Equilibrio

Se alejó hacia el campo a pasos agigantados, llenando de improperios el vasto terreno oscuro que se abría ante él.
"Me pregunto cuándo coño va a madurar este niño", oyó a sus espaldas. También oyó la respuesta de su padre, pero sólo distinguió las palabras "tiempo" y "vamos".
Conforme se adentraba en el claro, notó el suelo reblandecerse bajo sus pies. Una sola vez miró hacia atrás: el Ford donde había dejado a sus padres y a su hermana parecía un insecto achaparrado a lo lejos, una luciérnaga escupiendo delgadas luces por los ojos y el tórax.
Las luces se fueron. A lo lejos, sólo se distinguía el edificio por un único rectángulo de luz anaranjada saliendo de una ventana en el piso superior.
Si me paro aquí es porque está esta puta caseta en mi camino aquí en medio, eso es voy a pararme aquí y a sentarme en el suelo porque está la caseta en medio de lo contrario seguiría andando.
Notó cómo los tallos de aquella hierba incolora y moribunda se hundían y crujían bajo la pana de sus pantalones. Movió la mano. Rozó con los dedos lo que parecía un trozo afilado de metal anclado en la tierra.
Se acabó No tengo padres, no soy su hijo Quién me querría como un hijo de todas formas Y quién a ellos como padres Soy libre No son mis padres, soy libre.
Sólo sabía que su mano estaba ahí porque distinguía una figura etérea balanceándose en la ausencia de luz. Tiró de esa figura con rabia: la palma de la mano pasó como una estampida sobre el clavo invisible. Sintió el hormigueo que precedía a la hemorragia. Permaneció sentado, con la mano abierta mientras la sangre le cosquilleaba la piel y goteaba en la negrura que le envolvía.
Hubo un estallido de luz en el cielo. El trueno llegó despacio, invadiendo pacientemente el campo con un tembloroso rugido. La lluvia llegó pronto en pequeñas pinceladas. No oyó los pasos a su derecha hasta que el trueno se desvaneció.
Ella se sentó a su lado.
- Miguel. Esto no es lo que habíamos acordado.
Aun entre la congestionada lluvia, distinguió su olor.
- Si me mataran ahora, me harían un favor - le contestó-. Yo no quería irme de vacaciones, quería quedarme contigo. Me arrancan de mis amigos, me llevan a otra ciudad. Y encima me hacen dormir entre soldados. ¿Ves ese edificio de allí? Ahí es donde pretenden que duerma estas dos putas semanas. Conozco esas residencias. Son todas iguales. Allí dentro huele a grasa, a pólvora y a madera sucia.
Otro destello en el cielo: el perfil del rostro de Ángela, anguloso y azulado, se vio en un parpadeo. Su piel parecía cromada bajo los relámpagos.
- Miguel, sabes que te quiero y por eso te diré esto: tienes que parar.
Él se limpió la sangre en la camisa.
- Parar el qué.
- Parar de pagar con tus padres lo que no soportas de ti mismo. Parar de creer que destrozarte la mano con un clavo te hará más sabio. Y, por supuesto, parar de infravalorarte.
- ¿Infravalorarme? Yo estoy de puta madre, tía.
- Entonces - el tono de su voz se hizo frío e intermitente, como el sonido de la lluvia-, deja de imaginar que estás hablando conmigo.
Se agitó con nerviosismo.
Llevo toda la vida imaginando conversaciones. Me gusta mi imaginación Disfruto con ella, me sienta bien.
- Si eso fuera cierto, Miguel, sólo me imaginarías en los momentos en que estás feliz. Y es justo lo contrario.
El último destello parecía haberse quedado suspendido en el aire, negándose a desalojar la bóveda del mundo. Los truenos recrudecieron, y la lluvia se volvía despiadada sobre los labios abiertos y los párpados cerrados del chico.
Sus labios se movían sin emitir sonido. Se le ocurrió que el deterioro del espíritu humano, la razón por la que la mayoría de la gente le inspiraba desconfianza y temor, era también producto de su imaginación. En los momentos de plena soledad, como aquél, acariciaba el deseo de romper con la civilización y huir hacia una idealizada visión armónica de la naturaleza, corretear desnudo sobre la hierba y confrontar miradas con animalillos inquietos.
Pero entonces pensó en Ángela y rompió en carcajadas. La lluvia le corría furiosamente sobre el rostro.
"La de cosas que me haces hacer, Ángela. Esperaré al próximo trueno, ¿vale? Y me levantaré, entraré en esa residencia, dejaré que las vacaciones discurran pacíficamente y volveré en Septiembre para besarte en los pasillos del instituto y pasarte notitas por debajo del pupitre.
Pero lo hago por ti. Es posible que crea en el amor y todo, fíjate lo que te digo."
Esperaría al próximo trueno para regresar y disculparse por su comportamiento. Alzó el cuello: el resplandor hizo que el cielo revelara una furiosa belleza de algodón. Un abominable maremoto blanco. Una estallido níveo que el ojo no podría soportar durante más de dos segundos.
Pasó una eternidad. Le pareció que el trueno no llegaba nunca.

2 comentarios:

Paloma dijo...

Me encanta como escribes ;)
Un beso!

mv dijo...

"[...] El último destello parecía haberse quedado suspendido en el aire, negándose a desalojar la bóveda del mundo [...]"
Así es como se presentan los destellos de realidad en nuestra cabeza cuando aparecen y nos muestran lo que hay.

He percibido hasta el olor de cuendo la tierra seca se va mojando con la lluvia de una tormenta.