"No son molinos, Sancho"

Estaba enamorada del sabor que prometían los idiomas. Imaginaba todas las lenguas del globo colocadas ante ella en varias filas de bandejas, al estilo de los mostradores de las heladerías. Un delgado cristal sería todo cuanto la separaría de la mano del heladero, colocando diestramente sobre el cono una sucesión de aventuras embriagadoras; glucóseas travesías a lo largo de léxicos y dialectos, mareas gramaticales y burbujeantes estanques fónicos: el portugués, con su elegancia nasal, sus eses serpenteantes y sus alteraciones circunflejas; el alemán, de sabor fuerte pero también de reconfortante profundidad; el chino, dotado con ese desafío fonético en el que un error en la modulación de la voz puede conducir a fatídicos malentendidos; el italiano, ese poema perpetuo en el que la gesticulación manual es parte intrínseca de la comunicación...

Finalmente, decidió prescindir de la fantasía. Consultó precios y ofertas en diversas escuelas de idiomas y se decantó por un curso semestral de árabe. El día anterior a la primera clase quedó con varias amigas en una cafetería del centro. Si tú te vieras la sonrisa que llevas, le dijeron. Igualita que recién enamorada. Al cabo de una semana ya no sonreía.


1 comentario:

mv dijo...

Por favor, ¿dónde está ese cubo? Tengo unas cuantas bolsas en casa a la espera de que las tire a la basura.

;->


Yo dejé de sonreír al tercer día de acudir a turco. ¿Quién me madó a mi elegirlo de libre configuración????