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The Dark Side of London


0:27 A.M.

Dice que le quites las manos de encima, hands off. ¿No le ves el dedo? Casado. Married, sí. Sergio, ¿a cuánto está el privado aquí? Dicen que a cincuenta libras, como para pensárselo. ¿Con cuál te quedas? Voy por la portorriqueña esa de la barra. Para el carro, ¿sabes que no las puedes tocar? A mí con que me calienten un poco me vale. Oídme, muchachos, el armario ropero de la entrada dice que conoce damas de compañía, pero no trabajan en locales. ¿Cómo está eso, Carlos? Ya me has oído. ¿Putas, dices? Y de postín, tú. Pregúntale si pueden traerlas a la habitación del hotel, ¿se puede eso? Vaya, eso está hecho, pero primero vámonos para Covent Garden, que si vamos a agenciarnos un felpudo británico, prefiero que me salga gratis.

1:38 A.M.

Te digo que nos han mirado nada más entrar. ¿Cómo que qué nariz tan fea? Coño, Albert, ni que te la quisieras follar por la napia. Además, las pichurrinas éstas se mueren por la carne mediterránea, y si no, al tiempo. Y Carlos, ¿dónde se ha metido? Ya sale del lavabo, ya. No os imagináis lo que me ha pasado ahí dentro. ¿El qué? Pues yo termino de mear, ¿vale? Y cuando me voy a lavar las manos, un tipo me suelta jabón, me da una servilleta, me saca una colección de perfumes y me dice que me eche la que quiera. Qué de puta madre, ¿no? Y cuando le doy las gracias, me dice: that’ll be one pound. ¿Una libra te ha pedido? Ahí tienes, los hijos de la gran bretaña te chupan la sangre hasta para mear. ¿Sabéis lo que os digo? Que ahí os quedáis, yo voy a atacar a la preciosidad rubia esa de ahí. ¿Vienes, Albert? A éste lo vamos a tener que arrastrar entre todos para que se decida. Albert, enróllate, hombre, sólo llevas dos meses de casado. Es ahora o nunca. ¿Cómo que te vuelves al hotel? Si te sales ahora se te va a echar encima una horda de promotores a la caza de bolsillos turistas. ¿Se queda? Se queda. ¿Otra pinta, no? Otra, otra. ¿Jugamos? Venga.

3:22 A.M.

Aguántale bien la cabeza… ¿quién te manda comprarle maría al jamaicano ese? No era jamaicano, era… ¿alguien lo ha visto? Qué mas da, seguro que le ha vendido té en vez de hierba. Llevémoslo a la parada de autobús. Y un cuerno, Albert lo que necesita ahora es un taxi. ¿Cómo dices, Albert? No, deja de decir gilipolleces, no eres ningún desgraciado, querías pasar un buen rato y ya está, estás de vacaciones. ¿Alguien me explica lo que ha pasado? Pues que el flojucho éste tiene más remordimientos que un monje, eso pasa. Albert, ¿me oyes? Te has intentado cepillar a una inglesa estando casado, no pasa nada, aún eres joven, si es que has sido joven alguna vez. El problema ahora va a ser meterlo en el taxi, con lo que pesa el hombre. Que haga un esfuerzo… sí, joder, rema, gordinflón, libera a Willy de una vez y métete en el taxi, queremos follar de una puta vez.

4:54 A.M.

Mira, Keeley… Keeley me has dicho que te llamabas, ¿no? Ese de ahí, el que está sobado, es Albert, my friend. Se casó hace dos meses y será padre dentro de uno. Sergio, el que está con tu amiga, es de Sevilla. Dice que quiere montar una inmobiliaria, es la hostia. ¿Y yo? Yo soy artista, sweetie. Te inmortalizaré en mis cuadros, y te colgarán en la sala 20 de la National Gallery. Si me lo haces bien te llevo hasta al Louvre, qué leches. Nah, en verdad soy un tipo normal, Keaty. Más bien mediocre. No tengo pasado, y menos futuro. Pero me gustaría olvidarme de ello por una noche. London night… delicious. Las inglesas sois delicious. No me lo quites todavía. Ah, ¿decías esto? Sí, yo también estoy casado. Pero no me importaría casarme contigo durante los próximos veinte minutos. Quítamelo. ¿Cómo te llamabas, darling? Estás haciendo que esto parezca un sueño. Con cuidado...

The Light Side of London


Amigos, esto es Trafalgar Square. A más de cincuenta metros, desde la cúspide del eje de Londres, las hazañas del almirante Nelson nos contemplan. Esas columnas romanas que parecen proteger un calabozo de reliquias y botines son el pórtico de la National Gallery. ¡Cuántas maravillas en lienzo, cuántos vestigios de pasión, talento y maestría se desnudan para nosotros desde la fría inmutabilidad de las paredes! Podría estar aquí desde la hora de apertura hasta la del cierre sin pensar siquiera en comer. Todo lo que se necesita en un día de vida se esconde en estas galerías.

Creo que el paseo de Whitehall se diseñó para una antigua raza de hombres de treinta pies de alto. Somos miniatura indigna de la piedra blanca que recoge siglos de tradición militar, el Almirantazgo y la Royal Navy a izquierda y a derecha… y monumentos en honor a George Prince y a las trabajadoras mujeres de la segunda guerra mundial en el mismo centro de la calzada. Es un extraño cóctel urbano. Lo mejor del ayer y del hoy se abrazan aquí, y si cortáramos de raíz el intempestivo tráfico, no sabríamos discernir en qué siglo estamos. Cuando el Big Ben y el sólido Parlamento aparecen al final de la vía, uno se encuentra desnudo y desprotegido. Ha de aceptar con brutal espontaneidad que todo es real. No es un esotérico panteón reservado para los señores de la pintura, la fotografía o el celuloide… está ahí, bajo una parda cúpula que huele a lluvia eterna, y que estirándose a lo largo de la línea de puentes que cruzan el Támesis, se lleva tu alma por delante.

Si aglomeráramos todo el poder comercial del mundo, sólo podría caber en Oxford Street. No es exactamente el lugar del que yo me enamoraría, pero sí es el amor platónico de todo turista ávido de recuerdos materiales. Los escaparates se suceden sin descanso, sin intersticios. No hay respiro. Miro a la invencible extensión de mostradores y siento una punzada de miedo… no quisiera que un día fueran todas las calles así. Pero lo cierto es que aquí está todo cuanto un hombre de a pie puede necesitar, y además, Oxford sabe ser permisiva. Mientras algunas etiquetas de precios resultan mareantes, otras mueven a la carcajada. Pero cuando el metro de Oxford Circus se satura, las almas forman una alfombra de paraguas que detiene incluso a las hileras de autobuses de dos pisos. Y tenemos, pues, una ilustración del talón de Aquiles de la ciudad: el barco es dantesco, pero si una sola juntura se rompe, los navegantes acabarán en el agua. Náufragos sobre el asfalto. ¿Hasta qué punto pudo colapsarse este gigante durante los atentados del 2005?

Más vale escindirse de esta supernova metropolitana y pedirle auxilio a la verde lengua de Hyde Park. Si los predicadores no están ejerciendo su labor dominical, uno puede colarse por Marble Arch y comprobar que a la ciudad, de pronto, la ha barrido el viento. Varias millas de césped y vegetación empujan a los edificios a un lado… y los patos, los cormoranes y las ardillas son tus nuevos compañeros de viaje. Es el mayor regalo que un monarca podría haber dejado a su ciudad: un refugio perfumado para ponerse a salvo de la batalla nuclear que se está librando ahí fuera. Las piernas reclaman su espacio de vida terrenal: nuestro presupuesto es muy ajustado, y de ahora en adelante, cambiaremos las mesas del Pret-a-Manger por el césped del parque. Puede que incluso pasemos aquí la noche. Dejarse cientos de libras en una cama caliente empieza a parecer una estafa cuando con un saco y unas mantas puedes dormir en un palacio de clorofila…

Por la mañana, siempre podemos dar un paseo por Chelsea y Notting Hill, y reírnos de las bandejas de plata y las suites de invitados con que los ricos estropean sus casas.

Learning to fly



Cosas que hacer antes de ir a Londres:

Vendarse los ojos. Disfrazar los sentidos. Prepararse para un salto al vacío.

Crear lo que aún no existe. Pincelar un óleo de presentimientos e inquietudes. Morderse las uñas. Especular.

No reservar de antemano el billete de vuelta. Quizá no haya pedido que lo reserves.

Convertir la mente en una lámina adhesiva. Rechazar categóricamente el ser generoso con los recuerdos. Que los recuerdos se hagan sensaciones, y las sensaciones, subconsciencia.

Desvestirse. Traspasar el umbral de una cascada y regresar siendo alguien distinto. Dejar el modelo original en el armario, junto a los zapatos viejos.

Por pura voluntad, decrecer. Rescatar los ecos de aquella voraz e insaciable mirada de la infancia. Reiniciarse. Reivindicarse. Olvidar por dónde caminas. Destrozar el Dónde caminabas. Amar el Dónde caminarás.

Si todavía no habías aprendido a enamorarte de las mañanas o a burlarte de los providentes, éste es el momento.

Alquila un bufón que te suplante en tus paseos por Hyde Park.

Y hazle un homenaje.

Le ley de la trayectoria urbana

Ana, pelirroja, regordeta y de manos extremadamente pequeñas y delicadas, camina hacia Talbot Street, donde una mañana más preparará y servirá el desayuno a los residentes del Days Inn. Su jefe, no obstante, le reserva una bienvenida poco menos que desalentadora: la dirección del hotel se ha visto obligada a reducir la plantilla, y dado que ella es la empleada más reciente, le ha tocado la pajita más corta. La dura respuesta verbal de Ana no se hace esperar. Kieran, de recia frente irlandesa y espalda profusamente encorvada, se hace cargo de la situación de la joven y no le toma en cuenta la salida de tono. Una vasija con leche hirviendo se escurre de las inquietas manos de la española, derramando su contenido directamente sobre las manos del irlandés, que pronto cobran el aspecto de haber sido diezmadas por una hueste de avispas.

Kieran conduce de camino al médico mientra una fina llovizna salpica las aceras de la ciudad. Algo se estrella contra el cristal delantero, dejando un repentino salpicón carmesí. El volantazo le lleva a estrellarse contra una farola en pleno cruce de Lower Abbey con Malborough. El primer grupo de testigos se apelotona junto la quebrada capota del auto; un joven afroamericano, embutido en un grueso anorak naranja, le pregunta si se ha lastimado. "Tendrá que llamar a la grúa, no parece que pueda arrancar por ahora". Kieran rebusca en su abrigo de piel, pero pronto cae en la cuenta de que, con las prisas, se ha dejado la cartera y el móvil en el trabajo. "No se preocupe", le tranquiliza el joven, "yo llamaré por usted".

Este joven se llama Salomon. Poco más tarde entrará en un Tesco para comprar café, leche y algo de queso suizo. Nota que cada día le pesan menos los bolsillos. No recuerda haberse visto tan necesitado dinero en sus cinco años en Europa. "El verano pasado sí que estuvo bien, ¿verdad?" le dice una voz a su espalda, y se gira para toparse con una nariz aquilina y una sonrisa roída que detesta a horrores. Necesito una ciudad más grande para librarme de tumores como tú, Françoise. "Oye, zurullo marfileño, si me haces un favor hasta pasaré por alto lo que acabas de decir". Salomon paga rápidamente sin devolverle la mirada al escuálido francés. "No me digas que pasas de eso, Salo, que nos conocemos. Sé que vas muy apretado últimamente. Y me debes un favor". Salomon sale con las bolsas sin mirar atrás. Lo único que te debo es una paliza, tío. "Bueno, sabes dónde encontarme y cuánto pago". El abultado anorak naranja desaparece del campo de visión de Françoise. "Nos vemos en unos días, Black & Decker", murmura. Su expresión se vuelve apacible al dirigirse a la dependiente. "¿Cómo va todo, Jana? No me gustan nada esas ojeras. No sé si te sienta demasiado bien la noche irlandesa". Desliza sutilmente una notita junto a las monedas. "Esta será mucho mejor que la anterior, ya lo verás. Cuídate mucho, pichón". Jana le devuelve la sonrisa y, merced a una curtida técnica de distracción, se guarda el papelito en un bolsillo del uniforme antes de que nadie llegue a verlo.

Horas más tarde, Jana cruzará el Penny Bridge mientras la superficie del Liffey espeja la creciente oscuridad en que se sumerge la cúpula de la ciudad. La notita indica una calle en las afueras de la ciudad como dirección, y las dos de la madrugada como hora del evento. Jana se siente momentáneamente aturdida. No queda nada de aquella deleitosa, casi embriagadora codicia, que le llevaba a sobrevivir el espacio de tiempo entre el lunes y el viernes ansiando repetir la experiencia del fin de semana previo. Todo aquello había sido vencido por una marea de realidad: la sensación de saberse esclavizada, degradada al nivel de herramienta lúdica para una masa de acaudalados turistas sedientos de erotismo. Junto a la puerta del Oliver St John's Pub, el viejo Ian le saluda con una leve inclinación de cabeza, y pronto esa voz a medio camino entre el arañazo y el soplo de una gaita comienza a cantar Whiskey in the Jar. "Siempre consigues animarme, Ian", sentencia Jana. "¿Animarte? A las chicas como tú habría que pagarlas sólo por verlas sonreir". Varias monedas caen en el estuche de la guitarra, y la sabia felicidad de Ian asoma un poco más por entre la profunidad de su pálida barba. "¡Que Dios te bendiga!".

Extrañamente, el callejón está menos abarrotado que de costumbre... pero el estuche reúne muchas más monedas de lo habitual. Un último tintineo hace que el anciano alce la cabeza: Frente a él, una pelirroja rechoncha le contempla cruzada de brazos. En su rostro, definitivamente extranjero, Ian adivina la momentánea relajación de un alma insatisfecha; el pasajero libertino que se escinde por unos instantes de la sobria rutina de su tránsito. "Buenas noches tenga usted, señorita", y se quita el sombrero. "Me pregunto si podría volver a tocar esa canción... me gusta tanto cómo la interpreta...". Ian se mesa la barba y sonríe. "Tan guapa, y sola un viernes por la tarde... ¿de dónde sale usted, hermosura?". Ana baja la cabeza, más halagada que avergonzada. "Creo que de España, aunque ya ni lo recuerdo", contesta. El anciano deja que suenen unos acordes al azar, a modo de preámbulo. "¿Sabe una cosa, joven? Hay una aventura en cada uno de nuestros días. Y lo mejor es que no podemos hablar de protagonistas ni secundarios... todos son protagonistas. Menos yo, que como espectador torpe y bobalicón, no sé hacer otra cosa que tocar canciones como ésta". Los arpegios inundan el paseo, mientras alrededor de Ana se entrecruzan miles de trayectorias humanas que marchan entre sueños hacia a la siguiente aventura en el húmedo mosaico de la ciudad de Dublín.





Mosaico de Dublín


Antes de entrar en el avión, suelta la maleta en la cima de la escalerilla y mira a sus espaldas. La pista del aeropuerto duerme bajo una constelación de nubes inmóviles. La Irlanda que se inmortaliza para él no es la auténtica, sino la que engendra su subconsciente. El ronroneo de los motores se impacienta segundo a segundo. Al fondo, los arreboles parecen cobrar vida: bajo lejanos estratocúmulos, los ralos destellos rojizos señalan el camino por el que la invisible, pertinaz lluvia se posa sobre Dublín.


Los mendigos del puente O'Connell hacen sonar sus vasos tan pronto ambos amigos caminan ante ellos. A sus espaldas, el reluciente apéndice de The Spire señala la cúspide de la ciudad. Tras regalar un par de monedas a una sin techo que no viste como tal, Neil se aproxima a su amigo. Está apoyado en la baranda de piedra y contempla el silencioso fluir del río Liffey. "¿Y si nos quedamos aquí de por vida, Neil?". Siente una mano cálida y familiar descansando en su hombro. Los ojos de Neil están hechos ahora del mismo material que las oscuras aguas a sus pies.

"Podéis sentaros aquí, si queréis". Las chicas acceden, complacientes, y acercan sendos taburetes a la mesa de roble. Veinte metros al frente, los músicos se despiden y el escenario queda vacío por unos minutos. Por encima del crujido de las copas y cubiertos, "¿so you are from the chech republic?", las voces a duras penas se alcanzan unas a otras, "it's a big advantadge, studying in the university". El grupo de danza salta a la tarima, los vestidos rojos en forma de cono, las manos ceñidas a la cintura; los pies comienzan a martillear diestramente la madera. El chico siente una voz confundida bajo el estruendo de los violines, "tanta belleza irlandesa, y nosotros montándonoslo con dos checas de erasmus", pero él solo tiene ojos para los trajes carmesí que cruzan el escenario de este a oeste. Decenas de manos palmean al ritmo de la música. "Life could end tomorrow, lad", le dice Neil.

Lo primero que ven al penetrar en el gigantesco parque Phoenix es una casita en cuya entrada se lee: MDCCCXII. La vereda desciende al abrigo de las encinas y, a lo lejos, bajo un cielo extrañamente plomizo, se alza una verdadera mansión que desafía la mano del tiempo. Está hablándole a Neil sobre la única persona que añora en ese momento. "Terminarás casándote con esa chica", le dice su amigo, arrojando pedacitos de pan a los patos que picotean en el omnipresente césped. La llanura de clorofila esconde la ciudad que había unos pasos atrás: es un nuevo mundo. Los patitos muestran unas pinceladas violáceas en la parte posterior de la cabeza, dispersas entre las manchas negras, glaucas, azuladas. La lluvia es eterna pero débil, como si la tierra absorbiera una fina lámina de coral. Los cisnes cruzan señorialmente el estanque. El tiempo pierde su sentido dentro de la inmutabilidad del paisaje.

Un imponente entramado de luz anaranjada. El muchacho es una mota dentro de la abierta magnitud de los pasillos de la National Gallery. Ante él, el movimiento mundano ha quedado excluído de cuanto alberga el marco: el cabello rizado, la mirada rosada tras de los quevedos: se enamora del retrato de W.B. Yeats. Pinceladas de varios siglos de historia lo contemplan a su alrededor.

Fuma en calma, sentado en un pequeño pedestal de piedra frente la entrada de Atocha. Apenas ha dormido en las últimas cuarenta y ocho horas, y los momentos previos parecen brasas brillantes escapando de una fogata. Relucen por un momento, y después agonizan en el aire, desapareciendo. Tratando de evocar una única imagen de Irlanda, se encuentra siempre con esos arreboles coronando el aeropuerto. Los chubascos lejanos, bañados en rojo, parecen más cercanos que todos esos cuerpos arrastrando sus maletas sobre el asfalto madrileño, camino a un nuevo destino; camino al hogar.



A Momentary Lapse of Reason

Al fin me ha sido revelada la identidad del misterioso angloparlante que campaba por este café. Y no puedo menos que llamarle hijo de puta. Merece ese calificativo por ser un gran y viejo camarada; uno de esos amigos inmortales, atemporales, de los que prevalecen "de la cuna a la tumba", como él gusta decir. Pero merece cosas mucho peores por señalarme el rumbo del que será nuestro próximo destino: Irlanda.

Los hay que viajan, y los que huyen. Yo me volatilizo. Conozco de sobra todos los humores de esta ciudad, tanto cuando el sol limpia el cielo o cuando la niebla vaga sobre las ventanas como un espeso potaje. Aquí sólo pueden sorprenderme de vez en cuando. A los cuatro años, los reyes magos me negaron los poderes de invisibilidad que por lógica sabía que podía reclamar. A falta de tan sencilla muestra de gratitud, aprendí a esfumarme sin su ayuda. Ahora Melchor y compañía tendrán que buscarme en las frías llanuras de Dublín. Ray Bradbury estuvo allí, y aprendió a amar y temer las tormentas, la niebla y los mendigos de Kilcock. Y se hartó de aprender nombres de taxistas y de escupir hojas de otoño en Killeshandra.

Yo propongo lo contrario: que sea Dublín quien se harte de mí. Que se empache de mi cuerpo hasta que le sea un alivio expulsarme de sus entrañas. Mi propuesta es un viaje con una ida tan ansiosa, tan impaciente, que los minutos sean siglos; y poder regresar tan extenuado que uno pueda dormir veinticuatro horas seguidas, mientras las huellas frescas de Irlanda se marchitan lentamente entre sueños. Me marcho para desmembarme en los campos y regar la vid con mi sangre, aparearme con la madera de las tabernas, abandonarme en los bancos en mitad de la calle. Mi alocado plan consiste en ser más irlandés en cuatro días que cuanto los propios irlandeses llegan a ser en toda una vida.

Y quién sabe si decido no regresar. Al fin y al cabo, es por casualidad que uno está donde está. Uno nace aquí o allá fruto de las partidas al dominó de los Dioses, cuando se divierten imaginando cómo emparejarán este alma con esta simiente. Me imagino de dublinés, mojándome los labios con una pinta en Swif's Row y soñando con ser español; pero me imagine donde me imagine, los barrotes y el ansia de fuga siempre están ahí. Es esta imaginación que nos condena a los humanos: conocemos el poder para vestirnos con otras pieles, para construir ínfulas y levantar castillos de arena. Hasta que abrimos los ojos y el mundo contrarresta nuestro hechizo, despertándonos.

Yo te propongo caminar por la calle con los ojos cerrados. Todos los invidentes lo hacen: uno llega a prescindir de la vista para entregarle las riendas a sentidos menos comunes. Así, uno percibe mejor el olor del agua que riega el césped por la mañana y reconoce los zapatos del ser querido antes de doblar la esquina. Se piensa que la vista es el sentido más útil e inmediato... hasta que se duerme.

Por ello vendréis conmigo a Irlanda, o a Perú, a Shangri-la o cualquier lugar que nos obligue a abrir bien los ojos: porque queremos caer en la cuenta de cuan ciegos estamos la mayor parte del tiempo. Porque tenemos derecho a abrir los ojos, aunque sea por una sola vez.





Al-Andalus

Traspasar las fronteras de Andalucía -una vez que se empieza a caminar sobre el mosaico ocre-verdoso, salpicado de olivares- es parecido a abordar un velero muerto en un océano de niebla. El suelo está resbaladizo de sangre y grasa, como sucede siempre que se pretende remover una tumba de ancestros, un nido de fantasmas.

Es fácil imbuirse en la fauna local. La herencia musulmana afila las miradas y esculpe las fachadas de los edificios; por su parte, el sol no tiene rival en su territorio y dora la piel tanto como carga el acento local de un peso salivado. Hay callejones en Osuna en los que el tiempo dejó de existir hace mucho. Las ventanas se pierden en el abrazo de las telas de araña, el blanco de los muros luce arrugas en el rostro, los suelos de piedra protestan bajo los zapatos. Una vez, este panorama se creyó inmortal; loco de calor y de olvido, no termina de aceptar su derrota.

Llegamos a la casa que ocupó mi familia durante seis décadas. Varias generaciones de mi propia sangre se esconden ahí dentro. Estamos ante el umbral de un vientre en el que no tienen voz ni voto los destellos del sol. Mi novia me aprieta el brazo; está aterrada. Qué pretendes demostrar, me grita. En el interior, dada la oscuridad, sólo pueden intuirse los aullidos. Son como latigazos de voces, ecos que vuelan, ahora y siempre, condenados al estrecho territorio con que los muros de yeso enclaustran su agonía.

Vine a este nido de fantasmas para encontrarme a mí mismo, y lo hallé vacío. Igual que si un hombre sin ojos ni rostro tratara de verse reflejado en un charco. Las voces de mis ancestros se detienen un instante y se escabullen por los huecos de los ratones. Todo cuanto hubo se fue. Todo rastro se marchita al son de mis pasos. Luisa está agazapada en el vano de la puerta: "¿Qué estás buscando?". Y me doy cuenta de que, algún día, ella también será nada más que un eco, trémolo y asustado, en algún caserío abandonado.

Fuga

Un ave de presa. Era un gran pájaro de rapiña bañado en metal, con el corazón roído de asientos tapizados y olor a combustible. Y yo me dejé deslizar por el cremoso tobogán, ese mismo que había construido un año y medio atrás, cuando aquél sueño apasionante fundó las premisas de lo que sería mi vida de ahí en adelante. Me gustó imaginarme como un roedor al que le ofrecen una intrincada gimkama de obstáculos, sólo que mientras los seres en bata asienten y toman notas a mí sólo me impulsa un trozo de queso , la sensación de haber aterrizado en tierra firme, de haberme ganado el laurel, de haber derrocado un régimen. Al mirar a los demás pasajeros del vuelo VY 7259 con destino a Amsterdam descubrí que yo era el único que iba sólo. Atisbé algún holandés, con sus cabellos relucientes de naranja, su aire frío forjado en el comercio, ese tapón de época dorada que toda cultura trata de preservar, aunque cada generación dé más muestras del poder irrefrenable del deterioro. Algunos regresaban a casa, y otros iban en busca de evasión, placeres y la miríada de tópicos que las vacaciones han adoptado como sello distintivo. No vi ningún tobogán cremoso, ni una sólo gota de pintura como la que se derramaba de mí, que había hecho una incisión en mi surtidor para que el río carmesí comenzara a perder reservas y así pudiera dejarme vacío, sin vuelta de hoja ni vista adelante; tan sólo suspendido en tierra de nadie, entre la vigilia y la recompensa de los sueños, con la misma esperanza de regresar a España que de quedarme en Holanda para siempre.

Ya he hablado del ataque de semipánico en el pasillo de embarque, pero no de lo que sentí al abrocharme el cinturón y echar un vistazo por la ventana. Porque a mi izquierda se había sentado un abrigo negro con una ruborizada holandesa enfundada en él, y no parecía ofrecer demasiada conversación. Sacó su libro de Stefan Zweig que no soltó ni cuando el azafato explicó las instrucciones a seguir en caso de emergencia. Mientras todo el pasaje recrea calladamente la adrenalina de un choque aéreo o una pérdida de presión, a mí se me tuercen todas las glándulas en una fuga incontenible. Si enfilaba la vista al fondo de la pista de despegue, encontraba un manto grisáceo, las gotas de lluvia aún agonizando en el reverso del horizonte, chispeando la espalda del ave de presa; pero también una luz siniestra, una luz que no llevaba su dominio al área del aeropuerto. Era una fuente de luz dispersa, que se entretejía por las rendijas entre nube y nube, que difundía una voz anárquica por el final entramado del cielo. No pude ponerle nombre ni apellidos a aquél estallido lejano, que aún estando a miles de kilómetros ejercía un dominio paisajístico muy superior al que los apagados ángeles de Valencia pueden dar de sí. Pero sí supe, con total certeza, que esa luz me esperaba a mí y sólo a mí. Cuando el avión inicia su caótico despegue, cuando de pronto el caucho rodante se despide del suelo, el cuerpo experimenta una especie de liviandad; sale del agua y respira de pronto la atmósfera de un planeta extraño, recupera las alas de la infancia a través de sus llagas zurcidas. Sentí el avión enfilarse al plúmbeo hogar de los cielos, y mi garganta a la vez quería volver abajo, a tantear el tacto rasposo del arcén, a recoger a mis amigos del suelo y darles un paseo por la infinidad de las nubes. Siempre que vuelo procuro asegurarme una plaza justo al lado de la ventanilla, donde puedo ver el ala torcerse mientras el mundo, ahora extrañamente plano e insignifiante, sigue abajo con sus casas hechas cabeza de hormiga; los coches que antes parecían demasiados, irrespirables, ahora parecen soldaditos de plomo recorriendo un laberinto de cartón, donde se podrían recolocar o amontonar o arrojar por la ventana. No se trata de sentirse poderoso, sino de sentirse ajeno. El mundo ya no está a tus pies: está miles de metros por debajo de tus pies. Uno ya se ha fusionado con las corrientes y caprichos de la atmósfera, se siente danzar con los granitos de arena que el viento transporta desde Marruecos, vuela con el alma más evanescente, más bailarina de ballet que nunca. Y sólo unas austeras paredes de metal te separan de esas dunas de desierto que se forman ahí abajo: se extiende una alfombra nívea, de blanco circular y esquivo; los cumulonimbos ofrecen un nuevo suelo de filamentos de agua, y puedes ver en ellos formas imposibles, que sugieren un prestidigitador haciendo de las suyas en tu cabeza. Yo vi huellas dactilares en remolino, vi la famosa cara humana de Marte, vi olas rompiendo y serpientes devorando a Laocoonte. Y sólo se oía el zumbido todopoderoso, ese estruendo que ruge a ambos lados del avión y te deja el tímpano reducido a un plañido roto. Y pensaba: ‘si todo esto es magia, ¿qué será lo que me espera abajo?’. ¿Qué iba a encontrarme en la lengua viscosa de las Tierras Bajas? ¿Vería más huellas, más olas, más serpientes?

Las vi. Y esta vez no habían ventanas ni corazas que nos separasen. No eran gaseosas, ni inasibles, y tampoco había rugidos de motor: sólo el latido apacible de los canales, los giros de manillar, la caída incesante, pero siempre prudente, de la lluvia holandesa. El choque de los remos en el agua o el susurro de una calada que me alejaba metro a metro de mi hogar, tendiendo unas raíces secretas en la llanura sin fin de Holanda. Era el silencio de una dama pintada por Rembrandt, o el granate de los edificios en fila por la Liedseplein. El canto de las palomas agrupándose junto a los turistas en el Spui Centrum, y una sonrisa inexplicable, incomprendida, observándolo todo desde un banco. Qué hermosa ciudad, y qué hermoso mundo éste para el que ya ni siquiera se necesita una fortuna para recorrerlo y desentrañarlo. No dejes que te cojan por los brazos si quieres saltar al cráter. Fúndete con la lava y deja una hermosa figura de plata para que todos puedan ver las marcas que dejó el misterioso vacío, y que nadie más se atrevió a explorar. Y que todas las estatuas vayan contigo ahora, que tienes una cara más por la que podré conocerte.

Tierras bajas

Puedo regresar a las formas arenosas de las nubes, al llano interminable de Holanda y, ahora sí, respirar en paz y silencio.
Los sueños son para mí una especie de guía. Procuro no tomármelos nunca en serio, pero aun así, hace tiempo que dejaron de ser nada más que imágenes inconexas, porque muchos textos de los que escribo empezaron siendo, precisamente, una de esas imágenes. Pero el hecho de que provengan principalmente de sueños tiene poco que ver. Son imágenes que, en su tesitura (y sobretodo, calma) adecuada, podrían surgir estando bien despierto. Su irrupción significa, para mí, nada más que una base. Esas bizarras visiones, a las que tú ya le has colgado, perspicazmente, el rótulo de ‘Ideas’, son sólo fragmentos de una roca mayor que se yiergue en tu subconsciente. Todos sabemos que da mucho miedo asomarse a él: está oscuro, hay tactos y olores extraños, y voces ante las que uno, a veces, se pasa la vida entera tratando de taparse los oídos.
Pero las esquirlas salieron de ahí, no cabe duda. ¿Porqué dejar que se queden así, aguardando que las barra el viento?
Recógelos. Lámelos si hace falta. Míralos bien por cuanto ángulo se te ocurra, o te parezca interesante. Y cuando estés preparado – por ejemplo… ¡Ya!-, conviértelas, desdibújalas en otra cosa. Para la vida, en verdad, más allá de la mera exploración artística, solemos hacer lo mismo. Un amigo le cuenta a uno cómo llegó a ser traductor; le presenta su ambiente y su camino. Entonces uno pone en marcha su rueda de pensar, y sentencia: ‘yo también quisiera ser traductor’, y pone a cocer toda su carne para lograrlo. Pero ¿fue éste un deseo espontáneo surgido de la simple conversación con un compañero? Lo dudo mucho. Ya le habían caído, puede que ni lo recuerde, pequeñas esquirlas de esas tan brillantes y agradables. Quizá en su infancia, cuando supo por primera vez que existían traductores, y qué era lo que hacían. Y esas esquirlas, evaporadas por muchos años, no hicieron más que cristalizar en boca de su amigo Pancho el Traductor (por ejemplo).
¿Y cómo vino eso de Amsterdam? Pues con otro sueño, o mejor dicho: con más nevadas de esquirlas. Con esa imagen de un paseo por las calles de Amsterdam, con los mejores amigos al lado, y dentro incluso del sueño yo notaba ese escurridizo vapor de la felicidad. Como si algo latiera en las entrañas de esa ciudad, y de ese temblor se despeñara una llamada urgente; un ‘¡por aquí!’. Planifiqué ese viaje durante año y medio, llamando y rellamando a mis amigos hasta su completa extenuación; oficiando de coordinador para un viaje que nunca sería como tal. Finalmente no pudieron o no quisieron ir, y me vi de pronto, dieciséis meses después del sueño, totalmente sólo frente a la puerta de embarque, mirando cientos de aviones perdiéndose en un atardecer sombrío y húmedo. Mientras tanto me preguntaba qué diantres estaba haciendo, y con esa pregunta hirvieron el pánico, la inquietud, el ansia, el arrepentimiento (¿estaré a tiempo de cancelar el pasaje?) y qué sé yo cuántos ingredientes más.
Por sorprendente que sea, esa sensación venía a ser la traslación de un sueño que se cumple. Me sentía así porque, allí, subiendo al avión con ese repentino subidón de adrenalina – totalmente legal, encima – me veía haciendo exactamente lo que deseaba. Sin obstáculos, ni baches, ni tan siquiera intermediarios entre yo y mi destino. A partir de ese momento, nada estaba planeado. Una maleta, una reserva en el hotel y una auténtica inexistencia de perspectivas. Mi plan consistía en no tener ningún plan. Y de esa ilógica, de esa carencia absoluta de orden, se tejió una historia bien coherente y sobretodo, divertida. Sentí estar viviendo, en cinco días, más de lo que había vivido en meses.
Igual que en mi última visita a Barcelona, aunque ésa tuvo a su favor el ser una experiencia compartida. Una experiencia en soledad ya tiene su valor incalculable, pero si esa experiencia abraza a los que te rodean, se multiplica. Se le suman ceros y kilogramos de oro. Reordena y colorea el entorno palmo a palmo.
Pero pasear tú sólo por un pedazo de Tierra que nunca habías pisado tiene también mucho peso. Tanto, que se confunde entre tus arterias y las del mundo; y mientras uno se siente vibrar como una pluma, ese peso se abre en abanico ante ti, hasta que desaparece para mostrarte un paisaje como nunca antes lo habías visto. Lo que son cinco días de menos, se vuelven de algún modo cinco años de más en tu carrera vital, en tu crónica.
¿Y de dónde vino todo?
De un sueño. De un simple y ridículo sueño que su portador se empeñó en materalizar, para seguir soñando despierto. De unas esquirlas de roca que guardé en mi bolsillo, y ahora se han convertido en otra cosa. Por ejemplo, en cinco años de más.