No se piden con papel

Le contó lo que le había dicho Toni aquella mañana: que si fingía dormirse, escucharía a los dromedarios comiendo en el salón. Pero nadie podía enterarse: si los reyes magos lo descubrían despierto, se llevarían el regalo con ellos. Eso es lo que le había dicho.
- Claro, hermanito, claro- dijo Carlos desde la cama superior de la litera-. Pero seguro que no te ha contado por qué es tan imbécil como tú.
- No lo es - se defendió él-. Es de los más listos de la clase. Sabe los nombres de todas las capitales del mundo. Hasta algunas del extranjero.
- Ya -oyó a Toni revolverse entre sus sábanas antes de que apagara la luz-. Yo también sé el nombre de mil marcas de tabaco, y no por eso me harán presidente. Duérmete, renacuajo.
Pensó en preguntarle por qué siempre estaba enfadado, pero así seguramente sólo lograría enfurecerlo aún más. Lo ideal era portarse tal y como Carlos quería y contestarle todo cuanto esperaría. "Me odia". Pero si le odiaba, ¿por qué le había defendido tras enterarse de que Oscar le pegaba en el recreo? Aquello había sucedido las navidades pasadas; antes, Carlos se portaba de manera diferente. Era muy posible que los reyes magos no le hubieran traído lo que pidió las pasadas navidades; y por eso lo pagaba con él. Eso tenía mucho sentido. Pero lo cierto era que nunca le había visto escribir una sola carta de navidad. En esas condiciones, ¿cómo podían saber lo que quería?
- Carlos, ¿a ti que te gustaría para estas Navidades?
- Que te callaras, enano de mierda, y me dejaras dormir. Eso sí que me haría feliz.
Las cortinas estaban parcialmente subidas, y a través del hueco de la ventana llegaba la luz de la habitación de Marta, en el edificio de enfrente. Cuando los dientes de Marta asomaban, esa neta blancura le hacía pensar en un conejo, en la pálida y cosquilleante pelambre de un conejo. Quizá en algo aún más hermoso que eso. Tenía que haber en el mundo cosas más hermosas que la piel de un conejo, pero ¿a quién se le podría preguntar algo así? Bostezó por última vez, y un instante antes de dormirse ansió soñar una vez más con aquellos elefantes que aparecían en el patio del recreo y que, cuando estaba a punto de montar sobre ellos, siempre terminaba despertando.

"Y no olvidéis poner en el sobre: al Lejano Oriente. El cartero tiene que saber adónde van vuestras cartas". La profesora llevaba aquel día un vestido verde y parecía realmente contenta. Sentado en su pupitre, se inclinó un poco para ver mejor el semicírculo anaranjado que formaba la diadema en el cabello de Marta. Le recordaba a la aureola de los ángeles. "Hueles como un ángel", se le ocurrió, y pensó que tal vez si lo escribía en un papelito y se lo dejaba en algún sitio, en el estuche... pero no, Marta no le iba querer sólo por eso. Cristina o Sonia tal vez sí, pero no Marta, la más inteligente de la clase, la que jamás tenía una sola mancha en la ropa ni en el pupitre. Era un deseo muy grande, y esos deseos grandes no se concedían mediante hojas de papel.
Claro que tal vez... tal vez sí. Sí existían ciertos hombres que podían hacer realidad un deseo así con una simple hoja de papel. No sabía si se había portado lo suficientemente bien durante todo el año como para que se lo concedieran, pero ¿por qué no intentarlo? De pronto se sintió distinto. De pronto podía parar a un camión con un dedo y lanzar bolas de fuego por las manos. Empezó a escribir con energía sobre el papel. Después qué más daría si Oscar y los demás se lo hacían pasar mal en el recreo; pronto iba a tener lo que quería y sería feliz para siempre. Sintió a la profesora echando un vistazo por encima de su hombro. "¿Qué les vas a pedir tú, Albert?". Rápidamente, cubrió la hoja con los brazos.

Y entonces vinieron los golpes, y los gritos, y vio la sombra enorme de papá en la pared mezclada con la de Carlos, más pequeña y encogida, y corrió sin ver bien el suelo ni el techo ni las paredes porque las lágrimas hacían que el mundo se volviera acuoso y horrible. Buscaba la silenciosa oscuridad que siempre le aguardaba en el regazo de su madre, quien le pasaba la mano por el cabello y así La Pena se iba caricia tras caricia tras caricia tras... un caricia más suave, más limpia... y mientras los golpes y el estallido de algún cristal roto crecían a sus espaldas, él percibía un raro temblor en la voz de mamá cuando decía: "¿Pero es que no puede haber un solo día de paz en esta casa?". Y al levantar la cabeza ya no sentía tristeza, porque descubría que mamá estaba llorando. Eso era extraño. Era como si esa silenciosa y pura oscuridad que nacía en el regazo de mamá empequeñeciera, hasta convertirse en algo diminuto dentro de una fuerza más amplia y firme que nacía dentro de él.

De modo que se levantó de la cama por la noche, dejando tras de sí los sollozos de Carlos, quien tras pelearse con papá lloraba por todo cuanto no había llorado en el resto del año. Si cruzaba el pasillo de puntillas podría llegar al salón sin despertar a nadie, y allí cogería la carta - porque mamá la había dejado en la mesa, bajo el jarrón, para que ni el viento se la llevara- y podría abrir el sobre, que aún no se había cerrado. Encontrar lápiz y papel no sería problema, porque se aseguraba de que siempre hubiera ambas cosas en el cajoncito del armario, para que Marta pudiera dibujar cuanto quisiera cuando venía a visitarla. El secreto era no hacer ruido, ni al respirar; sólo él y el niño Jesús sabrían que estaba despierto. Aún faltaban dos noches, y el deseo no contaba como pedido hasta que no se hubiera enviado la carta. Esperaba que los reyes magos también lo vieran así, que entendieran por qué había cambiado su decisión. Porque Marta seguía siendo hermosa como el pelaje de los conejos, pero mamá dejaba de serlo cuando lloraba. Y también dejaba de serlo Carlos sollozando contra la almohada, y dejaba de serlo papá cuando gritaba y rompía. Todo eso debía desaparecer, incluso de sus recuerdos; que trajeran a Carlos lo que pidiera y que mamá y papá no dejaran nunca de estar juntos, como les había pasado a los padres de Oscar. Pero para todo aquello, antes debía llegar hasta el salón sin hacer ruido. Y después de reescribir la carta podría tumbarse de nuevo en la cama y soñar con aquellos elefantes en los que finalmente montaba para cruzar el patio, y después las montañas, la tupida jungla y todo cuanto había más allá. Mucho más allá.






2 comentarios:

Déägol dijo...

Los mejores deseos son los que pedimos y cumplimos nosotros mismos, sin la ayuda de nadie, sin ningún papel...

Saludos.

mv dijo...

Me gustan las historias en las que los protagonistas son niños. Me gusta su inocencia incondicional. Me gusta su capacidad de simplificar las cosas y cómo eso les hace más inteligentes que muchos adultos. Son capaces de vivir en un mundo en el que aparecen elefantes para cruzar el patio del colegio y a la vez comprender que lo importante es pedirle a Los Reyes Magos que mamá siga siendo hermosa y no llore más.
Un relato emotivo sin rastros de sensiblería.