Los visionarios

Circundado por los restos de varios bolsas de ganchitos, el mando averiado de la Wii y un plato impregnado de una sustancia viscosa que no logré identificar yacía Alex en una postura ilustrativa de lo que habían sido nuestras últimas semanas. "Ves moviendo el pandero, primo, que puede que tengamos trabajo". Le comenté la jugada de camino a nuestro flamante bólido. Cierto es que el Seat seguía desprendiendo gases a preocupante nivel medioambiental, pero no menos cierto que por una vez teníamos una excusa para no demorarnos en visitas al taller.
- Habrás oído la última de Gica - le dije.
- Ah, genial. ¿Qué ofrece ahora? ¿Cinco mil? Sarasa de los huevos. No se rendirá nunca.
Tuve que recordarle a mi compañero y muy a mi pesar amigo la utilidad de no hablar hasta cuando toca, porque en esta ocasión teníamos un motivo para aproximarnos al rumano en lugar de evitarlo. La Ramona me había contado cómo marchó la última partida de póker de Don Rafael, en la que Gica, impulsado por el éxtasis de sus recientes ganancias, terminó apostando más dinero del que podía pagar, con perogrullescos resultados. El negocio de las motos ya iba cuesta abajo, eso no era ninguna novedad. Apretarle las tuercas al mamón podía ser nuestra oportunidad para obtener un valioso perdón. Podría decirse que aquello estaba chupado, pero los consabidos acosos sexuales a los que Gica nos tenía acostumbrados propiciarían el chiste fácil.
- Mis cojones, fácil - intercedió Alex-. Se me ocurre una buena: le pegamos un tiro y le contamos a Rafael que el rumano se había puesto farruco y no quería pagar. Así matamos dos pájaros de un tiro. ¿Hecho?
- Brillante, Alex. Sí señor, una idea cojonuda.
- Te dije que estaba hecho todo un visionario- sonrió con avaricioso orgullo.
- Serás gilpollas -no poco me costó reprimirme; era una lástima que aquél cabezabuque llevara viviendo conmigo el tiempo suficiente como para terminar sintiendo aprecio por su integridad física-. Rafael lo prefiere de una pieza por razones obvias, joder. ¿Cómo crees que consiguió una licencia de negocio en un local tan de puta madre? Todo eso viene del Papa Rafael, y al Papa se le pagan bien por sus favores.
- Ay, Señor, ¡qué habré hecho para que nunca confíes en mí! ¿Sabes por qué aún vivimos como unos miserables? Porque a Rafael le gusta la gente con iniciativa, gente que no espera a preguntar qué es lo que hay que hacer. Hay que cargarse al marica, apropiarse de su negocio y traspasárselo al Papa para que nos perdone la deuda de una vez. Todo esto hecho con discreción, claro, que parezca un accidente y todo el rollo, y que la gente crea que Gica nos traspasó el negocio por acuerdos comerciales. Mi colega Roman, el abogado, ¿recuerdas? Nos puede echar una mano con el papeleo. Respecto al cadáver, tengo unos colegas en Blanes, acaban de montar una granja de cerdos....
Alex siempre tenía mil contactos dispuestos a echarle mil cables con planes que nunca terminaban de cuajar, incluyendo en las maquinaciones cantidades por miles de euros que nunca llegaban a ninguna parte. No tuve más remedio que advertirle que esta vez no saldría en su defensa si volvía a jugar a ser Tony Montana, y por supuesto, no volvería a dejar que se comiera mis phoskitos.
Entramos por la parte trasera del local. Alex informó a Malena de que requeríamos la presencia del ilustre gilipollas del dueño y no dejó pasar la oportunidad de flirtear con ella de manera efectiva, o efectivamente torpe.
- El jefe se ha ido de vacaciones, muchachos.
- ¿Cómo que de vacaciones? -exclamó Alex-. Tendrá huevos el tío, con el montón de pasta q...
Gracias a Dios que captó el sentido del puntapié. Nuestra principal ventaja consistía en que lo de la partida de póker era aún un asunto encubierto: cuanta menos gente estuviera al tanto de las deudas de Gica, mejor.
- Si queréis encontrarlo estará difícil, porque no tengo ni idea de cuando volverá. Por cierto, antes de marcharse... me dijo que os diera esto si pasábais por aquí. Y quítame las manos de encima, palurdo.
Nos tendió un sobre en el que para nuestro asombro hallamos varios billetes de quinientos euros, dos billetes de avión para Cancún y una nota que rezaba: "tengo oferta para vosotros. Veinte mil por adelantado. Discreción".
- Ahora no digas que no has pensado lo mismo que yo- dijo Alex, iluminado-. Le decimos al Papa que éste se ha ido a cualquier sitio, pongamos que Australia. Volamos a Cancún, cogemos su dinero, le pegamos un tiro y nos quedamos allí a vivir. Pegamos el gran golpe y Rafael no nos vuelve a ver el pelo. ¿Necesitas una colleja, socio? Hay que pensar más rápido...
Nos pegamos, obviamente, una fiesta a la altura de la copiosa vida caribeña que nos aguardaba, invirtiendo buena parte de la cantidad del sobre en servir convenientemente a nuestra masculinidad (cortesía de Mareira y sus señoritas) y en acostumbrar a nuestro paladar al regusto de nuestra futura condición social (descubriendo que el marisco del mesón Txistu sabía bastante raro). Ya al bajar del avión nos encontramos con Miguel, liliputiense con patillas de metro y medio que debía ponernos en contacto con Gica. Nos hizo subir a un taxi y nos comentó:
- El señor Munteanu trata muy bien a sus amigos, ¿verdad que sí? Me habló fantásticamente de ustedes. De usted me dijo que es una persona seria, con determinación, y de Don Alex aseguró que es un tipo muy avispado; un auténtico visionario.
El codazo de mi compañero era inevitable: habían inflamado su orgullo. Se pasó buena parte del trayecto contemplándose en el espejo retrovisor.
El presunto escondite provisional de Gica era una cabaña cubierta con un tejado de hojas de palmera, a línea de playa pero bastante alejada de la ciudad. Miguel nos indicó que allí nos esperaba Gica, y se despidió para proseguir con su tarea de extorsionar a los vendedores de fruta. Nos plantamos en la entrada de la cabaña y, en medio del silencio que sólo rompían las serenas olas del mar, Alex respiró hondo.
- Prepárate para el momento más glorioso de tu vida, compi. Recuerda que no hay que precipitarse: síguele el rollo hasta que suelte la pasta.
Gica nos recibió en lo que parecía ser un despacho decorado con muebles de caoba y armaritos con vitrinas de cristal. Un enorme pez espada disecado coronaba la estancia, justo subre el sillón de felpa en el que el orgulloso rumano nos esperaba con una sonrisa rebosante de complicidad. "Oye, para estar aquí escondido se lo ha montado de puta madre", me susurró Alex.
- Ay, chicos... - Gica nos invitó a tomar asiento-. Agradezco ustedes vienen aquí desde tan lejos. Sé cuanto arriesgan con esto, pero yo pago bien por silencio. La vida está cara, ¿eh?
- La verdad es que nos ha costado decidirnos, pero creo que lo mejor era venir -afirmé.
- ¡Me alegra lo ves así! -exclamó Gica-. Vosotros dos no preocuparos: esto quedarse aquí, nadie saber nunca nada.
- ¡Confiamos plenamente en usted! - declaró Alex, con su particular dramatismo-. De ahora en adelante, cada vez que necesite usted un apaño, apareceremos al instante.
- No es que tengamos mucha experiencia en esto... -intervine, procurando apaciguar los ánimos de mi socio-. Pero podemos aprender con el tiempo...
- Nah, no seas modesto, hombre -pero a Alex no había quien le frenara ya-. Puede que al principio tengamos que ir poco a poco, agarrando el asunto con fuerza... pero después, iremos hasta el fondo.
Al principio no entendí por qué Gica recibía cada uno de nuestros desafortunados comentarios con una mueca semejante al placer orgásmico. Pero tuvimos muchas cosas de las que arrepentirnos cuando, toda vez quedamos en silencio, se levantó de la silla y comenzó a bajarse la bragueta.
- ¿Quién de los dos querer empezar? Vamos, no ser tímidos. Ustedes dos chicos listos.


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