Esponja

De pronto se dio cuenta de que llevaba veinte minutos sin decir una sola palabra. Absorta en el hábil discurso del chico, asentía, pestañeaba, enmudecía ante el suave filamento que ensordecía el aire a medida que escapaba de aquellos labios dorados. Una por una, las oraciones que dibujaba el joven al que acababa de conocer a la salida del hospital alimentaban un estímulo cuyo sentido no parecía admitir explicación alguna. Él hablaba sin que pareciera ser consciente de la cualidad aromática de sus propias palabras; la paralizaba con una seda invisible que hacía ya olvidar el nombre, la charla, el motivo del encuentro, la consistencia del tiempo. Claudia se daba cuenta de que su lenta entrega respondía a un patrón que de algún modo había estado siempre presente, porque allí, ajena a la lluvia y a la mano que sostenía el paragüas, viendo cómo lo dorado se volvía incandescente y lo incandescente ingrávido, advertía que el joven la llevaba de vuelta a un pasado que se medía por la cantidad de ocasiones en que había sentido algo parecido, si no idéntico. Con Vicente, con Luis, con Alberto, con el hombre que fumaba en la esquina de Embajadores, con el chico de la bicicleta naranja, con el Gregorio de una inolvidable función de Romeo y Julieta en Venecia durante el verano de 2008. La transportaba a la totalidad de nombres y rostros que en alguna ocasión le habían borrado la memoria con el mero movimiento de los labios. La devolvía a la anestesia de todo un gremio de tejedores cuyo magnetismo terminó por extinguirse tan fugazmente como había brotado.

Hizo un esfuerzo por ignorar la sensación y rescatar algo sólido, alguna oración coherente de entre aquél incesante líquido que se confundía con el sonido de la lluvia y el tráfico: "...y vivo por aquí no estamos lejos si eso un día nos tomamos un café y...". Se preguntaba Claudia: ¿por qué tan fugaz? ¿Por qué tan efímero? ¿Qué sentido tenía caer en una red que tan fácil, tan blandamente se deshacía en cuestión de días, horas, a veces incluso de minutos? ¿Hacia qué parte de sí misma debía mirar a fin de identificar el problema? Pero ya se alzaba la mano, ya se ponía la mejilla para el beso de despedida, y el tejedor brindaba una última y perfecta sonrisa -plagio, continuación de tantas otras- y se alejaba, desdibujándose entre la bruma de la ciudad, aparentemente eterna. Claudia debía ahora darse la vuelta y regresar a casa, y allí, tan pronto se hubiera secado y dejado caer en la mullida calma del sofá, llamaría de inmediato a alguien - a Laura, a la prima Sofía, a la abuela, a Vicente a Luis a Alberto- para desprenderse de aquella sustancia pegajosa que la envolvía y que de pronto no era un plácido sueño, sino una engorrosa molestia.

1 comentario:

Marina dijo...

Nos encandila lo desconocido; eso que se presenta como lo que nos puede rescatar de la monotonía diaria. Y cuando nos atrapa por completo, se vuelve molesto.