Parfait

La belleza tiende a ser huidiza e invisible. Suelo preguntarme si seremos todos conscientes de ello. En ocasiones, la máxima expresión de armonía se encuentra precisamente en la ausencia de la misma: en pequeños instantes en los que, mirando alrededor, no se encuentra nada más que vacío; la inquietante atmósfera de un paisaje trivial, anodino, en el que nada parece moverse más allá de cuanto estaba previsto.

Las cuatro y media de la tarde de un día cualquiera. Un hombre llega a la entrada de una parada de metro. Se detiene. Apura su cigarro mientras echa una ojeada a sus aledaños.

Chavales sentados en un banco. Un tipo paseando al perro. Tres o cuatro más frente al paso de cebra, aguardando la luz verde. Señoras de cháchara. Aceras y viviendas. Nada.

¿Nada?

Tal vez nuestro hombre-espectador nació con un cuerpo liviano; tal vez la sensibilidad de sus cuerdas las haga resonar demasiado a menudo, impulsándole a sazonar su día a día con una mirada distorsionadora, artística. Quizá sea que la teoría fotográfica del "instante perfecto", promulgada por Cartier-Bresson, acaba de materializarse ante sus ojos sin darle tiempo para reaccionar. El hombre frunce el ceño: está emocionado y no sabe por qué. El ángulo ocular de sus ojos parece ampliarse y ante él se revela el poderoso marco de la ciudad; la dimensión de los edificios, el abrazo del cielo, el mundo. El tráfago de la ciudad deja de ser ruido para convertirse en sonido. Se fija en los viandantes, en el batir de las ramas de los árboles; capta, sin pretenderlo, la extraña armonía que fluye a veces de la aleatoriedad urbana. Captura el segundo de perfecta quietud; el instante en el que, entre una millonésima de variables, los factores adecuados se alinean en la improbabilidad de un megalítico cubo de Rubik. Captura la belleza del vacío.

En la mayoría de los casos sucede sin pretenderlo, aunque es probable que haya que entrenar al ojo para vivirlo. Una vez ese instante se ha consumido, una vez la brisa invernal decae y el lejano grito de las ambulancias se extingue, el instante poético se desvanece y de él sólo queda un tenue y olvidable eco en la nostalgia. El cigarro se apaga. Hay que moverse. El hombre baja las escaleras y nos olvidamos de él en medio del ajetreo de la estación.

Todo ha sucedido en un abrir y cerrar de ojos. El aspecto de la calle ha vuelto a cambiar, desordenándose en el desorden de su anarquía desordenada. Vienen más perros, más viandantes, más jóvenes. Se acabó la belleza.

Atrapar a un colibrí requiere velocidad y fortuna. Sólo funcionará un fugaz movimiento de manos. Se tiene una oportunidad; nada más. Con la mayor parte de los instantes hermosos - esos que se le resisten a la vida-, suele suceder lo mismo.




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