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Labrar la arena

La inspiración no existe. Incendiemos ese mito de una vez por todas. Sirve de poco quedarse sentado hasta que una providencial visita de las musas nos ilumine el camino. Ya sea el motivo de nuestro trabajo un texto, un cuadro, una canción o el diseño de una lámpara, no nos será de gran ayuda aguardar a la reverberación de una nota adecuada. Si uno quiere realizar una idea ha de perseguirla, porque las ideas pueden venir ocasionalmente a por nosotros, pero tienden a ser de lo más veleidosas e impuntuales. Sólo se ablandan ante quien las quiere de verdad.

Aquellos a quienes consideramos hoy los grandes creadores de la humanidad han expresado, a su manera particular, su rechazo hacia el arquetipo cómodo y romántico del artista. Algunos, como Camilo José Cela, han sido tajantes y diáfanos: “la inspiración es una bobada. A mí, además, me cuesta horrores escribir. Yo creo en el trabajo duro”. Otros, como Ray Bradbury, han insistido en una teoría de la que los más pedantes suelen recelar: la necesidad de combinar ese agresivo componente de esfuerzo y trabajo con uno más humano y pasional: el gozo y la ilusión. “Miren ustedes las elongaciones de El Greco y díganme, si pueden, que su trabajo no lo hacía feliz. ¿De veras pretenderán que el Dios creando a los animales del universo de Tintoretto se basa algo menos que “diversión” en el sentido más amplio y verdaderamente comprometido?”.

Porque, ciertamente, crear no es algo fácil. Relean ese soneto que compusieron en treinta minutos y díganme: ¿están plenamente satisfechos de él? Si no es así, muy probablemente sea porque son ustedes exigentes y guardan intenciones honestas en cuanto a sus creaciones. La corrección suele ser el aspecto más tortuoso: cuesta horrores volver sobre lo andado. Pero si continúan adelante es porque aún mantienen esa llama que les guió en la tenebrosidad desde el principio: tienen ilusión en conseguir un trabajo bien hecho. Esto nos devuelve al elemento del gozo, al que yo considero que hay que llevar por bandera. De algunos artistas, como Van Gogh, Bécquer o John Keats, tenemos una visión un tanto simplona: la del hombre que utilizó el dolor y el sufrimiento como leit motiv de sus creaciones. Pero si Van Gogh se esforzaba con sus cuadros, ¿no sería porque el acto de pintarlos lo exorcizaba de su dolor? David Lynch expone lo siguiente en su maravilloso libro Catching the Big Fish: “cuanto más sufra un artista, menos creativo será. Es de sentido común: es menos probable que disfrute de su trabajo si sufre, y más probable que esté dispuesto a producir obras de verdadera calidad si disfruta”.

Siempre recuerdo a cierto hombre que conocí en Sevilla. Regentaba una tienda de modelismo, una de las pocas que quedan a día de hoy. En la trastienda guardaba una enorme maqueta que representaba una estación ferroviaria de la posguerra. Entre la familia y el empleo apenas tenía tiempo para dedicarse a ella, pero después de quince años la maqueta era una auténtica maravilla que se extendía a lo largo de varios metros de pared, rebosante de colorido y detalles. El hombre había diseñado, montado, pintado y modelado la mayor parte de los elementos. Había creado su Capilla Sixtina particular. “Transportad cada día un granito de arena y haréis una montaña”, dijo Confucio.

Es una tarea de pescadores. Armarse de paciencia frente a la laguna, manteniendo las manos firmes sobre la caña y estar constantemente preparado para el momento de tirar del sedal. Y creo que la mayor parte de cuanto hacemos en la vida debería parecerse a eso: aceptando que habrá dificultades en el camino, y enfrentándose a ellas sin correr demasiado ni tampoco pararse del todo. Es un principio retroactivo: la ilusión alimenta a la constancia, y la constancia sirve a la ilusión. Personalmente, no voy al trabajo pensando que el día vaya a ser magnífico; pero si no magnifico yo al día, sé que en el fondo no trabajaré nada. Y eso es, precisamente, lo que más tengo en cuenta mientras escribo estas líneas. Punto y final.

Vicisitudes

El gegant del pi
ara balla, ara balla
el gegant del pi
ara balla pel camí...

El niño que estaba a mi lado no cantaba. Me gustaba porque era muy, muy rubio, mucho más que los demás niños. Más rubio que la niña más rubia. ¡Y qué ojos tan azules! Su mamá tenía que ser guapísima, pero no tanto como la mía. Con las mesas se había hecho un círculo, y todos los niños y niñas estábamos en ese círculo, y la profesora nos hacía cantar. El que estaba a mi izquierda me dijo un secretito al oído. No le entendí, pero yo quería hacer lo que hacían los demás. Así que cogí al niño rubio de mi derecha y le conté otro secretito, aunque no decía nada; sólo vocecitas. No le pasó el secretito al otro niño, ni dijo nada. Estaba tristísimo, seguro que echaba de menos a sus papás.
- Me llamo Josep- le dije.
Se dio la vuelta. ¡Qué ojos tan azules!
- Me llamo Jordi- y ya no parecía tan triste.


- La pelota ya ha pasado tres veces por aquí, a ver si te fijas más.
Era como un enano al lado de Oscar. Jordi quería ser dibujante; Oscar, jugador de fútbol, aunque seguro que sería camionero, como su padre. Habíamos notado que Jordi era muy chistoso, incluso con los profes- en clase de Lengua le habían hecho llenar toda la pizarra con la palabra "huevos" escrita correctamente, y él preguntaba si podía escribir con la tiza roja, ¡qué tío!- pero cuando Oscar o Sergi o cualquiera de los chicos malos se metía con él, se volvía muy serio. Yo también me hubiera puesto serio así, claro, pero yo estaba serio casi todo el rato. Cristina dibujaba una mariposa en el suelo del patio. Me gustaba un montón. Le había dicho a la profe que yo tendría que ser el delegado porque era el más inteligente de la clase. Y todos le habían dado la razón, menos Jordi.
Jordi me gritaba algo desde la portería.
- A mí me han dicho que te has besado con Cris en el lavabo. Y que te bajó los pantalones.
- Eso es mentira.
- ¡Se lo digo a la profe!
Entonces alguien gritó muy fuerte, y de pronto la cara se le puso blanca y echó a correr. Oscar venía tras él con un palo en la mano, Jordi, mira que eres tonto, nos han metido otro, vamos a perder por tu culpa, Ricky Ricón.


Se acababa un verano que, en el mejor o peor de los sentidos, había sido diferente. Muchas cosas estaban cambiando; era como si estuviéramos abandonando un pasillo que no volveríamos a ver jamás. Aún así, nosotros íbamos un paso por detrás de los demás: mientras los del instituto nos contaban lo que era ponerse ciego de Vodka o tocar un coño, Jordi y yo nos pasábamos las tardes paseando por Salou en bicicleta o viendo películas en casa. Incluso habíamos grabado algún corto con la videocámara que le habían regalado por su decimoquinto aniversario. Aquella tarde llovió por primera vez en meses.
- No la entiendo - murmuró de pronto.
Creía que hablaba de la película, pero sus ojos no miraban a la pantalla. Me giré hacia él. Supuse que había que dejarle continuar.
- La última tarde que vino aquí... se tumbó en el sofá, así como estás tú ahora... me dijo que tenía algo de sueño, y que si podía descansar. Pues vale, le digo. Y de pronto me giro, y está totalmente desnuda... y me mira con esa cara...
Pronto dejaríamos de ser amigos. Eso pensaba yo. Tenía ganas de acabar con aquella pantomima y gritar, mira, Jordi, la verdad es que Míriam está conmigo, ya no tienes que preguntarte qué coño ha pasado con ella. Pero crecer no me había dado la valentía que yo aguardaba. Pensé que iba a llorar, pero se tragó las lágrimas de alguna manera.
- ¿Te has quedado con el final?
Ahora sí que se refería a la película. American History X había causado sensación ese verano: era la cuarta vez que la veíamos juntos.
- ¿A qué te refieres?
- Él se piensa que está equivocado, que tiene que cambiar y que ha de prevenir a su hermano. Pero a su hermano lo mata el negro ese de mierda. A eso se le llama ser un inocentón.
Estaba cruzado de brazos, y no sé qué había en su mirada que yo no había visto nunca. Me di cuenta de que hablaba totalmente en serio.


Entré en el Zampa por primera vez en cinco años. Era el único bar familiar que quedaba en un barrio que había perdido toda su identidad arrabalera. Oscar me dio un efusivo abrazo. El trabajo, la bebida y el tabaco habían hecho pagar a sus carnes un módico precio por sus servicios. Su mirada cansada y su sonrisa torcida me invitaban a sentarme mientras pedía una jarra de cerveza para mí.
Joder, Josep. Tú no sabes lo que ha llovido desde entonces. El Jordi, a saber qué está haciendo ahora. Yo no sé si sabes lo del nene. ¿No lo sabes? Bueno, desde que se juntó con esa gentuza, no tuvo muchos problemas para ligar. A las tías de ese rollo les va el tema del gimnasio, las botas militares, la cabeza billar... una de éstas pivas se le arrimó demasiao y él la dejó preñada. Entonces, cuando se entera, el tipo se cabrea de la hostia y se rompe la mano contra un cristal. Luego pilló un curro en un supermercado, o en un almacén, no lo sé, y se hizo del Opus Dei. No es coña. Hace mucho que no lo veo por el barrio, ya sabes que en Santa Coloma no está muy bien visto ser como es él. ¿Que por dónde para? No tengo ni idea, y si te digo la verdad, no lo quiero saber. La última vez que nos cruzamos casi le enchufo. Ya le levantaba el puño y él va y me suelta: "Va, tío, que somos colegas" y yo le digo: "no, éramos, nazi de mierda". Pero claro, al final no le metí, piensas, y si luego me arrepiento, y esas cosas. Lo conozco desde que era crío. Hay que ver lo que cambian las cosas. Con la gente del insti me cruzo a veces por la calle y qué tal, cómo te va, todo de puta madre. Pero él pasa de largo y me mira mal, con sus colegas pelaos detrás. Cómo cambian las cosas. Igual la próxima vez sí que le meto. Últimamente, entre el jefe y la parienta, estoy que peto de los nervios. Como alguien me toque los huevos...
Aún continuaba su discurso cuando un muchacho subsahariano que se dirigía al aseo tropezó con su taburete. Media jarra de cerveza fue a parar al jersey de mi amigo. Oscar se quedó desconcertado un segundo. Luego sonrió y le dijo al chico que no pasaba nada.





Le ley de la trayectoria urbana

Ana, pelirroja, regordeta y de manos extremadamente pequeñas y delicadas, camina hacia Talbot Street, donde una mañana más preparará y servirá el desayuno a los residentes del Days Inn. Su jefe, no obstante, le reserva una bienvenida poco menos que desalentadora: la dirección del hotel se ha visto obligada a reducir la plantilla, y dado que ella es la empleada más reciente, le ha tocado la pajita más corta. La dura respuesta verbal de Ana no se hace esperar. Kieran, de recia frente irlandesa y espalda profusamente encorvada, se hace cargo de la situación de la joven y no le toma en cuenta la salida de tono. Una vasija con leche hirviendo se escurre de las inquietas manos de la española, derramando su contenido directamente sobre las manos del irlandés, que pronto cobran el aspecto de haber sido diezmadas por una hueste de avispas.

Kieran conduce de camino al médico mientra una fina llovizna salpica las aceras de la ciudad. Algo se estrella contra el cristal delantero, dejando un repentino salpicón carmesí. El volantazo le lleva a estrellarse contra una farola en pleno cruce de Lower Abbey con Malborough. El primer grupo de testigos se apelotona junto la quebrada capota del auto; un joven afroamericano, embutido en un grueso anorak naranja, le pregunta si se ha lastimado. "Tendrá que llamar a la grúa, no parece que pueda arrancar por ahora". Kieran rebusca en su abrigo de piel, pero pronto cae en la cuenta de que, con las prisas, se ha dejado la cartera y el móvil en el trabajo. "No se preocupe", le tranquiliza el joven, "yo llamaré por usted".

Este joven se llama Salomon. Poco más tarde entrará en un Tesco para comprar café, leche y algo de queso suizo. Nota que cada día le pesan menos los bolsillos. No recuerda haberse visto tan necesitado dinero en sus cinco años en Europa. "El verano pasado sí que estuvo bien, ¿verdad?" le dice una voz a su espalda, y se gira para toparse con una nariz aquilina y una sonrisa roída que detesta a horrores. Necesito una ciudad más grande para librarme de tumores como tú, Françoise. "Oye, zurullo marfileño, si me haces un favor hasta pasaré por alto lo que acabas de decir". Salomon paga rápidamente sin devolverle la mirada al escuálido francés. "No me digas que pasas de eso, Salo, que nos conocemos. Sé que vas muy apretado últimamente. Y me debes un favor". Salomon sale con las bolsas sin mirar atrás. Lo único que te debo es una paliza, tío. "Bueno, sabes dónde encontarme y cuánto pago". El abultado anorak naranja desaparece del campo de visión de Françoise. "Nos vemos en unos días, Black & Decker", murmura. Su expresión se vuelve apacible al dirigirse a la dependiente. "¿Cómo va todo, Jana? No me gustan nada esas ojeras. No sé si te sienta demasiado bien la noche irlandesa". Desliza sutilmente una notita junto a las monedas. "Esta será mucho mejor que la anterior, ya lo verás. Cuídate mucho, pichón". Jana le devuelve la sonrisa y, merced a una curtida técnica de distracción, se guarda el papelito en un bolsillo del uniforme antes de que nadie llegue a verlo.

Horas más tarde, Jana cruzará el Penny Bridge mientras la superficie del Liffey espeja la creciente oscuridad en que se sumerge la cúpula de la ciudad. La notita indica una calle en las afueras de la ciudad como dirección, y las dos de la madrugada como hora del evento. Jana se siente momentáneamente aturdida. No queda nada de aquella deleitosa, casi embriagadora codicia, que le llevaba a sobrevivir el espacio de tiempo entre el lunes y el viernes ansiando repetir la experiencia del fin de semana previo. Todo aquello había sido vencido por una marea de realidad: la sensación de saberse esclavizada, degradada al nivel de herramienta lúdica para una masa de acaudalados turistas sedientos de erotismo. Junto a la puerta del Oliver St John's Pub, el viejo Ian le saluda con una leve inclinación de cabeza, y pronto esa voz a medio camino entre el arañazo y el soplo de una gaita comienza a cantar Whiskey in the Jar. "Siempre consigues animarme, Ian", sentencia Jana. "¿Animarte? A las chicas como tú habría que pagarlas sólo por verlas sonreir". Varias monedas caen en el estuche de la guitarra, y la sabia felicidad de Ian asoma un poco más por entre la profunidad de su pálida barba. "¡Que Dios te bendiga!".

Extrañamente, el callejón está menos abarrotado que de costumbre... pero el estuche reúne muchas más monedas de lo habitual. Un último tintineo hace que el anciano alce la cabeza: Frente a él, una pelirroja rechoncha le contempla cruzada de brazos. En su rostro, definitivamente extranjero, Ian adivina la momentánea relajación de un alma insatisfecha; el pasajero libertino que se escinde por unos instantes de la sobria rutina de su tránsito. "Buenas noches tenga usted, señorita", y se quita el sombrero. "Me pregunto si podría volver a tocar esa canción... me gusta tanto cómo la interpreta...". Ian se mesa la barba y sonríe. "Tan guapa, y sola un viernes por la tarde... ¿de dónde sale usted, hermosura?". Ana baja la cabeza, más halagada que avergonzada. "Creo que de España, aunque ya ni lo recuerdo", contesta. El anciano deja que suenen unos acordes al azar, a modo de preámbulo. "¿Sabe una cosa, joven? Hay una aventura en cada uno de nuestros días. Y lo mejor es que no podemos hablar de protagonistas ni secundarios... todos son protagonistas. Menos yo, que como espectador torpe y bobalicón, no sé hacer otra cosa que tocar canciones como ésta". Los arpegios inundan el paseo, mientras alrededor de Ana se entrecruzan miles de trayectorias humanas que marchan entre sueños hacia a la siguiente aventura en el húmedo mosaico de la ciudad de Dublín.





La voix de l'inespéré


Había alzado la cabeza, y la imagen de su dominante calvicie se convirtió en la de unos ojos que despertaban de un pesado letargo. Se pasó el dedo índice por los labios sin dejar de escrutarme.
- Libros sobre psicopatías... - murmuró, repitiendo mis últimas tres palabras. Ni siquiera echó un vistazo al estante atiborrado de enciclopedias y tratados médicos a su izquierda: mi pregunta más bien parecía haberle dado la excusa perfecta para rebañar entre sus mejores raciones de sabiduría.
- ¿Sabes qué sucede, chico? - prosiguió-. Somos muchos los que escribimos, pero siempre escogemos los temas más crudos y extraños. Siempre buscamos apoyo en los pilares más negros de la vida, como si eso pudiera acercarnos a una visión más reveladora o interesante de las cosas...
Se reclinó en la butaca, cruzando las manos tras de la nuca. Ahora parecía un anciano asediado por un dulce embate de nostalgia.
- ¿Sabes qué se encuentra uno cuando abre el periódico o enciende el televisor? Crisis. Violencia doméstica. Rebeldía adolescente. Homicidios, raptos, desapariciones, violaciones.
El grueso cuero de su butaca crujió, y su voz sonó un par de centímetros más adelante.
- Yo creo que estamos todos un poco hastiados de eso.
De pronto me di cuenta de que la sala y la escena se estaban despersonalizando. Ya no estaba en una consulta médica. Yo no era un paciente, y él tampoco era ya un doctor. La gruesa cola que se estaba formando tras la puerta de caoba desaparecía como si siguiera el curso elemental del tiempo, igual que desaparece el follaje de los árboles en invierno. El paisaje había perdido todo elemento de formalidad o cotidianidad; se había despojado de sus factores predecibles, preestablecidos, para adquirir un traje espontáneo, gracioso y humano.
- Yo soy un ávido lector desde hace mucho tiempo. Y también escritor, aunque por supuesto no he publicado nada... a veces leo historias en las que, después de quinientas páginas y doscientas vueltas de tuerca, sólo queda una solemne tragedia que recordar. Una tragedia pura, sin concesiones. Y siento que no he leído nada. Siento que he visto lo mismo que anunciaban los titulares de la prensa o las cabeceras de los noticiarios por la mañana.
Tras los ángulos rectos de sus lentes parpadeaba una fina inteligencia, que palabra a palabra, deseaba dibujar una forma definida de limpidez. La voz de la claridad hablando bajo la piel de un médico de cabecera en la clínica de un pueblo perdido de la mano de Dios.
- El arte no es el oficio de los inútiles, chico. Los artistas siempre han tenido una gran responsabilidad entre las manos. Han allanado el camino hacia las respuestas para muchas de nuestras preguntas. Han mirado en nuestros interiores, han metido la mano y han extraído, para nuestros ojos, una versión igualmente imperfecta... pero mucho más transparente de nosotros. Nos han ayudado a conocernos. Nos han ayudado a crecer.
El reloj de la pared marcaba: las doce menos un minuto.
- Yo creo que lo que necesitamos hoy por hoy es un mensaje de optimismo. De optimismo y responsabilidad. De progreso. Porque, pase lo que pase, por muy jodido que haya sido el día, la semana, el año... al final, casi siempre, uno termina bien.
Marcó las doce en punto, y entonces los labios del médico trazaron un lento semicírculo entre las mejillas y me tendió la mano para estrechármela.
- No olvides tomártelas cada ocho horas, muchacho. Espero volver a verte pronto.
Salí de la consulta. Me pareció que el sol de mediodía y la pausada brisa de septiembre me devolvían a un mundo sobrio, estable, donde los semáforos se ponen regularmente en rojo y las campanas de la iglesia repican a su hora. Me pregunté si una conversación en el lugar más inesperado, en la situación más anodina, puede llegar a cambiarle la vida a uno.
Llegó un susurro a mis oídos. Al principio pensé que provenía de algún balcón, pero tuve un presentimiento y me di la vuelta. El doctor estaba en la puerta de la clínica, con su camisa de cuadros y sus pantalones de pana. Me di cuenta de que era realmente bajito y escuálido. Reconocí lo que recitaba entre dientes. Eran versos de Calderón de la Barca. Tenía los brazos cruzados tras la espalda y contemplaba la calle como si quisiera comprobar que el mundo seguía ahí fuera.


... elle a été ici


Y ahora qué haces, le pregunta, y ¿no lo ves? Pongo mi nombre y el tuyo aquí, en la pared, y pa qué, tía, pues porque así ha de ser. La punta de la navaja se tizna de gris, apenas consigue perforar el yeso, pero laboriosamente se van trazando unas firmes y delgadas iniciales. Laura saca el tercer cigarro y pronto el interior del lavabo se entierra bajo la densidad del humo.
- ¿Y qué? ¿Qué te ha contado la Ogro?
Eva sostiene ahora la navaja con ambas manos. La lengua le juguetea alrededor del piercing de los labios.
- Esa tía es la psicóloga menos psicóloga que he visto en mi vida.
Laura frunce el ceño. Sabe que Eva acostumbra a decir cosas sin mucho sentido, o bien es que ella no la entiende muy bien; aún no está del todo segura. Por algo Eva tiene fama de rarita, ¿no? Rarita pero con mucha cabeza, y se encoge de hombros mientras comprueba el color de sus labios y la altura de sus tetas frente al espejo.
- Se enteró el otro día de mis dibujos- prosigue Eva, enzarzada en una meticulosa batalla contra la pared-. Ya sabes, lo de que dibujo y eso. Dice que tengo mucho potencial.
- Mola- dice Laura, sin dejar de contemplarse.
- Dios, no jodas, ¿potencial de qué?- un proyectil de saliva cae justo bajo sus pies-. Que no se haga crítica de arte, porque se muere de hambre. Me estuvo haciendo comentarios sobre las ilustraciones, y no se enteraba de nada.
- ¿Crítica de arte? ¿Se puede vivir de eso?
- Lo que más me jode- continúa Eva-, es que en el fondo tiene menos idea de qué hacer conmigo que yo misma. Me sonríe como si estuviera encantadísima de ayudarme, pero luego a los profesores les cuenta que no avanzo en las sesiones, que no "progreso adecuadamente". ¿Alguna vez te has parado a pensar en eso?
- Mira, tía- el cigarro descansa ahora sobre la pila del lavamanos mientras se repasa los labios. De un bolsillo de la cazadora, Laura extrae un pequeño cubo de madera oscura-. Esto me lo viendieron en los moros, el jueves, mira cómo queda.
- "Progresa adecuadamente". O sea, es como si hubiera una línea preestablecida para cada paso que das, y todo cuanto se salga de ahí es sospechoso. Yo, por ejemplo. Las cateo todas y siempre las recupero en el último trimestre. Y saben que siempre lo hago. Le echo mucha cara, vale, pero hago lo que tengo que hacer. Ahora a los putos profes les da por decir que soy una mala influencia y que no puedo seguir aquí. Eso es orgullo, tía. Se dan cuenta de que me las apaño bien sin ellos. Les hago sentirse inútiles. ¿Y lo de las faltas de asistencia, y lo de romper la puerta de clase? Una excusa. No nos quieren aquí, y punto.
El trazo negruzco, preciso, se dibuja en torno a unos ojos caprichosos y ausentes. Más abajo, los labios de Laura se mueven: "me dice Toni que, igual, con un par de kilos menos..."
- Este colegio es una payasada. Los profesores no se aclaran y el director hace siglos que tendría que estar en el asilo. La falsedad, tía, eso es lo que no soporto. A veces me da que nos están enseñando a ser tan gilipollas como ellos. ¿Sabes a lo que me refiero, Lauri?
- Eva, tú sabes que el año pasado me violaron, verdad.
El chirrido de la navaja se detiene. Un segundo, dos, tres: en la estancia no hay más que dos miradas. El grifo del lavamanos marca con sus pérdidas la pauta del silencio. Una gota, dos, tres.
- ¿Eso es verdad?
- No.
Una gota, dos, y la sonrisa de Laura hace olvidar a Eva dónde está y cómo ha llegado allí.
- Pero a veces no hay quien te haga callar, sabes.
El abrazo se vuelve paciente, familiar. Eva ya sabe qué viene a continuación: Laura se morderá el labio inferior, después se le moverán las ventanas de la nariz y al final, Laurita, cariñete, se le escapará alguna que otra lágrima, ven aquí y no me llores porque no nos dejamos nada, y se marcharán del instituto para siempre sin mirar atrás, aún nos queda mucho tiempo por delante.
- ¿Tú crees que ha servido de algo? - dice Laura-. ¿Crees que hemos estado aquí por algo?
- No lo sé. Pero hemos estado. Eso lo sé.
Con la campana de las cinco, el cigarro cae en el agua y las botas de cuero dejan sus últimas huellas en el suelo húmedo del aseo. Laura piensa que, antes de salir, estaría bien echarle un último vistazo a la estancia. Eso es lo que hace uno con los lugares que ama cuando sabe que no los volverá a ver, ¿no? Pero Eva le adelanta el paso y ya corretea por el pasillo en dirección a la salida, y ella la sigue, dejando atrás el último eco de sus carcajadas y la navaja en el suelo, junto al último ladrillo del muro. L.M.y E.S. -1999- Y A MUCHA HONRA.




Atlántida

Faltaba poco para el amanecer, pero el eco de la multitud y la música se oía aún a lo lejos. Decidimos que no estábamos lo bastante alto, de modo que trepamos un poco más hasta llegar al último vagón, en la misma cúspide de la vieja noria. En aquella densa oscuridad, el cielo no parecía estar más lejos que el suelo.
- ¿Vas a decirme ahora que no estás de acuerdo conmigo? Qué demonios, no te creo. He vivido lo suficiente como para conocerte, chico.
Todo en Andrea era suyo. Suyo del todo. Su manera de articular las palabras, su manera de mirar al infinito. Incluso cómo encendía aquella cerilla. Había dejado de fumar hacía años, pero cuando estaba conmigo se encendía uno detrás de otro.
- Por qué no harás lo mismo con la poesía - musité.
Cuando giraba la cabeza y me miraba así, conseguía dar la impresión de ser la única persona viva sobre la faz de la tierra. Le dije que quería volver a verla acumulando montañas de hojas en su escritorio, levantando un monumento de versos hasta que su perfeccionismo dijera basta.
- La poesía es un desperdicio - contestó, y se inclinó peligrosamente sobre el borde del vagón-. O es que lo soy yo... todas esas cosas que una quiere transmitir son, justamente, las que no terminan plasmadas en el papel. Horas y horas de vida invertidas en hacerlo todo al revés.
Dos horas antes la había visto sentada en un banco de la plaza mayor mientras, a su alrededor, vibraban las luces y llovía vino. Hacía seis meses que no sabía nada de ella, y supongo que tampoco teníamos intención de saber nada del otro. Habría sido más probable encontrarla en Nairobi que allí, pero ya lo ven.
Suelo decir que las cosas fluyen. Que ese control que todo el mundo busca en su vida es una Atlántida, o un Dorado, un Ratoncito Pérez; llámenlo como quieran. Que no es el principio sino el final, ya sea en su vertiente más horrible o más hermosa, el que encuentra su nicho en la memoria. De modo que el por qué de cómo nos escindimos de la música y las matasuegras, cómo hicimos el amor detrás de una camioneta vieja en el aparcamiento, y cómo trepamos por la colina hasta llegar al otrora parque de atracciones más famoso del país para tener una conversación profunda en el punto más alto en cientos de kilómetros a la redonda... no importa mucho. Y de todos modos, jamás lo recordaría.
- No, no estoy de acuerdo - lo dije para contestar una pregunta que ella llevaba años formulándome-. No creo que el mundo sea una pena. No creo que la vida sea triste. Lo siento, chiquitina, pero no voy a beber de ese agua tan nociva que desprendes por los cuatro costados.
- Yo desconfío de cualquiera que no piense así, ¿lo sabías?
Su condenada costumbre de lanzar preguntas retóricas. Esta vez no pude concederle el placer.
- Lo único que sé, Andrea, es que llevas toda la vida diciendo que no concuerdas con nada. Que no encajas con nadie. Que a tu alrededor nunca ves lo que querrías ver. Pero yo siempre te he visto rodeada de gente, derrochando simpatía y acaparando la atención de medio mundo. Hasta las palomas se vuelven para mirate. ¿Dónde está esa soledad que tanto vendes?
Entonces ella dijo algo sobre la superficie y la profundidad, algo como que la carne puede ser tan transparente como hermética, o quizá que hay frutos suculentos por fuera y podridos por dentro. No sé. No entendí nada porque sólo pensaba en hacerle el amor de nuevo y pedirle que se viniera a vivir conmigo y estupideces que me parecen, en resumidas cuentas, más dignas de mi nivel que del suyo. De modo que no dije nada.
- ¿Y aquí? - pregunté, sentándome allí donde estaba-. ¿Conmigo?
Arrojó el cigarro. Puedo imaginar esa perdida luciérnaga surcando un vacío de cuarenta metros hasta deshacerse en mil lenguetazos ardientes en el suelo. Lo mismo que podía imaginar a Andrea sonriendo mientras un cielo vivamente constelado crepitaba a sus espaldas.
- Aquí, sí. Contigo, sí.
Se sentó y apoyó la cabeza sobre mis piernas. El viento cobraba fuerza con el paso de las horas, y nuestra postura no contribuía a la estabilidad del maltrecho vagoncito. La noria entera podía desmoronarse en cualquier momento. Pero, en fin, ella había dicho que allí estaba a gusto.
Los compases de aquella insufrible música surcaban el recinto, por encima del polvoriento carrito de los helados. La brisa corría en espiral por el viejo túnel del terror. Las vigas de la noria desprendían prequeños crujidos metálicos. Aquél cabello se deshacía muy lentamente entre mis dedos. Era como acariciar una de esas nubes de azúcar que comía de pequeño. Sonreí. Claro que sonreí. No se me ocurría un momento más apropiado para estar en desacuerdo con ella.





Superficie

Oh, sí, espléndido, querido. Qué contraste de colores, y qué adorable influencia barroca. Inconfundible su uso de las sombras. ¿Pero a mí qué coño me importa? Jesús, si tu marido concibe la visita a un museo como sinónimo de aventura, la cosa está fastidiada del todo. Tan fastidiada que igual ni tiene remedio. Ojalá me propusiera atracar un banco o montarnos un trío con Daniela. Pero no: él coge y te lleva a una galería llena de ángeles y caballos pintados. Y le parece que es un plan acojonante.

Lo peor, lo último, es que realmente cree que disfruto escuchándole. Cuando era jovencita... coño, sí, me gustaba verlo con cara filosófica y soltando palabros de cinco sílabas que yo no había oído ni en vidas pasadas. Ahora es como si llevara quince años comiendo el mismo plato de lentejas. Mírale cómo se apoya la barbilla en la mano y se pone cachondo con Boticelli y su puta madre. Querido. Oye, amor. Luz de mi alba. Aquí, a tu izquierda. Este par de tetas, ¿las ves? Te casaste con ellas hace ya una década, aunque no te lo creas.

Supongo que no me dejas más remedio. Tengo que tomar la iniciativa. ¿Tu plan era terminar así? Porque en la universidad esto no pasaba. Joder, Joaquín, ya sé que hace siglos de eso, pero algo recuerdas, ¿no? Igual es mi memoria que me falla, pero juraría que antes nos emborrachábamos, reíamos, nos peleábamos, rompíamos media cocina y luego follábamos, cigarrito y asunto terminao. ¿Ahora, qué? ¿Crees que no sé que te cepillas a la puta de tu secretaria? ¿Que no rastreo tus mensajitos en el móvil cuando te lo dejas en la pila del lavabo? No, no me mandes callar, cacho cabrón. Me importa una mierda que toda esta gente nos oiga, que se entere todo el mundo y si se entera el Boticelli de los huevos mejor: eres un pedante, un cerdo y un soso de cojones. ¿Que no te das cuenta de que estoy aquí? Joaquín, coño, Joaquín, mírame. Estoy gritando como una loca en medio de un museo para que te enteres. ¿Crees que me gusta hacer esto? ¿Crees que disfruto? Yo también te la pego. Con Alejandro, ni más ni menos. No, no te enfades ahora con él, porque te ha hecho un favor bien grande. La de facturas en pastillas y loqueros que te ha ahorrado, porque Joaquín, te lo juro, un año más así y me muero de aburrimiento si no me he tirado por la ventana antes. Quiero que me mires, ¿te enteras? Quiero hacer locuras contigo, que te portes como un crío de vez en cuando y te dejes del Renacimiento y de "Caravacho" y de libros y de historias. Quiero que me dé el aire, ¿me entiendes, inútil? ¡Quiero respirar, joder!

- ... dicen que William Turner lloró al ver por primera vez este cuadro. "Sé que nunca podré pintar algo así", dijo. Turner se convertiría después en un maestro de la pintura paisajística, y a día de hoy se le considera un precursor del impresionismo. No vivió lo suficiente como para gozar de tal prestigio, claro, pero sin embargo...
Se dio la vuelta. Yolanda le miraba con los ojos profundamente abiertos. Percibió, en sus labios, una especie de tensión latente; tal vez un temblor.
- ¿Ocurre algo, amor?
El rostro de Yolanda se relajó. Parecía haber despertado de un profundo sueño.
- No... nada, nada, es que... hablas muy bien, Joaquín.
Sonrió y le acarició la mano. Habrían pasado diez años, pero ella se comportaba con la misma ternura del primer día.
- Gracias, cielo.
Le soltó la mano y, con la vista fija en los cuadros, regresó a su discurso.
- Ah, "Judith con la cabeza de Holofernes", 1608. Giovanni Baglione... le debe mucho a Caravaggio, también. Fíjate que composición más extraña. Algo audaz, no sé si demasiado... pero su mera contemplación es emocionante, ¿no crees, cariño?





T.J.E. - Vol. 8

Tenemos acá a un muchacho que se entretiene demasiado mirando los setos del camino. La clase de tipejo que mira al dedo del filósofo cuando éste señala a la luna. Peleará como un tigre por alcanzar ese punto "B" al que ansía llegar, pero sabe muy bien que lo que ahora le parece un emporio de azúcar se habrá convertido en una casucha de madera para cuando la alcance.

Los deseos se devalúan conforme se aproximan. Y entonces, porque somos unos carroñeros, buscamos nuevos mercados de puntos "B" en los que ejercer una tiránica inflación... por unos días.




El Támesis desde el puente de Westminster, Claude Monet (1871).

T.J.E. - Vol.4

¿Qué sucederá cuando la alcances?

Ante todo deberías estar preparado para la posibilidad de que tal cosa no suceda nunca.

Bien. La vida continúa. No hay nada más que hablar.

Adelante.




Théodore Géricault, La balsa de la medusa (1819).

Otros Dioses


Pese a que innumerables periodistas, bloggers y demás parásitos han dicho todo cuanto había que decir, no he podido resistirme: he de escribir algo acerca de Él.

Como lo mejor es empezar por el principio, resolveré: tengo en mente, fresco como un amanecer, el recuerdo de aquel salón en casa de mis abuelos donde de pronto me topé con los últimos segundos del videoclip de Black or White. Un rostro asiático se transformaba en uno afroamericano, para hacerse luego caucásico, latino o europeo merced a un efecto morphing nunca antes visto. Yo era niño y no estaba seguro de qué era exactamente Michael Jackson. Conocía el término "artista", pero diríase que se trataba de algo más: ningún otro hombre dominaba radio y televisión de tan apabullante manera. Sus iniciales le bastaban a cualquier ciudadano del mundo para evocar su rostro. Su fortaleza en el Olimpo musical parecía tan inexpugnable que cualquier otro músico quedaba condenado al eclipse incluso antes de acercarse al micrófono. Entonces, ¿qué era MJ? ¿Un superhombre, un mesías, un Dios travestido de humano?

Yo disfrutaba de su música, como hacía todo mortal. Pero más tarde comenzaron a sucederle cosas extrañas a ese Dios. No me quedaba claro por qué, si se empeñaba en contarnos en aquella canción que el color de la piel no le importaba, hacía tantos esfuerzos por cambiar la suya. La gente amaba sus bailes, pero empezaron a recelar de ciertos movimientos provocativos con mano y pelvis. Y que los niños rondaran constantemente a su lado se tornó con el tiempo en una sospecha tan obscenamente pérfida que daba miedo nombrarla. Al Todopoderoso se le amontonaban excentricidades, se le acumulaban juicios, naufragaba entre deudas y en última instancia se le caía la piel. La otrora estampa del artista definitivo, el que dominaba sin paliativos el panorama artístico, se reveló en el subconsciente popular como un retrato de la decadencia; la encarnación de una de las más consabidas moralejas de nuestro tiempo: el precio de la fama y el éxito desmesurado. Parecía que el verdadero Dios, arrepentido de bendecir a su propio producto con tanto talento, lo maldecía con toda su ira para que nadie osara volver a usurparle tantos millones de acólitos.

No quisiera en absoluto sonar cruel, pero tal vez al bueno de Michael le vino bien morir. Hace una semana, su apellido evocaba la imagen de un rascacielos derruido; nos despertaba lástima e incluso una mueca de disgusto en la nariz. Ahora que es inmortal, defenderemos a fuego y sangre los restos del trono que ocupó durante dos décadas y transmitiremos sus canciones a nuestros hijos y nietos. Creo que muy pocos seres humanos descansarán tan en paz en su muerte como lo hace ahora Michael, quien ya sin sufrir los tormentos de la vida, continúa entreteniendo y emocionando a millones de personas. Cuidemos de ahora en adelante a los de su raza, porque nos ayudan más que muchos de aquellos a quienes votamos para que gobiernen la nuestra. De hecho, no se rinden jamás: ni aun en el silencio de sus tumbas dejan de emocionarnos.

Ecos


Faltan apenas dos días para que este café cumpla su primer añito. Nada en especial. Cuchitriles como éste los hallamos bajo el golpe de cualquier click. Lo que aquí queda impreso, las tapas que os sirvo como buenamente puedo, no tendrán mayor trascendencia en el transcurrir de vuestros días, como tampoco la tienen en los míos: son raciones al horno, calientes en un minuto, listas para tomar, con leche del tiempo si la pedís y ración doble de azúcar para no llorar. Pero guardo la esperanza de que os dejen con el estómago algo menos vacío que ayer, u os agiten la garganta y la memoria; que podáis escoger de entre esta familiar oferta de cafés en un espacio únicamente para vosotros, mientras tras la amplia cristalera gocéis de las vistas del mediterráneo, de los jardines del Tivoli o la cumbre del Himalaya.

La única fuerza de estos textos radica en lo que vosotros queráis extraer como conclusión; ergo este café no puede abrir sus puertas sin saber que gente como vosotros, sin rostro pero sobrados de alma y voz, acudáis cada mañana. Por ello, la celebración del aniversario será un ejercicio de dentro para afuera: el objetivo es premiaros a vosotros, clientes y maestros cafeteros a partes iguales, por vuestra fidelidad. Pongo una vela en el pastel, pero dejo que sopléis vosotros. Vuestro es el mérito de que mis días no sean tan desesperantes como para tener que soplar yo solo. Que nos resten muchos años más en compañía.







Premio “Café de la información” para El Uno por Cien, de Dëagol. No sólo por poseer unas limpias, honestas e interesantes inquietudes sociopolíticas, sino también por saber exponerlas a un tiempo de manera amena y didáctica. Suyo es el corazoncito de amianto con el que alimenta sus letras, de modo que los desahogos y las aventuras poéticas van de la mano en su particular búsqueda de la reflexión. Justiciero versátil y persistente, una especie de Michael Moore influenciado por Lorca. Este premio se lo tiene muy bien ganado, como mi abrazo.





Premio “Café Gijón” para Casa de los cuentos, de Jabier. ¿Os imagináis un interminable laberinto bibliotecario en el que cada amanecer aparezca un nuevo pabellón? No es un sueño. Jabier es capaz de llevarnos de la mano hacia la India un lunes, a Buenos Aires un martes, París un miércoles, Marrakech un jueves… y no permitir nunca que nos perdamos. Cualquier amante de la literatura debería llevar su blog bajo el brazo: día nuevo, aventura nueva. Y aún mil caminos por andar.




Premio “Café au verses” para El Gran Fuego Central, de Neu. No preguntéis de dónde proviene esta muchacha. Hay metales que relucen con encanto por el misterio del que están hechos: mirar más allá significa quebrarlos, destrozarlos. Las manos de esta zalamera de los sentidos no quisieron esperar a tener la edad idónea para robar la belleza del mundo y enfrascarla en los barrotes de sus versos. Su Gran Fuego Central arde como los pozos de petróleo del desierto bajo el límpido espejo nocturno, y su luz es más poderosa que la carne o incluso las meras palabras. Actualmente el espacio está en punto muerto, pero ya se sabe que un volcán no se extingue: sólo duerme, aguardando la señal adecuada para volver a pronunciarse con estruendo sobre las asombradas cabezas de cuerpos mundanos como nosotros.




Premio “Ration quotidienne” para La experiencia Dirole. Desde el Perú con amor. Lo suyo, ciertamente, es toda una experiencia: no hay día en el que Dirole no cumpla con su oficio, autoimpuesto como una incansable obligación. Un texto diario es un trabajo fruto de la constancia y la autodisciplina, pero que cada uno de esos textos sea además jugoso e interesante sólo puede ser obra del verdadero talento. Cuando este sudor no es suficiente, vierte sus reservas en Dormido Bajo la luna, una experiencia más audaz, perversa, subcutánea. Un goleador sólido al que imagino escribiendo con la saña de los más fuertes.




Premio “Hermanos de sangre” para La Chustería. Porque podemos. Y todos juntos, mucho más.



Premio “Kandinsky” para El Relente del Silencio, de Ilitia. Hay autores que se conforman con la sencillez y el efectismo, otros persisten en la búsqueda de un estilo personal e inimitable… y finalmente, está Ilitia. Apuesto a que las influencias de esta chica podrían conjugarse en una chistera de prestidigitador, sin que la audiencia tenga la menor ocasión de saber de dónde demonios procede el conejo blanco. Su prosa está furiosamente enrabietada con las tendencias, hasta alcanzar un estado en el que no hay adjetivos que valgan. En cierta novela de Cortázar leemos: “Te expones todo el tiempo a que te entiendan mal, y eso es el colmo de la valentía”. No tengo más comentarios. ¿Seguro que eres de carne y hueso, querida?






Premio “Café amargo” para Eyaculaciones, de Pablollo. Un Bukowsky de palacio, con la misma mala leche que el susodicho borracho pero vestido de etiqueta. Todavía no he encontrado un espacio como el suyo, en el que la opción de agregar comentarios está deshabilitada por inutilidad. Pablo no necesita que nadie opine sobre sus versos porque “disfruta de su mediocridad”. Pero miente: la mediocridad está reservada para los incapaces de contagiar a sus acciones con los efluvios de su personalidad, y mucho me temo que a él le sobra.



Premio “Cliente del año” para Nunca contentos, de MV. Una estatua de bronce dentro de la minoría silenciosa. Sin hacer mucho ruido, sin ceñirse a una línea de recorrido per se, MV es dueña y señora de un hermoso lugar en el que el amor por la narración aparece en su vertiente más camaleónica. Pero siempre, siempre sazonada con su cariño particular. Prueba de ello es la fidelidad con que premia a este mismo café, porque sus visitas y comentarios me hacen crecer un poquito más cada día. Creo que voy a llamarla mamá.



Premio “A corazón abierto” para Los suspiros de la libélula, de Guri. La pureza es virtud de grandes; tanto, que a día de hoy podríamos pasar años en busca del diamante en bruto. Cazatesoros del mundo, aquí lo tenemos: las entrañas de la libélula embriagan por la mimada sensibilidad de sus renglones, y porque no necesita hacer uso del pronombre “yo” para que nos demos cuenta de que la misteriosa identidad de la que nos habla es ella misma. Guri es una de esas bolas de cristal repletas de nieve: hierática en un principio, desvelará la hechicería de su genuino contenido a la que se la agite un poco. Otro metal inclasificable por su enigmática procedencia: ella se empeña en hacernos creer que sólo tiene diecisiete años. Que lo siga intentando.

Hace tiempo

Cómo me alegro de verte. Tienes la misma cara que de niño, ¿sabes? Aunque claro, ahora más hombre. La última vez que te vi aún andabas con éstos en el parque con vuestros porros. Sí que es noticia verte por la ciudad, ¿qué tal por allá? ¿Ya llegas a fin de mes, entre tanto catalán?

No, ni hablar. Después de todo es por los tópicos que uno sabe dónde está cada sitio en el mapa. Yo fui una vez allí, cuando estaba con Javier. Me has recordado lo mucho que le gustaba la playa. Alguien debería escribir su biografía. Sí, él fue el primero. A los catorce. Tardé mucho en contárselo a alguien. Temía que en casa fueran a enterarse y me echaran. Bueno, sí, pero eran otros tiempos. Piénsalo bien.

Es curioso, él pensaba al contrario que tú. Vivía de reinventarse. Una tenía que comprobar cada mañana que era la misma persona del día anterior. No se le podía recordar un error. ¿Conservas esa memoria de elefante, no? Seguro que recuerdas el famoso incidente en clase de matemáticas. En verdad sólo trataba de llamar la atención. Esa que le faltaba por parte de la madre que nunca tuvo, y del padre que le tocó aguantar. Por aquí aún se habla de él a menudo. Sí, claro, yo también. Te contaré un secreto: sí sabía llorar. Aunque puede que sólo lo hiciera delante mío. Y te diré algo: no se sabe qué es la tristeza hasta que se ve algo así.

Lo mío es distinto, no me hagas reír. Cualquiera me ha visto llorar. Claro que no todos me comprendían como tú. ¿Cambiar? Sí, mucho, aunque ya sabes que nadie se libra de sus peores males. Pero sí que me voy planteando muchas cosas. Buena culpa de ello la tiene mi paso por Londres. También allí, también. ¿Para qué se vive si no? Javi me enseñó a adorar el riesgo. Ahora bien, si a la vida le da por pegarte, lo hace con la mano bien abierta. Por poco no salgo de allí. En el fondo la culpa es mía: Nunca aprenderé a no fiarme de cualquiera. Hay que decir que tampoco se duerme mal en el césped de Hyde Park. Mucho mejor que en varios pisos en los que estuve. Juanjo tiene ya el suyo, ¿sabías? Ahí por Aluche, y bien majo, para lo que él y su novia se pueden permitir. No puede quejarse de lo que tiene.

Yo creía tenerlo todo. Acababa de cumplir diecinueve. Mi trabajo, mi coche, mi Javier. Es curioso que perdiera prácticamente las tres cosas a la vez. Se tardan años en descubrir dónde te has equivocado, y después se tardan muchos más en descubrir que no tienes excusa. Pero no quiero hablar de eso. Estamos aquí, hoy, ahora, y hacía mucho que no te veía. Siempre estuve segura de que tú serías una de esas personas a las que, finalmente, todo les va bien. Va a resultar que la vida es justa, solo que esa justicia no se da ninguna prisa. Mírame a mí, de un lado para otro. De hecho, casi es casualidad que me hayas encontrado aquí. Al menos aquí se puede vivir del estado. En Buenos Aires hacía lo que fuera por algo de plata. No preguntes.

¿Conoces Lisboa? Todo el mundo me cuenta maravillas. No hay mucho jaleo, se vive bien, se come de puta madre, ¿qué más?. Sólo falta ahorrar lo mínimo, y conseguir que algún portugués compasivo me acoja en su casa. Sí, tal como estás pensando. Ahora no te me hagas el sorprendido. Tú has estado conmigo. Sabes cómo me funcionan los engranajes desde pequeña. ¿O se te ha olvidado cómo me las apañaba para que los demás hicieran los deberes por mí? Qué se te va a olvidar. Tú eras el primero que se prestaba voluntario. También Javier, aunque por entonces nadie se imaginaba... he recordado otra cosa viéndote. Él también se pedía dos sobres de azúcar. Y la leche, siempre del tiempo. Pobre del camarero que se le olvidara. Era el azote de la hostelería. ¿Lo ves? Ya estamos por el suelo sólo de acordarnos. Oye, qué curioso. Cuando te ríes cierras los ojos con fuerza, igual que hacía él. Nunca me había fijado. Podrías pedir algo para que brindemos por él. Seguro que nos está escuchando. ¿Por dónde iba? Ah, sí. Lisboa. Tienes la misma cara que de niño. No sé si te lo he dicho ya.




Hojaldre




Niégate a pronunciar el nombre de tu enemigo y le asestarás un buen golpe. Rondará cerca, muy cerca; mejor tápate los oídos. Durante cinco años, el mío estuvo siempre un paso por delante de mí, tejiendo un bordado con mi propia flaqueza. Sabía que, en cuanto yo pronunciara las palabras mágicas -¡nunca más!-, me arrepentiría. No hay peor dependencia que aquella de la que uno no quiere desertar.

Empezó chapoteando en el agua tímidamente y, para cuando miré atrás, sus brazadas abarcaban el mar entero. No encontraba consejo, método, libro, ni tan siquiera milagro que me salvara del inminente naufragio. La fuerza debía nacer de mí mismo pero, amigos, esa fuerza se moría de hambre. Han sido muchos, demasiados, los días abnegados a la nulidad total, al cero a la izquierda, al salto al vacío, a la lenta guillotina. Claro que aquellas nubecitas de humo me proporcionaban sus buenos momentos. Pero era terrible caer en la cuenta de que había olvidado cuáles eran mis buenos momentos por naturaleza, el bienestar sin aditivos. Mis buenos ratos, aquellos para los que todo ser viviente tiene el derecho impreso en la partida de nacimiento, se atenían a la voluntad de una toxina; la sustancia y su coito con las entrañas de un cigarro deshecho.

No puedo caer en el error de declararme libre de culpa. No tiraré esa piedra. Las drogas no están en el bando del sheriff ni en el del bandido, y tampoco tienen suficiente iniciativa como para robarle el protagonismo a quien las apadrina. La decisión, el sí o el basta, pendió siempre de la punta de mi lengua. Y mi silencio decretó el principio de la partida.

Fue una larga tiniebla para la que no hubo luz hasta el quinto año. Exactamente cinco años después. Cumplí veintitrés y dejé de pensar. Acababa de mudarme y, en aquel piso huérfano de muebles, de espíritu, hasta de comida, tropecé con una vieja libreta. Eché un vistazo por el balcón: ni los grillos se prestaban a pasar. La noche había caído en mis brazos. Con un lápiz roído, empecé a escribir una historia acerca de un chiquillo a quien un pastelero convence para que se deje hacer un molde de hojaldre de su propio corazón. El niño lo divide en dos mitades, entregando una de ellas a su mejor amiga, pero dicha amiga termina marchándose a otro país.

Y el niño, después de sufrir lo indecible, descubre el verdadero valor de su pedazo roto. Todo lo incompleto que se quiera, sí, pero el hojaldre es suyo. No le ha abandonado; de hecho no tendría manera de hacerlo. El muchacho vive y verá ponerse un nuevo amanecer, y luego otro, y otro más.

Haced todas las locuras que os permitan. Quitadle la comida al domador y dádsela al tigre. Haced de croupiers con vuestra propia suerte. Tiraros por la borda aunque el barco no se hunda. Creeros dioses. Pero, os lo ruego, nunca penséis que estáis rotos aún cuando los más veteranos lo digan. Uno está entero porque puede respirar, porque huele los jazmines en verano y le escuece ese último latigazo. Si tratáis de convenceros de lo contrario, os daréis de bruces con ese alarido tan familiar, tan humano, que os atenaza por dentro.

Podéis meteros en mi piel. Esa noche, en el piso vacío, cerráis los ojos y de pronto resurge el alba. Con sus olés y sus alegrías o con su olor a vinagre, pero allí está. Después de cinco años la véis de nuevo. Qué diablos, cualquiera puede verla. Es increíble. Después de todo, ese pedazo de hojaldre no está tan insípido como parece. Es probable que no haya dicho su última palabra. Es probable, incluso, que sepa mejor que un molde puro.

Desde luego. Lo sé muy bien.

Un retour


Cincuenta metros arriba, la luz se enredaba en el complejo entramado de ventanales y aterrizaba en ondas ralas sobre las cabezas de los asistentes. Una cinta de velcro los separaba de la portezuela de metal, allí donde todas las miradas se fijaban con ansia tras la enésima consulta al cartel electrónico: la señal del vuelo 345 parpadeaba de
sde hacía quince minutos, pero nada se movía más allá de la compuerta grisácea.

Alrededor de Silvia, los comentarios oscilaban de la impaciencia al humor inquieto, de los comentarios anodinos a los rumores improvisados: "habrán tenido algún problema en el aterrizaje", ella apretó con ternura y devoción la manita de Tristán, "me han dicho que van a salir en orden alfabético" y suspiró, amoscada. El pequeño estaba a su izquierda enredado en una cerrada masa de piernas, su mirada distraída buscando sin éxito alguna salida hasta reencontrarse con los ojos de su madre. Silvia hubiera gustado idear alguna forma de entretenerlo, lo que era complicado porque aún trataba de aplacar la miríada de sentimientos: el punto y final a seis meses de cruda espera le mordisqueaba las piernas, ahora frágiles y resentidas. "Me haces daño, mamá", oyó, y le aflojó un poco la mano a Tristán sin pasar por alto una herencia muy particular en aquella sosegada forma de expresarse, en la atención que irradiaban los ojos marrones y castaños, los primeros detalles de una voz y un carácter propios en los que muchos ya habían reconocido al padre.

Finalmente, la compuerta se abrió y afloraron las primeras figuras en traje de campaña. Silvia rastreaba, descartaba los rostros uno a uno hasta hallar el único que tenía sentido y, olvidando a Tristán y las medidas de seguridad, saltó el cordón y se cobijó en unos brazos que parecían tejer un nuevo mundo a su alrededor. Un abrazo que cambiaba para ella el aspecto de aquella atroz mitad de año. Sólo ahora tomaba conciencia del tiempo transcurrido. Los aplausos y las risas le sonaban a un revoloteo lejano. Mario le enjuagó las lágrimas, qué preciosa estás, cariño, y la besó de nuevo.

Para Mario, los minutos en adelante caminarían veloces y confusos, como si acabara de despertar de un sueño interminable. La cafetería del aeropuerto se poblaba de trajes de camuflaje, cinturones y gorras verdes que se erguían como intrusos en las efusivas voces de las madres, las esposas, los hijos.

- Papi, ¿habían oasis? ¿Montaste en algún dromedario?

Pero claro, contestó, y conocí a los reyes magos. Me trajeron un regalo para ti, ¿sabías? Se esfumaban ya las horas de vigilancia bajo la gélida noche del desierto, el peso de un fusil a la espalda, el rodar de los vehículos de transporte, el azote arenoso del viento en los ojos. Todo se asemejaba a un letargo pesado, ahora que tenía a Silvia frente a sí y recogía sus manos con dulzura. Después desviaría la mirada. Había algo extraño, casi sospechoso, en la taza de café y el pastelito de crema que acababan de posarse sobre la mesa. Una distancia despiadada resoplaba entre él y los dedos de Tristán, furiosos sobre los botones de la consola portátil; su gorra de nylon, sus zapatillas, las gafas de sol de Silvia, sus pendientes. ¿Dónde estaba?






Para un sabio

El merluzo creador de este diz-que blog ganó el segundo premio en el concurso de cartas de amor y desamor de San Antonio de Benagéber, lo que demuestra una vez más hasta qué punto un lote de jamón serrano puede corromper el criterio de un comité de jueces. O quizá sea que hablamos de un pueblo con apenas tres habitantes. En cualquier caso, suscribo a continuación la carta para que juzguen ustedes mismos. Asumo toda responsabilidad, lo que implica que tal vez tenga que salir de casa con un saco para no ser apedreado por los niños.

Salud y larga vida al gran, gran Chiquito.


Para un sabio


Abre bien los ojos. Tienes ante ti la última gota de este diluvio. Siempre dijiste que todo comenzó una tarde de Agosto, cuando me resguardaste de la lluvia con tu cazadora. Yo diría que desde entonces no ha parado de llover. Siento que, durante estos cinco años, las nubes han lloriqueado sin interrupción como crías estúpidas, que es exactamente como me sentí el viernes. Mucho se va a hablar en tu entorno acerca de lo que pasó esa noche. Respira tranquilo: he cogido mis maletas, mis pertenencias y los pedazos de piel que han ido cayendo estos últimos días, y así te concedo el honor de dejarte a solas. Reúnete con la versión que le quieras contar a tu conciencia.


No creo que puedas entender mi marcha si no me acompañas, en calma, al pasado. Aquellos días en que solías esperarme a la salida de la facultad soñaba con que me tendieras un puente hacia todas aquellas vidas que nunca tuve. Eso es lo que siempre me atrajo de ti: que eres y serás un insurrecto, un vagabundo, un cero a la izquierda que de algún modo convierte el dolor en su mejor maestro. Tú nunca lo dirías así, claro, pero ya en nuestra primera noche lo expresaste con una nitidez terrible a través de aquella, la primera de tus miradas extrañas en las que yo percibo nostalgia, deseo y confianza en un denso silencio. En verdad, lo que me fascinó siempre de ti fue el silencio; no el sonido. No estoy muy segura de porqué te lo cuento: más bien parece haber alguien escribiéndolo por mí, alguna voz lejana que se empeña en gritarte. Quizá porque desde que empezaste a destruirte he intentado hacer que te mires a ti mismo y he fracasado. Si cuando nos conocimos yo aún era esa chiquilla que se vanagloriaba por salir con alguien que prefería un buen paseo a una vuelta en coche, que escogía un buen libro por encima de una mala compañía, que dormía por el día y despertaba de madrugada, y confesaba sin pestañear que se sentía incapacitado para pensar en alguien que no fuera él mismo... ahora que puedo mirarte a lo lejos vislumbro una falla en tu conclusión. Te miras, te rastreas, te analizas con todo tu instrumental pero sólo lo haces en la superficie. Podría haber sido mucho más sencillo si lo hubieras deseado, pero nunca lo deseaste.

¿Alguna vez has mirado realmente a Alberto? Tengo la sensación de que sólo fuiste un padre para él durante los primeros meses. Incluso yo estaba sorprendida. Por primera vez encontraste un motivo para dejar de vagabundear, como te gustaba decir. Adoraba verte con él sentado en tu regazo, acunándolo y llorando de emoción al calmarle el llanto por primera vez... y acto seguido enfrascándote en los libros de texto hasta la madrugada, luchando para diplomarte en magisterio. He intentado, de todas las maneras posibles, encontrar ese punto indeterminado en el que todo empezó a torcerse, y al final he desistido. No hay porqué enloquecer con una pregunta cuando sólo tú conoces la respuesta.

Escribo esto a más de diez mil metros de altura. A mi derecha, una tímida ventanilla permite que se dibuje, lentamente, el paisaje que lleva escrito en sangre la promesa de una nueva vida para mí. Mientras tanto, siento el cinturón de seguridad demasiado fuerte, más tenaz que yo misma, como si unas ramas muertas quisieran cogerme del cuello y devolverme a Valencia en el acto. Hacía ocho años que no me daba cuenta de lo poco reveladoras que llegan a ser estas nubes, este manto blancuzco que le roba el rostro al Atlántico. Están mudas. Alberto ha llorado durante la primera hora de vuelo, pero a poco se ha ido calmando y ahora mismo duerme plácidamente a mi lado. Quizá sueñe contigo. Aún no tengo decidido qué le contaré de ti cuando tenga edad de preguntar seriamente acerca de su padre... ni siquiera yo misma sé cómo quiero recordarte. Del desaliñado jovenzuelo que me conquistó en Salamanca al interrogante sin rumbo que eres ahora ha llovido, como te decía antes, demasiado. Me siento tan desconcertada como el día en que me descubrí abandonando mi propio hogar, mi familia, para simple y llanamente estar contigo. Pero aquello era terriblemente diferente, Ismael: me sentía desconcertada por el poco miedo que tenía, por la resolución que yo mostraba sin saber cómo. Renunciar a una vida más acomodada era lo de menos: el futuro que oscilaba en tu mirada - no he vuelto a encontrar una mirada así- relucía como un arrebol. No pedía más, excepto que no cambiaras.

No se trata de que nos hayas traicionado, a mí o a tu propio hijo: a quien has matado es a ti mismo. Yo sólo puedo sentirme agradecida por los cinco maravillosos años en que he vivido, aun más que vivido, a tu lado. Tuve la impresión de estar derribando una presa invencible cuando te conocí. Una presa que sólo existía en mi conciencia y de la que tú revelaste, con tu ojo de halcón, con tus manos vestidas de sabio, sus grietas. Me diste un ligero empujón que bastó para que me decidiera a derribar ese muro... y conocí el mundo, tal y como era, al otro lado. Lo que me has enseñado no tiene precio, y sigo creyendo que con mis padres, que nunca vieron nuestra relación con buenos ojos, jamás hubiera podido. Fuiste sido el astro que mejor me orientó en la tiniebla de mis noches, esos cielos oscuros bajo los que nunca pude dormir en paz hasta que apareciste.

Y estoy segura de que me comprendes. Por eso regreso al lado oeste del muro. Por eso sonrío amargamente mirando a Alberto mientras duerme a diez kilómetros de altura. Aunque sea la mayor de las paradojas, no habría podido tomar la decisión de dejarte si no te hubiera encontrado antes. A ti, Ismael, que tienes el corazón más bravo que existe y me hablaste de tomar decisiones drásticas si tu pulso te lo pide. Puedo escucharte desde aquí llamándote estúpido por haber caído en lo que has caído, y no haber insistido un poco más en tus ambiciones: aquello de escribir una novela, de viajar a África, de querer ser profesor para niños. Los siento aquí mismo, en la coraza del avión. Son tus cabezazos contra la pared. Pensarás que tu vida sólo valdría si tuvieras la oportunidad de volver unos días atrás y no haberme pegado; pero si de verdad continúas siendo Ismael, si sigues cazando el mañana con tu puntería de halcón, tus manos de sabio, sabrás que en realidad eso sólo ha sido la chispa final. Era cuestión de tiempo que todo ardiera. Y el tiempo, no me cabe duda, es el que permitirá que nos volvamos a encontrar algún día y que puedas abrazar de nuevo a tu hijo, grandullón, cómo has crecido, ¿sabes quien soy? Yo te vi dar tus primeros pasos, oí tu primera palabra, ¿me coges de la mano?

Me has enseñado todo lo que sé. Por ello, Ismael, esta carta no puede hablar de mi, sino de ti. Abre los ojos ahora que puedes. Sálvate. Levántate del polvo que estás besando y haz que tu mirada de siempre me haga temblar. Que pueda sentirla y sentirme orgullosa, donde quiera que yo esté.

Arena



Entraron arrastrados por una corriente malvada, henchido aire de veleidad nocturna. Ninguno de los dos pertenecía a ese lugar: las caderas anchas apretadas, la exótica aura de dispersión que proyectaban los anticuados focos al estilo de los setenta, la ausencia de un elemento puramente femenino en el local; una sinfonía exótica para sus oídos. Aun así persistía, por efecto del magnánimo olor de la aventura y la novedad, un afán por introducirse en aquél círculo sobre el que tantos mitos desinformados se habían construido. ¿Qué buscaban estos dos temerarios en un lugar en el que se bailaban refritos de aquellos ambiguos Village People, de la pérfida Alaska, los estribillos tan simplones como exclusorios de Rafaella Carrá?
Alberto es bravucón y desvergonzado; acaba de dejar su semilla en un fugaz romance veraniego en Sevilla y opina que la sociedad reserva funciones muy desiguales a hombres y mujeres. Tomás, de la misma edad, se considera ideológicamente más tolerante que su muy querido amigo, pero todos le han oído más de una opinión exageradamente crítica acerca de su compañero de piso, que suele frecuentar estos sitios. Alberto es de los pocos que ha intuido un exceso mal disimulado en esas burlas, como si Tomás pretendiera espantar a base de complicidades con sus amigos un sentimiento aún demasiado débil como para identificarlo: hay un insecto tímido que devanea en su interior y de algún modo trata de librarse de él, pero al mismo tiempo sospecha que tarde o temprano saldrá de su pecho y le guiará por ciertas galerías que, mal que lo niegue, forman parte de un destino previsto; un lugar que le corresponde aunque no posea aún la convicción necesaria para reclamarlo.
Recuerda: todo esto, secreto. Hay una reputación que mantener, eh Tomás? El codazo de Alberto suena desubicado, hipócrita. Tomás se apoya del paso de las horas, las bebidas y el arte de la observación disimulada para confirmar la sospecha: su compañero, conocido por sus cercanos como uno de los más cándidos rompebragas de la ciudad, parece sentirse muy agusto aquí. Comparte cigarros con el resto de los chicos, les habla al oído mientras un cosquilleo apremiante crece poco a poco en él. Así, esa réplica contemporánea del Steve McQueen mujeriego y resuelto se destiñe con el telón de la noche. Es de pronto una especie de títere en blanco que dejara colorearse por los caprichos del entorno; ya no le importan los manoseos descarados, las sugestiones furtivas, oye chico, ¿tú entiendes?, ni la mirada divertida de un Tomás que quizá sea el único en quien confiaría a la hora de mostrar ese reverso inédito que está desatando en el centro de la pista de baile, junto al sofisticado rubio del gorro azulado, ¿de dónde dices que eres? No suelo venir por aquí, pero si quieres mi número de teléfono... y finalmente la silueta de un tal Alberto agoniza; la imagen sólida que con tanto empeño se esmeró en cimentar es disuelta por los haces parpadeantes del foco central, en el momento en que suena uno de los himnos del lugar y la oscuridad alterna con los destellos blancos en sucesiones relampagueantes: tan afamada por su rudo ingenio sin concesiones, la lengua pétrea se abre en flor y viaja entre destellos a un atrayente pozo: el que le ofrece el chico rubio mientras lo sostiene por la cintura.
Es más tarde, mientras reciben un desaliñado amanecer en un banco de la plaza Universidad. Aguardan a que la borrachera remita y puedan dar un par de pasos hacia la boca del metro: Chaval, eres el único que hubiera venido aquí conmigo. En verdad no ha estado mal la noche, no? Óyesme, tampoco vayas a sacar conclusiones precipitadas. A mí me gustan las mujeres, ya sabes mis historias. Qué se yo, las ondas mariquitas de por aquí me han afectado, creo que no está mal experimentar, para todo tiene que haber sitio en esta vida, ¿no? Por si acaso, ni una palabra. Tú eres uno de los tíos más abiertos de miras del universo, y coño, que tú me comprendes está más que claro, pero figúrate, ¡si los del Tano se enteraran de ésto! Así que venga esa mano, loco, diremos a todo el mundo que nos liamos con dos bolleras cachondas y en paz.
Tomás no atiende. Se concentra en esos párpados confiados y expectantes, pero no escucha.
Más tarde, en el silencio extraño que oscila entre ambos - y que Alberto malinterpreta como una aceptación de confidencia por parte de su amigo -, lanza un nervioso vistazo a su alrededor. Ese peruano con aire de agotado, esa muchacha morena que da vueltas y más vueltas sin despegarse del móvil; nadie les mira. Una hueste de taxis aventando sus espaldas. Vuelve a contemplar a su amigo, quien perfila su mejor y más orgullosa sonrisa. Inclina su cuerpo hacia adelante y posa sus labios en los de él.




Sobre el césped


Se abre el enorme clamor, como aguas del mar ante Moisés; y en ese pasillo animal, ese rugido por encima de los focos y la noche, surgen los dorsales y los guantes, los tacos aniquilando el césped recién plantado. Los pañuelos y las rosas les acarician los brazos, en un remolino de bellos coloridos; y mientras un altavoz nombra sus apellidos, una furia, una unánime voz apabullante los repite en una corta ovación que unifica el fondo norte, el sur, y millones de laditos expectantes frente al monitor del salón o del bar. Los contrincantes se pierden en sus estiramientos, los miran con nerviosismo mientras arremolinan los brazos y ocupan sus posiciones, igual que álfiles y peones invaden suavemente un tablero de ajedrez; y en un flanco del inmediato campo de batalla, el comandante de la embarcación se mantiene al otro lado de la retícula blanca que cierra el océano verdoso, mientras grita las últimas órdenes y, de paso, demuestra al dios propietario – consumiendo un puro tras una lujosa mampara de vidrio a más de cien metros de altura- que él y sus contramaestres hacen bien su trabajo.

Los capitanes se colocan al frente y en su apretón de manos contrasta, además de la contienda entre el frío soplo del norte y el ardoroso arenal de sudamérica, la tensión, los miedos, las urgencias de una nación y un ideal aplastados en la palma de una mano. La moneda surca el aire y la ágil mano del colegiado protege su resultado; la voltea y agita, como si todo fuera crucial para el devenir del encuentro, y los jugadores aceptan el resultado con más protocolo que resignación. No es momento de regresar, pero allí flotan, ante todos, sus recuerdos resucitados: pateando un balón lleno de costuras, causan delirio en el patio del colegio, en la pista fangosa del parque, en la cancha imaginaria con dos piedras haciendo de portería; y con su facilidad, con los trucos que han aprendido de sus ídolos, dejan atrás a compañeros y arrancan aplausos en las chicas que cuchichean en las gradas. Y los rubores y las bocas abiertas de los familiares, ¡Ay mi niño, es un prodigio!, las miradas sinceras de los monitores de gimnasia, “no sabe lo que tienen en casa, señora”, y ese gol frente al que el portero, calco de una estatua, poco ha podido hacer; en los brazos de avioneta de la futura promesa ése es un tanto que vale un título, un mundial, una vida entera. La campana coge por el pescuezo a los chiquillos, que retrasan un par de minutos más el partidillo hasta que regresan irremediablemente a clase, entre comentarios emocionados por las mejores jugadas y críticas contra las artimañas de los insoportables.

Tan lejano y tan próximo todo aquello. Tan indiferente y tan elemental: el portero, el central y el ariete, así como el míster – que ya tuvo su ocasión de gloria y la vio volar con un tres a cero en contra-, tienen presentes estas nostalgias que atentan contra la supuesta frialdad que todo deportista ha de ilustrar como un estandarte. Afirman, con ese aliento previo, que toda la sangre derramada, todos los sudores, desafíos, levántate del suelo, chaval, y batallas de los últimos años tienen por objetivo ayudar a ese chico del pasado, definirlo; y no definir a los espectadores y televidentes que lo mismo les ovacionarán al primer toque que les insultarán al cometer un error. Se aprietan los cordones mientras piensan en todo menos en los cordones; se repiten las últimas instrucciones mientras lo memorizan todo salvo las instrucciones. Un silbato descansa entre dos labios severos; el clamor resquebrajará después un eje del campo y, cuando el balón eche a rodar, todos los fantasmas y glorias del pasado no significarán nada; hasta el próximo encuentro.