreo enemigo con su Fokker dr. I. Más que como combatiente modélico, se le tenía por valeroso y dotado para la acrobacia. Su entera habilidad sólo parecía mostrarse tal cual en una tesitura en la que Voss se sintiera plenamente confiado y motivado. Las inconstantes chispas de su talento se correspondían con la naturaleza de su carácter volube, inspiracional.

El alemán luchó contra siete oponentes en una inconmensurable demostración de coraje, pundonor y maestría acrobática. Desesperó a sus adversarios durante diez largos minutos, logrando infligir graves daños a todos ellos. Werner se mostró furioso, intratable. Finalmente, fue herido de gravedad y perdió la conciencia, momento que el teniente Rhys Davids aprovechó para colocarse a su cola y derribarlo.

El capitán James McCudden, líder del escuadrón 56 y a la postre uno de los ases más aclamados del bando aliado, escribiría después: "Su pilotaje era maravilloso, su coraje magnífico, y en mi opinión fue el más bravo piloto alemán con quien tuve la ocasión de combatir". Rhys Davids, verdugo de Voss, añadiría lo siguiente: "Ojalá no hubiera sido necesario matarle".

¿Qué motivos impulsaron a Voss para embarcarse en tan desesperada refriega? Mi lado racional piensa que tal vez no consideró viable la opción de fuga, y plantó cara como cualquiera hubiera esperado de él. Mi lado romántico trata de ponerse en su piel, sentado en la cabina, lanzándole una dentellada al destino mientras la escuadrilla británica carga contra su avión. Disfrazándome de Voss, hombre considerado solitario y taciturno, me parece sentir ese incandescente destello inspiracional que le definía; esa oportunidad de demostrar a los ingleses, a él mismo, al mundo, quién era realmente y de qué era capaz. Veo a Werner dudando apenas medio segundo antes de izar su triplano y lanzar una ráfaga directa al escenario de su muerte; probablemente, el funeral que él mismo soñó en el ardor de su propia incomprensión, en el fondo de su carácter evasivo, de su naturaleza imprevisible.