Tempus Fugit


Mis discupas por la más que caótica digresión de aquí abajo: éstas son la clase de cosas que nos suceden a aquellos que escribimos sin mucho mirar atrás. No ha sido la primera vez y, mucho me temo, está lejos de ser la última.


Igual que Henry Miller, me tomaré la libertad de dedicárselo

a ella.


Acabo de desenterrar unas cuantas perlas del pasado. Ignoraba que pudieran estar ahí, pero así era. Las muy putas no hacían ruido alguno, como si pretendieran tomarme por dormido. Hoy me siento aguerrido, estoico; así que no intenten sedarme. En este bolígrafo hay tanta, tanta energía; el viejo de Bruce Lee en un día de furia sonreiría. Tal como él dijo, somos o debiéramos ser agua; convertirnos en taza si viajamos a la taza, o botijo si viajamos al botijo. El camino no debería ser pedregoso, sino que pedregosos deberíamos volvernos también. Siempre sin olvidar nuestro pequeño punto de cocción: que nos golpeen no debería ser sinónimo de devolver el puñetazo, pero tampoco busques con calma el lugar adonde escupes la sangre. Vuelves a esconderte y ya no dejas siquiera cartas lastimeras de despedida... no te extrañe, pues, encontrarte un charco de sangre en la misma puerta de tu casa. Aquí se trata de poner el cronómetro y no huir despavorido cuando pueda detonar. Vamos, sabes de largo que estoy ahí, junto a cualquier gemido del viento, montado en la parte trasera de cualquier orgasmo, silueteándome tras los ladrillos de tu cuarto cuando crees estar sola con tus deditos. Hasta puedo notar que no te desagrada ser perseguida. Tú alimentas esos pájaros. Sé que gran parte de las ínfimas visitas que recibe este espacio son tuyas, porque la gran mayoría no podría entender estos textos ni con un manual de instrucciones adjunto.

Pudiera ser un problema inmerso en las raíces de la juventud contemporánea: a nuestro alrededor se nos colocan surtidores de regalos, carromatos repletos de esperanzas hueras y futuros coloreados sobre un papel en blanco y negro; y con la tontería, con el tráfago del dinero, con el desencanto vertiéndose en el fondo bancario, el fondo artístico (hoy en día cualquiera se cree con derecho a pintar, escribir o cantar como si el genio se construyera en un par de horas) o en el fondo de la botella, terminamos resultando un espantapájaros con los bolsillos tan vacíos como el cerebro. En el pecho sí albergamos muchas cosas, por supuesto; pero para entonces nos han agitado y despistado tanto que ya ni sabemos identificarlas. Creemos estar enfurecidos y anhelar batalla cuando sólo estamos confusos y buscamos comprensión. Nos da la impresión de estar tristes y necesitar consuelo, y es entonces cuando estamos de verdad enfurecidos y necesitamos un polvo salvaje. No creo que sean sólo las hormonas masculinas las que se sientan identificadas con este rasgón de dopamina: ¿no os estoy diciendo que se nos ha maquillado un cardenal de esperanzas hasta el punto de no darnos a conocer a nosotros mismos? Podría hacer una larguísima, interminable, ridícula enumeración de todo cuanto puede descentrarnos; pareciera haber una comitiva de desalmados al frente de todo este cotarro. No se me ocurre mejor sigilo para una invasión alienígena: una succión cerebral tan paulatina y furtiva, que los propios terrestres terminen pagando y disfrutando de sus lobotomías. Debe ser una lobotomía pasarse tres horas de la tarde charlando sobre los romances del Duque Nosoynadie cuando países enteros están hechos de hambre y enfermedad. Debe ser una lobotomía gastarse una décima parte del sueldo en un círculo electrónico que te postre sobre la silla por todo el día, y es que en la calle ya hay poco que ver porque todos han conectado sus neuronas a Internet y las tienen ahí, estructuradas en terabytes hasta que empiezan a oler a quemado y ya no saben retirar el enchufe. Este mundo gira, sí, pero gira en torno al eje podrido que describió Bukowski. Gira en torno a un atronador silencio, un blanco infinito, un óleo de cicuta engarzada con sabor a cereza. En el núcleo de la Tierra ni siquiera hay dolor; todo eso está reservado a los mortales de la periferia, que invierten su mayor parte del tiempo tratando de burlar al dolor y la tristeza como si fueran algo inorgánico, ajeno a su destino. Por mi parte, si el balón cae en una pista embarrada no me importa ensuciarme las botas. Las compré para eso, no para decir que me las he comprado y qué bonitas son, joder no. Hago del dolor un bálsamo para sí mismo. No trato de arrancármelo; más bien parto la flecha por la mitad. Igual que quien recoge un alambre del vertedero municipal y lo convierte en manillar de bici. Ahí le hemos dado: juguemos a ser Mcguiver's del dolor, que para eso hemos sido bendecidos con él. Yo recojo todas esas larvas y las alimento con mis propias escamas para aprender más viva y verazmente que de cualquier otra forma, por ejemplo viendo la puta televisión.

Podrías estar pensando en mí, en este preciso momento; y yo sin darme cuenta. Seguro que estás mordiéndote los labios mientras yo me limpio los dientes con un palillo. Pretendes abordar otro galeón y no te has dado cuenta de lo mal aparcada que está tu fragata... tan mal aparcada que yo mismo la he tomado y me he vuelto loco preguntando y degollando a la tripulación hasta que escupen tu actual paradero. Busca una buena y guarecida posada y no pierdas de vista un segundo tus espaldas, porque ahí voy a estar yo suplantando a tu sombra. Vamos, tengo más pies que tú; y brazos más largos por si acaso llegas al fin del mundo y no tienes donde agarrarte. Soy todo garras y cepos y dentelladas. La alarma que te empuja de la cama quince minutos antes. Puedo ir muy lejos y sentirme como si estuviera yendo a por pan, así que no puede costarme mucho preguntar en Beijing por tu nombre. Sabes mejor que nadie la de maravillas que hacemos juntos en cualquier lugar, remando a la deriva de noche sin que haya cosa más especial o profunda que podamos hacer, más que charlar y desafiar al infinito, charlar tajando el césped, charlar junto a la catedral del mar, charlar en un viaje de alfombra mágica, charlar por el legado de Rimbaud o Baudelaire, charlar y después charlar y mutilarnos a charlar. Lo demás es historia. Y la nuestra siempre ha sido una no-compañía. Adónde leches vas, pues. Revisa todos tus pasos porque creo que te has dejado algo y son las manos cortadas de un servidor, que exige se las devuelvas o tendrá que pasar noches y noches reescribiendo charlas. Así que quieres saber qué te diré cuando te tenga en mis manos. Puedo decirte: no perdamos más el tiempo y sudemos un rato en el corral. No te persigo porque crea que algo pueda valer la pena. Te persigo porque sé cuanto vale la pena. Lo sabemos. Hemos captado olores magnánimos infiltrados en nuestras cartas y lo sabemos muy bien. ¿Te he hablado de cómo hacían el amor en la antigua Grecia? Pongamos que yo soy Dioniso y tú la Dafne más escurridiza... y que te quiero por igual.

1 comentario:

Guri dijo...

A la pregunta de por qué escribo, aún no tengo una respuesta para ello.
Hace falta un motivo para escribir? Tal vez sea ya costumbre oque no sé otra forma de prevenir las úlceras. Quien sabe. Tal vez sea que hablar nunca fue lo mío.

Por supuesto se puede hacer spam de mi blog, cualquiera que pueda sentir algo es bienvenido ^^

y por último, respecto a mí. ¿Lo soy?
Si lo soy es tan secreto y está tan prohibido que ni yo puedo saberlo. Tan tan secreto y prohibido que en menos de 24h mis sospechas desaparecen del papel, para no dejar huellas. Da igual si lo soy o no, porque de serlo es tan secreto y prohibido que no se puede decir, ni escribir.

Respecto al café, que yo lo prefiero con baileys y hielo, me pido ser apolo, y autolobotomizarme, que siempre es más divertido.